En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Si se hiciera una Santa Trilogía de elementos gastronómicos uruguayos podría integrarse, por decir algo, con el mate, el asado y el dulce de leche. Igual relación de similitud entre sí guardan los tres autores uruguayos más reconocidos oficial e internacionalmente: Galeano, Benedetti y Onetti.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Galeano, edulcorado como el dulce de leche. Benedetti, óseo y poco nutritivo como el asado. Y Onetti, amargo como el mate.
Por decir algo.
Las referencias físicas a los dos primeros abundan por toda la ciudad, y es previsible que abundarán más en el futuro. Hasta hubo un intento por ponerle Benedetti al aeropuerto de Carrasco. Hasta donde sé, Benedetti tuvo tanto relacionamiento con la aviación como con la fabricación de dulce de leche. Tal vez menos.
¿Y Onetti? ¿Qué rastros dejó en su Montevideo natal, la ciudad donde vivió la mayor parte de su vida?
En este número de galería se rescatan algunos de los principales lugares donde vivió, pasó o mencionó. Su apartamento de la calle Gonzalo Ramírez tiene una placa recordatoria, el resto hay que rastrearlo, husmearlo, suponerlo. Nadie se molestó en poner placas en sus hogares de la infancia, o en donde pasó sus años previos al exilio final, o en donde estuviera la Redacción de Marcha (hoy un enorme bodoque ministerial de ladrillo a la vista). O, menos aún, en la casa de Idea Vilariño donde tuvieron el affaire más mentado de la tradición literaria montevideana. Onetti, en Montevideo, es una plaqueta en una ochava ventosa. Ni calle ni plaza ni avenida ni callejón. Hay demasiados políticos, abogados y militares que homenajear, y la Intendencia no da abasto, se ve.
¿Y Onetti dónde está, entonces?
Sus huesitos, se sabe, tampoco están en ninguna parte. Siguiendo sus precisas instrucciones, su cuerpo fue cremado hace exactamente 25 años en el cementerio madrileño de la Almudena, y allá quedaron sus cenizas. Prohibió específicamente que fueran repatriadas nunca.
Sus libros circulan y se reeditan, pero es difícil decir si se leen o no. La mejor edición de sus obras completas se hizo hace más de diez años en España, en tres tomos delirantemente caros por la editorial Galaxia Gutenberg. Luego, esa misma edición, fraccionada en tomos menores, circuló por aquí a un precio abismalmente menor como extra de un diario, y todavía se encuentra fácilmente. El que quiera leer a Onetti, puede. También puede leer sobre Onetti, en incontables notas de prensa de las últimas décadas, o en libros. En particular en una biografía de Carlos María Domínguez, Construcción de la noche, o en un ensayo de Mario Vargas Llosa, El viaje a la ficción. Ambos libros combinados son el mejor panorama de su vida y obra, respectivamente, aunque las alternativas abundan y van en gustos.
El que quiera leerlo, entonces, no tiene más que estirar la mano. Ahora, cuántas manos se estiran de veras, es imposible decirlo.
Un ejemplar de la minúscula primera edición de El Pozo, su primer libro, puede llegar a costar, precio internacional, unos 500 dólares. Y la gran demanda es, justamente, internacional. Un librero que trabaja con rarezas e incunables asegura que hay un puñadito de interesados locales que podrían llegar a pagar lo que vale el libro. Así lo definió, un puñadito. Las únicas adquisiciones locales de ejemplares de El pozo de las que escuché en los últimos años (o décadas incluso) fueron de un amigo librero, al que se lo regalaron, y de la proverbial amiga de una amiga, que se tropezó con un ejemplar en una feria de barrio a 50 pesos (tomarlo con pinzas). Y estamos hablando de la primera edición de nuestro autor más célebre.
La mayoría de sus papeles están depositados en la Biblioteca Nacional, donados por su viuda Dolly. Ahí quedan, a disposición (o a merced) de los académicos. Y lo que de ellos se deduzca, quedará en la Academia.
El Premio Municipal de Literatura lleva su nombre, eso sí.
¿Y entonces Onetti dónde está? Él, que tanto hizo por ficcionar el alma montevideana, escondiéndola en Santa María, su ciudad inventada, ¿dónde fue a parar?
Nadie sabe.
No está en una placa en una esquina ventosa.
No está en una urna con telarañas en un mausoleo oficial.
No está en un museo.
No está en una calle con su nombre, ni en una plaza.
No está a la vista.
¿Estará en nuestros corazones, en nuestros espíritus, en nuestro inconsciente colectivo montevideano?
Vaya a saber. Porque lo único seguro es que no hay nadie de su calibre como para buscarlo, desenterrarlo y mostrarlo en un texto intachable, inapreciable, interminable, como eran los suyos.