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    Nuestros mejores artistas visuales

    Hay quienes lo definen como la renovación de un concurso; quienes dicen que llegó para tapar un bache porque su existencia es fundamental; y quienes siguen chocando de lleno con respuestas vagas de por qué en algún momento desapareció. En síntesis, podría decirse que el 48° Premio Montevideo de Artes Visuales es la vitrina que el arte contemporáneo uruguayo una vez perdió, y que ahora, diez años después de la suspensión de su antecesor, el Salón Municipal, volvió al ruedo con otro nombre.

    Creado con el propósito de incentivar la producción local e incrementar el acervo artístico de la Intendencia de Montevideo que custodia el Museo Blanes, el Salón Municipal tuvo su primera edición en 1940 y alternó su organización entre concursos anuales y bienales, con muestras que tuvieron como sede el Centro de Exposiciones Subte, hasta su versión número 47, en 2007.

    Fue recién en julio de este año que se lanzó la nueva convocatoria. Y las respuestas fueron abrumadoras: se presentaron 265 artistas y colectivos con más de 600 proyectos. Los jurados —la directora del Blanes, Cristina Bausero, el coordinador artístico del Subte, Raúl Rulfo Álvarez, el crítico chileno Ernesto Muñoz y los artistas Analía Sandleris y Marcelo Legrand— se reunieron un mes antes de publicar la selección final y destinaron casi tres jornadas completas a deliberar en conjunto. La evaluación se realizó a través del estudio de los proyectos, es decir carpetas que presentaron los artistas con descripciones, bocetos e incluso fotografías de sus obras en potencia, en curso o ya culminadas con no más de cinco años de antigüedad, según establecían las bases. “Nosotros planteamos la inquietud de que en las próximas ediciones, que se van a realizar de forma bienal, se haga una preselección con las carpetas, pero que los resultados finales se decidan con la obra directa”, dijo Álvarez a galería. Él, junto con Bausero, fueron impulsores de la renovación del premio por, dice, al menos dos factores: “En el acervo municipal hay un agujero, un vacío de obras de los últimos diez años; es una década que no está cubierta y eso lo transforma en un libro carente de varios capítulos y sin continuidad. Y, por otro lado, se necesitaba otro incentivo en el campo del arte para promover la creación, el consumo y la difusión”. El Premio Montevideo —que otorgó 250.000, 150.000 y 100.000 pesos a los tres ganadores— se suma ahora a otros como el Premio Nacional de Artes Visuales, el Premio Figari (a la trayectoria) y el Premio Paul Cézanne (para artistas de entre 20 y 35 años).

    El viernes 18 de agosto, en el Subte, se realizó la ceremonia de distinción junto a la apertura de la muestra que exhibe 28 de los trabajos seleccionados y que estará expuesta hasta fines de setiembre. La obra Pluna, del fotógrafo Diego Velazco, fue elegida por unanimidad como primer premio; Lo que mata es la humedad, la videoinstalación de Federico Arnaud, obtuvo el segundo lugar, y el tercero fue para la serie de dibujos The night watch (o Noche de ronda) de Fermín Hontou. Romina Slavich, con su obra Sin hijo, ni árbol, ni libro, ganó el premio especial para artistas emergentes que consiste en una exposición individual en el Subte prevista para 2018 y con un presupuesto de producción de hasta 50.000 pesos.

    “A grandes rasgos es una muestra muy estética, linda y visual, que produce cierto agra condición necesaria ni tiene por qué serlo”, dijo Álvarez. Más allá del entusiasmo por la vuelta del salón, hay artistas —incluso seleccionados— que esperaban otros resultados. “A este salón lo veo un poco avejentado: hay artistas que participan en salones desde los 80. Pensé que iba a ser más emergente que otros como el Nacional. Pensé que iba a haber nombres más desconocidos, gente que haya empezado a producir más recientemente; porque para trayectoria hay otros premios. Esperaba ver más frescura”, dijo a galería Javier Abreu. Por su lado, Sandleris opina que “es una muestra diversa y en la selección se atendió a la calidad de las obras. El jurado constituido con diversidad (hay dos gestores, dos artistas y un crítico) enriquece el panorama en general con miradas diferentes. Es lamentable pensar siempre en lo nuevo y lo novedoso en el arte. Es un tema de la moda, de la avidez de novedad. No podés pedirle al mundo algo que no te da. Y tampoco valorar algo que no es genuino pero novedoso”.

    LO QUE QUEDA DE PLUNA

    Antes de llegar al díptico de Diego Velazco, en la sala XL del Subte, hay que cruzar por delante de al menos tres obras: Composición, de Fernando Totó Olivera, dos paneles enormes creados mediante técnicas de decollage, con retazos de afiches arrancados de muros de la ciudad, más o menos descifrables y superpuestos; La idea se convierte en una máquina, un tríptico al que su autor, Ernesto Rizzo, describe como “un carro de supermercado intervenido con un espejo, una miniatura del carro y una fotografía de los dos en una plaza de Montevideo”, y Las masitas, una bandeja con doce bombones de papel creados por Javier Abreu con páginas de Panorama, el catálogo de arte contemporáneo uruguayo. Es recién después de este breve recorrido que se encuentra la instalación fotográfica Pluna, el primer premio del salón.

    La obra de Velazco muestra dos escenas repletas de naturaleza y protagonizadas por un avión de colección: el Douglas DC 3, uno de los primeros modelos adquiridos por la extinta aerolínea uruguaya. Son imágenes capturadas por el fotógrafo en enero de este año, en el Museo Aeronáutico de Montevideo, e intervenidas mediante técnicas de posproducción digital con el fin de descartar todos los elementos de creación humana —galpones, carteles, columnas, rincones del aeropuerto— que rodeaban al vehículo.

    En la exposición, el díptico está acompañado por un texto escrito por Velazco: una breve historia que tiene principio, desenlace y un final que explica el propósito de la obra. Ahí cuenta sobre los orígenes de Pluna, fundada en 1936 por los hermanos Alberto y Jorge Márquez Vaeza, de 29 y 22 años, con apoyo del embajador británico Millington Drake; y sobre los inicios de la venta de pasajes en un rincón de la confitería Oro del Rhin, y el crecimiento de la empresa en un Uruguay al que define como “olímpico y progresista”. Hasta que llegan las últimas líneas: “En octubre del 2012 mediante un comunicado de prensa se anuncia la suspensión definitiva de las operaciones de Pluna debido a la situación económico-financiera de la empresa, luego de la abrupta salida del inversor privado. Se estima que el número de usuarios afectados por el cierre de la aerolínea supera 70.000 personas. (…) La idea es centrar la reflexión donde la corrupción, el deterioro, las negligencias, se visibilizan como una repetición en el camino del desarrollo”.

    La obra surgió por casualidad, como una ramificación de otro trabajo que obsesionaba al artista. Velazco fotografiaba aviones estáticos, de combate y de pasajeros, cuando se encontró frente a frente con el Douglas DC 3, y enseguida lo identificó como “lo único que nos queda de Pluna”. Y ahí, también, se dio cuenta de que ese sería su próximo proyecto artístico, el que presentaría en el regreso del Salón Municipal. El fotógrafo, que en 2014 fue uno de los artistas distinguidos en el Premio Nacional de Artes Visuales también con una foto en blanco y negro intervenida, explicó a galería que Pluna “plantea una reflexión social: cómo una empresa estatal, más allá del gobierno de turno, puede fundirse así. La gente se siente tocada por el mal manejo de algo que es de todos y eso me motivó a trabajar el tema”. 

    Producción: Sofía Miranda