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    Lonely planet

    La soledad es considerada una epidemia y puede resultar perjudicial para la salud, pero al tratarse de una percepción, hay mucho por hacer para terminar con ella

    “Señor, señora. ¡¡¡¡Basta de soledad!!!! Conozca el ‘grupo de amigos de Pocitos’. Reuniones semanales con gente como uno. Intégrese”. Una pila de volantes con esta inscripción estaba a disposición de los clientes en uno de los videoclubes sobrevivientes de Montevideo. De una lectura rápida pueden sacarse dos conclusiones. La primera: las personas suelen buscar como compañía a otros que frecuenten los mismos lugares o tengan gustos similares. La segunda: la soledad es algo que conviene erradicar.

    La radio o el televisor encendido puede mitigar un vacío, pero evidentemente no es suficiente compañía para el ser humano, que necesita, al menos periódicamente, socializar. Los efectos nocivos de la soledad exceden el bienestar emocional, según demostró un estudio de la Brigham Young University, que concluyó que cuando no es elegida, es persistente y hasta se vuelve crónica puede acortar la vida tanto como lo hace la obesidad o el fumar hasta 15 cigarrillos al día. Por eso —y porque actúa sobre las mismas áreas del cerebro en donde lo hace el dolor, al punto de que un experimento con analgésicos conteniendo paracetamol, liderado por la psicóloga Naomi Eisenberger, de la UCLA, concluyó que podían ayudar a paliar los síntomas— es que hoy la soledad es vista como una enfermedad.

    Dicen que la realidad es como uno la percibe. Lo mismo ocurre con la soledad, que es, según la definen los entendidos, un sentimiento angustiante que deriva de una sensación de desconexión con los demás, y hasta de rechazo, una “carencia voluntaria o involuntaria de compañía”. De dos personas en las mismas circunstancias, una puede sentirse sola y la otra no. Es decir que es también una cuestión de interpretación. “La capacidad para estar a solas (desarrollada por el psicoanalista británico Donald Winnicott) se va construyendo desde que uno es muy pequeño y básicamente se sostiene en la posibilidad de sentirse bien con uno mismo”, explicó la psicóloga y psicoterapeuta Delfina Miller a galería. Entonces se puede intentar cambiar las circunstancias, o se puede modificar la forma en que las vemos y las vivimos.

    Ahora, que la soledad es considerada una epidemia, que hay redes sociales especialmente diseñadas para hacer amigos y que hay empresas que venden abrazos (como The Snuggery, en Estados Unidos), hace falta hablar de la soledad. Desestigmatizarla y exponerla, para desarmarla y quitarle poder.


     Entenderla

    “Me llamo Renée. Tengo cincuenta y cuatro años. Desde hace veintisiete soy la portera del número 7 de la calle Grenelle, un bonito palacete con patio y jardín interiores, dividido en ocho pisos de lujo, todos habitados y todos gigantescos. Soy viuda, bajita, fea, rechoncha, tengo callos en los pies. (…) No tengo estudios, siempre he sido pobre, discreta e insignificante. Vivo sola con mi gato, un animal grueso y perezoso, cuya única característica notable es que le huelen las patas cuando está disgustado. Ni uno ni otro nos esforzamos apenas por integrarnos en el círculo de nuestros semejantes”, escribe Muriel Burbery en su novela La elegancia del erizo. Renée no tiene compañía, y parece no necesitarla. Es, claramente, una mujer socialmente aislada. Pero no parece sentirse sola.

    “Las formas de estar solo o acompañado uno las va construyendo, pero es sin duda un signo de salud poder estar a solas con uno mismo y sentirse bien”, dijo Miller. “Estas características están relacionadas con la personalidad de cada uno. Es más, yo diría que esta es una de las bases de la personalidad. Entonces uno se puede sentir muy solo si no se siente contenido, comprendido, querido o valorado por quienes le rodean o puede sentirse muy acompañado aunque en realidad no esté con nadie en particular”.

    La población mundial parece estar dividida entre los que saben estar solos y los que no. Tampoco es necesario ser la única persona de la casa o compartirla con un gato para experimentar soledad. Se puede sentir soledad entre una multitud, en un matrimonio (en un estudio de 2012 que siguió a 1.600 adultos por 60 años, 43% de los participantes dijo sentir soledad crónica, y la mitad de ellos eran casados), o en un grupo numeroso de trabajo. Puede darse porque los vínculos allí no son lo suficientemente significativos o profundos, o porque el sujeto solo siente la ausencia del tipo de sociabilidad que desearía tener.

