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    Las pendientes hacia el mar

    Pequeños rincones aportan su encanto al de Punta Colorada, un lugar que propone playa, descanso y actividades náuticas en un entorno tan hermoso como tranquilo

    El día amaneció prometiendo ser de los mejores del verano. Ni una nube, apenas una brisa mañanera y el agua que no podía estar más verde y serena. Con sus pendientes y la vista al mar hacia tres puntos cardinales, Punta Colorada es una pequeña loma que mira el agua desde lo alto; se dice que junto con José Ignacio y La Pedrera es de los balnearios más elevados de la costa. Las casas más antiguas están en su mayoría sobre la ladera oeste, mirando la puesta de sol, y sobre la punta, como una proa al mar. La vista desde la ladera este no es menos hermosa, pero la sudestada le había quitado popularidad hasta hace unos años. De ese lado, el “casi” océano (formalmente el Atlántico comienza unos kilómetros más adelante) con frecuencia se muestra más bravo, y sobre el horizonte se apoya la lejana silueta de Punta del Este, que brilla en la noche. Como en toda punta o cabo, allí el mar lo domina todo: las vistas, las actividades, las no actividades. De hecho, son pocos los puntos del balneario desde donde no se vea el agua, y prácticamente todas las casas encuentran la manera de hacerse de un pedacito de mar.

    Dormir, comer, disfrutar. Bajando de la punta hacia el Este, por las calles que hace unos pocos años fueron poblando la parte llana del balneario, el desayuno está pronto en La Bonita Suites, un hotel con 20 habitaciones y apartamentos a 100 metros de la playa. Hace cuatro años, Inés Gelós se enamoró de esa playa, compró un terreno que era monte y decidió construir casas de madera (hoy son 14) de dos plantas para ofrecer suites y habitaciones. A pesar de que abre de octubre a Semana de Turismo, esta temporada empezó a fines de diciembre, con la llegada principalmente de argentinos que se instalan una semana a disfrutar de las bondades del lugar: tranquilidad, sol y playa. Y todos los servicios necesarios a corta distancia. Piriápolis está a cinco kilómetros y Punta del Este a 30. En La Bonita Suites el desayuno es el rey, e incluye panes caseros, ricas tortas, mermeladas y jugos naturales.

    La decoración de las suites (hay de hasta cinco personas) y de las habitaciones es distinta, tarea en la que colaboró la diseñadora de interiores Fiorella Galli. Entre románticos y relajados, algunos ambientes se visten con muebles de estilo pintados en blanco, mientras otros tienen un toque más moderno, siempre con aires playeros. Lo necesario para pagar desde 100 dólares la noche en base doble, con una estadía mínima de cuatro noches durante enero y febrero.

    Después de una mañana de sol y baños en el agua salada, el hambre se hace notar. Y aparece una idea, fresca y deliciosa: sushi. Para eso hay que ir a la vecina Punta Fría, hacia Piriápolis, al único lugar en la zona que prepara este plato japonés. Kraken es el nombre del restaurante, sobre la rambla, que también ofrece pastas, risottos, carnes y pescados en una carta breve. En una casa típica de balneario, el sommelier Guillermo Techera, su primo el barman Matías Villalba y el cocinero Diego Barca (los tres locatarios) abrieron hace cuatro veranos (en invierno abren los fines de semana) este local que crece a buen ritmo. Traen la experiencia de haber trabajado en Francis y buscan darle a la zona un espacio para la gastronomía como ellos la ven. En un salón climatizado, una terraza al aire libre y un sector con tres livings en el jardín, sirven a los clientes más habituales y a los turistas ingleses, estadounidenses y brasileños. Es importante ir con tiempo, pues allí se mantiene el espíritu de las vacaciones.

    Botes y peces. El sol de enero golpea fuerte sobre las calles y las casas de Punta Colorada a la hora de la siesta. El balneario está aún más tranquilo de lo que es. Las chicharras, a sus anchas, acompañan el descanso, y los lagartos se pasean por las calles de tierra colorada. Un nuevo parador sobre la playa Mansa con servicio de cafetería vende helados de la famosa heladería de Piriápolis El Faro, mientras regala una postal de los barcos que llegan a anclarse en las aguas de la pequeña bahía. Este establecimiento tiene nuevos dueños con muchos proyectos para convertirse en un punto de referencia del balneario. Entre ellos está la idea de impulsar la construcción de un embarcadero que atraiga más gente al lugar. Una historia recurrente en Punta Colorada es la de la familia González, antiguos propietarios de las tierras ubicadas sobre la franja costera, que después de un largo juicio con el Estado (que por ley es el dueño de ese sector a lo largo de toda la costa) perdieron el dominio de esa zona por la que se puede acceder al mar desde rocas llanas y pequeñas playitas, y que impedían el acceso libre a los vecinos. Hoy, los viejos galpones construidos entre la rambla y las rocas para guardar barcos ya no son alquilados por la familia, sino que se prestan en común acuerdo entre los vecinos.