    La soledad, entonces, es subjetiva, sostienen los psicólogos que han estudiado el tema; tiene que ver con las expectativas que se tienen de los vínculos. Angie LeRoy, psicóloga y profesora de la Universidad de Houston, concluyó que es más riesgosa para la salud la soledad subjetiva (sensación de desconexión) que el aislamiento social (vivir solo, no tener personas con quienes hablar), que es más objetivo.

    El humano es un ser social con el instinto innato de buscar la compañía y la ayuda del otro, pues nace en un estado de desvalimiento que le impide sobrevivir sin otro que le brinde los cuidados básicos. “A partir del nacimiento vamos por un lado teniendo necesidades, por otro buscando quien nos auxilie con ellas, y así vamos aprendiendo de necesidades y de formas de satisfacerlas, y nos vamos haciendo una idea de nosotros mismos y del entorno (incluidos los otros)”, apuntó Miller. En ese proceso de autoconocimiento y de reconocimiento de lo que nos rodea, se va generando ese mundo interior que condiciona “nuestro ser y estar” en el mundo. “Cuando la necesidad de compañía se vuelve imperiosa, entonces estamos hablando de dolor, de tristeza, de insatisfacción con uno mismo o con sus propias expectativas, básicamente hablamos de insatisfacción que busca que otros nos den lo que nosotros mismos no nos podemos dar. La normalidad se caracteriza por un equilibrio entre la necesidad y búsqueda de vínculos y la posibilidad de estar a solas tranquilo y confiado”, apuntó Miller. Según la psicóloga, “la capacidad de estar solo es la base de la autonomía”.

    John Cacioppo, director del Centro de Neurociencia Cognitiva y Social de la Universidad de Chicago y autor del libro Loneliness: Human Nature and the Need for Social Connection (Soledad: la naturaleza humana y la necesidad de conexión social) explicó que sus investigaciones “sugieren que la percepción de estar conectado socialmente sirve como un andamio para el yo. Si se daña el andamio, el resto del yo empieza a desmoronarse”. Esa sensación de falta de conexión que es, en definitiva, la soledad, dispara el estrés, y lo que eso propicia, en lugar de un estímulo para generar nuevos vínculos, es despertar el sistema de defensa y que se suba la guardia. “Promueve un énfasis en la autopreservación a corto plazo, incluyendo un aumento en la vigilancia implícita hacia amenazas sociales”, dice Cacioppo, lo que predispone a la persona a que interprete de manera negativa o les agregue una carga a las actitudes de los otros.

    Después de un tiempo de reclusión, las habilidades sociales se van oxidando, y la tarea de entablar y mantener conversaciones se vuelve cada vez más titánica.

    Aunque parece que afectara más a las personas mayores, los jóvenes son un blanco frecuente —y fácil— para la soledad. Según la investigación que realizó la empresa estadounidense Cigna, que se dedica a estudios de mercado en salud, las generaciones Y (millennials) y Z—que comprende a los nacidos después de 1995— son las más vulnerables a sentirse solas.

     

    Aspirina para el vacío

    Del sentimiento de soledad, cuando es doloroso, a la depresión habría unos pocos pasos. Los síntomas de la soledad extrema pueden vincularse, también, con los de la ansiedad. “En mi adolescencia y primera juventud padecí varias crisis de angustia. Eran ataques de pánico repentinos, mareos, sensación aguda de pérdida de la realidad, terror a estar enloqueciendo. (…) A mí esas crisis angustiosas me agrandaron el conocimiento del mundo. Hoy me alegro de haberlas tenido: así supe lo que era el dolor psíquico, que es devastador por lo inefable. Porque la característica esencial de lo que llamamos locura es la soledad. Pero una soledad monumental. Una soledad tan grande que no cabe dentro de la palabra soledad y que uno no puede ni llegar a imaginar si no ha estado ahí. Es sentir que te has desconectado del mundo, que no te van a poder entender, que no tienes palabras para expresarte. Es como hablar un lenguaje que nadie más conoce. Es ser un astronauta flotando a la deriva  en la vastedad negra y vacía del espacio exterior. De ese tamaño de soledad estoy hablando. Y resulta que en el verdadero dolor, en el dolor-alud, sucede algo semejante”, escribe Rosa Montero en La ridícula idea de no volver a verte, el libro en el que parte de la muerte de su pareja, el también escritor Pablo Lizcano, para recorrer la trayectoria de Marie Curie y el proceso de duelo que atravesó la científica al morir su marido. “Eso es lo primero que te golpea en un duelo: la incapacidad de pensarlo y de admitirlo. Simplemente, la idea no te cabe en la cabeza. ¿Pero cómo es posible que no esté? Esa persona que tanto espacio ocupaba en el mundo, ¿dónde se ha metido? El cerebro no puede comprender que haya desaparecido para siempre. ¿Y qué demonios es siempre? Es un concepto inhumano. Quiero decir que está fuera de nuestra posibilidad de entendimiento. Pero ¿cómo?, ¿no voy a verlo más? ¿Ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni dentro de un año? Es una realidad inconcebible que la mente rechaza: no verlo nunca más es un mal chiste, una idea ridícula”.

    Tarde o temprano, esa ausencia se acepta. Ayuda, claro, el pertenecer a esa mitad de los humanos que saben estar bien solos.

     

    Sin edad

     

    “—Es lo único que sé hacer —contestó con voz queda. Deseó decirle que también le gustaba porque era algo que podía hacer solo, porque lo que uno estudia son cosas sabidas, muertas, frías; porque las páginas de los libros de clase tienen todas la misma temperatura, lo dejan elegir a uno, nunca hacen daño ni uno puede hacerles daño a ellas… Pero se abstuvo”, escribe Paolo Giordano en La soledad de los números primos. Esto es lo que dice y piensa Mattia, un adolescente introvertido que lleva un gran peso en sus espaldas, en una conversación con Alice. “Los números primos solo son exacta mente divisibles por 1 y por sí mismos”, explica el personaje en la novela. “Ocupan su sitio en la infinita serie de los números naturales y están, como todos los demás, emparedados entre otros dos números, aunque ellos más separados entre sí. Son números solitarios, sospechosos, y por eso encantaban a Mattia, que unas veces pensaba que en esa serie figuraban por error, como perlas ensartadas en un collar, y otras veces que también ellos querrían ser como los demás, números normales y corrientes, y que por alguna razón no podían. Esto último lo pensaba sobre todo por la noche, en ese estado previo al sueño en que la mente produce mil imágenes caóticas y es demasiado débil para engañarse a sí misma”.

    Aunque parece que afectara más a las personas mayores, los jóvenes son un blanco frecuente —y fácil— para la soledad. Según la investigación que realizó la empresa estadounidense Cigna, que se dedica a estudios de mercado en salud, las generaciones Y (millennials) y Z —que comprende a los nacidos después de 1995— son las más vulnerables a sentirse solas, no tanto por el efecto de las redes sociales, sino por algo que se desprende de su uso: la disminución de los vínculos reales; los encuentros en persona con amigos ya no son tan frecuentes como lo eran —o son— para otras generaciones.

    Si la soledad es una percepción y tiene que ver con esperar determinados vínculos que no llegan, no es raro que esos años sean los más críticos. “Para mí, la soledad se sentía —y todavía se siente así a veces— como que todo el mundo estaba en una fiesta a la que yo no estaba invitada”, dijo a la web Metro una chica de 28 años que supo experimentarla en sus veintipocos.

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    Ilustración: Daniela Beracochea. @daniberacochea

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    Hablar de ella

    Precisamente por ser una percepción, que nace de la idea del rechazo de los demás, aceptar la soledad y exteriorizarla requiere una seguridad y una fortaleza de espíritu que no suelen estar disponibles para el alma sola. “Se vuelve algo que habla de ellos como persona: que no son merecedores de una amistad, que valen menos en la sociedad”, explica Jeremy Nobel, investigador en salud y creador de The UnLonely Project, una iniciativa que se centra en el arte para alivianar la soledad.
    Por eso, las campañas que se han iniciado tienen como fin principal desestigmatizarla, para terminar con las asociaciones equivocadas y que los afectados no se sientan avergonzados y que la acepten, que es el primer paso. “Es parte de ser humano”, dice Marissa Korda, la diseñadora gráfica detrás de The Loneliness Project, un emprendimiento canadiense que apunta a quitarle esa carga negativa a la soledad y que lanzó en octubre del año pasado un sitio web (http://thelonelinessproject.org) que en sus primeros días reunió unas 1.400 historias de personas solitarias de alrededor del mundo. “Va y viene —dice Korda refiriéndose a la soledad—, es algo que experimentamos y que no tiene que ser necesariamente tan desolador como lo es hoy”.