    Allí, Miguel Bonilla arregla el bote con el que sale a pescar junto a su amigo Raúl Muñoz. Miguel hace 50 años que veranea en Punta Colorada, y Raúl hace 30, pero se conocieron recién hace poco tiempo gracias al hobby que los convoca: la pesca. En la zona pican la corvina, el sargo, la pescadilla. Mientras Miguel pone fibra de vidrio a la base del bote, con la ayuda de Raúl, ambos recuerdan que en la niñez llegaban al balneario por el camino de los cerros, porque la rambla aún no existía. La madre de Miguel era maestra, por eso él pasaba los tres meses de verano jugando en las arenas de Punta Colorada. Conoce esas rocas como pocos, y Raúl hace tres años decidió que ese era su hogar después de jubilarse. Otro que también eligió Punta Colorada para vivir todo el año al retirarse, y disfruta de la navegación es Daniel Caselli. Este fotógrafo de la agencia de noticias AFP vivió en Bolivia, América Central y Suiza. De este último país trajo a su esposa, y ambos, cansados de las ciudades, se instalaron en la paz de este balneario a solo 100 kilómetros de la capital. Mientras él despunta su pasión por su canoa y su velero, ella disfruta de las caminatas por el bosque, la playa y otras actividades con amigos de la zona.

    A medida que pasa la hora de la siesta, de a poquito las familias de veraneantes empiezan a salir de sus casas, cargando sillas y sombrilla rumbo a la playa. Otros prefieren quedarse a contemplar el mar desde el porche de la casa. Pero los que conocen esas olas desde hace años se conectan con el mar de otro modo, como los amigos Miguel y Raúl. Cerca de ellos, en ese sector de rocas con un extraño tono rojizo (que probablemente hayan sido las que le dieron el nombre al balneario) hay quienes toman algún baño, hacen snorkel o buceo, o se lanzan en kayaks a la bahía. Juan Vernazza y su cuñado vasco Alar Urrutikoetxea se preparan para salir en su kayak verde hacia la playa donde espera el resto de la familia. La de Juan hace 30 años que tiene casa frente a estas rocas, y allí queda durante el día el kayak para quien tenga ganas de navegar.

    El sol de la tarde impacta sobre la pendiente, y el rojo de las tejas y los ladrillos de los chalets típicos de playa se complementa con el verde del pasto. Entre medio, las calles de tierra descienden en zigzag, esquivando rocas acompañadas de cactus y otros vegetales. El celeste intenso del cielo cierra la postal cromática.

    Una joya en el bosque. Llega la noche y El Infiernillo hace rato está encendido. En él se cocinan a fuego los alimentos que dan origen a los platos de este restaurante, que se esconde en el bosque de Punta Colorada desde hace dos años. Marcel Benseñor es el amo y chef de este lugar que proyectó y lleva adelante con Silvana Montañés, artista plástica, que tiene su taller en un sector del multiespacio. Ellos viven todo el año ahí con su hijo Dante, de cuatro años, y la idea de abrir este espacio surgió de la necesidad de Marcel de volver a cocinar. “Cuando tenés negocios que crecen demasiado ya no podés dedicarte a la cocina”, dice Marcel, que desde hace 20 años ha creado diferentes tipos de boliches, entre ellos Burlesque, que ahora quedó en manos de su socio y hermano. Todo allí parece un capricho —desde que no se sirven fritos ni refrescos, que no se prepara menú infantil (para él lo niños deben comer lo mismo que los adultos), y tampoco se aceptan tarjetas— hasta la original decoración. Todas los objetos que lo equipan  tienen vidas pasadas en bares, pubs, locales, fábricas. Por ejemplo, en medio del salón hay un tostador de cacao de la vieja fábrica de chocolate Pernigotti, un reloj de Alpargatas y una cocina de la Compañía del Gas de Montevideo, esta última regalo de un vecino. Entre todos ellos también cuelgan obras de Silvana, expuestas para decorar, pero con precio.

    En El Infiernillo se cocina cordero, carne vacuna, pescado, cangrejo, pulpo; con sistemas de preparación tradicionales como el fuego, y otros modernos como la cocción al vacío. El plato emblema es la corvina en dos fuegos, pero este invierno también compraron un chancho de 80 kilos e hicieron chorizos, panceta y jamón crudo. Nada de esto le resulta atractivo a Silvana, que es vegetariana, por eso la carta ofrece tres o cuatro platos sin carne. En cuanto a las bebidas, sirven cerveza artesanal y vino de bodegas nacionales. El restaurante tiene un sótano con una cava que guarda una colección privada de whisky.

    A lo largo del año, el restaurante abre los fines de semana, pero el lugar también funciona como club social donde se festejan cumpleaños, como taller cuando Silvana da clases de pintura, y como salón para todo tipo de reuniones entre los vecinos, entre los que se cuentan jubilados extranjeros o teletrabajadores que han elegido establecerse en este balneario. Claramente, esta colorida cabaña entre los pinos es un punto de referencia y de encuentro. Todo el que pasa por la calle, en bicicleta, en auto o caminando, saluda entusiasmado.