    Después de leer todas esas historias encontró entre ellas algo en común vinculado al origen de la soledad: “Una desconexión entre lo que la gente espera obtener de sus interacciones sociales y la realidad de sus situaciones”, dijo a The Guardian. “Es una señal para nosotros mismos de que queremos algo más de nuestras interacciones sociales”.

    Por otro lado, Delfina Miller opinó que lo que se intenta desestigmatizar —o lo que se debería desestigmatizar— es el temor a estar solo, el creer que es solamente en compañía que se puede ser feliz. “No hay por qué temerle a estar solo, sí a sentirse solo, porque eso va unido a sentirse desvalido, no valorado, no exitoso o competente; dependiente”, dijo.

    Elegirla, superarla o aprender a vivir con ella. Están los que la eligen con determinación, como si la propia compañía alcanzara y sobrara. Están los que deciden parecérseles, poniendo todo de sí para vivir con ella y hasta disfrutarla. Si otros pueden salir a almorzar solos por placer, pedir entrada y hasta postre y estar lejos de preguntarse qué lectura de la escena estarán haciendo los demás comensales del restaurante, ¿por qué ellos no? Si la soledad es una percepción, saber llevarla es entender qué esperar de las personas, saber que no se puede esperar lo mismo de todas, y que se puede cambiar el pensamiento, aprender a que deje de pesar y a que deje de doler. Se puede salir victorioso y fortalecido, pero hay que estar dispuesto a librar esa batalla interior.

    Y por último están los eternos buscadores. Los que se proponen con empeño dejar de estar solos. Los que aunque no la pasen mal consigo mismos quieren ir por más. Ellos se anotan valerosamente en talleres, clubes de lectura, clases de yoga, bordado mexicano o nudos marineros; lo que sea mientras haya otras personas con intereses tangencialmente similares. Los que, sin dejar de ser quienes son, deciden que está bien hablar con extraños si existe la mínima posibilidad de hacer un nuevo amigo.

    “Y, de repente, caigo en la cuenta de que estoy sentada en mi cocina, en París, en ese otro mundo en cuyo seno he cavado mi pequeño nicho invisible y con el que me he guardado muy mucho de mezclarme, y que lloro a lágrima viva mientras una niña de mirada prodigiosamente cálida sostiene mi mano entre las suyas y me acaricia con dulzura los dedos —y caigo en la cuenta también de que lo he dicho todo, lo he contado todo. (…) Y permanecemos ahí largos minutos, cogidas de la mano, sin decir nada. Me he hecho amiga de un alma buena de doce años que me provoca un hondo sentimiento de gratitud, y la incongruencia de este apego asimétrico en edad, condición y circunstancia no alcanza a empañar mi emoción”, narra el personaje de Renée en La elegancia del erizo. La niña es su vecina, que entró en su vida abrupta e inesperadamente. “Cuando Solange Josse se presenta en la portería para recuperar a su hija, nos miramos las dos con la complicidad de las amistades indestructibles y nos decimos adiós con la certeza de un cercano reencuentro. Una vez la puerta cerrada, me siento en el sillón frente al televisor, con la mano en el pecho, y me sorprendo a mí misma diciendo en voz alta: quizá vivir sea esto”.

    Esos intentos de tocar temas que no sean solo el estado del tiempo en el ascensor, ese interesarse por el boletín de notas del hijo escolar del farmacéutico, o de indagar en los pasatiempos de los compañeros de trabajo podrán ser vistos por algunos como movimientos desesperados, porque mostrar demasiado interés en generar un vínculo es para algunos forzar algo que debería darse naturalmente, como si solo los lazos fortuitos y espontáneos fueran valiosos. Como si no se pudiera intervenir el destino. Pero ellos, los buscadores de compañía, están convencidos de que la salida está ahí, en lograr relaciones más significativas, aunque eso les cueste exponerse algo más de la cuenta. Tal vez ellos sean los guerreros que terminarán por reconectar el mundo y salvarlo de la epidemia de soledad. Ese día serán por fin héroes.

    GALERIA
    2018-05-17T00:00:00