• Cotizaciones
    miércoles 29 de abril de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    Pongámoslo así - Editorial

    Mónica Bottero

    “Síííí... bueno, este es un cáncer tipo…”, me dijo el médico mientras dejaba de mirar la ecografía que le había entregado unos minutos antes y me quedaba tratando de leer el diagnóstico en la expresión de su cara.

    Nada más recuerdo después de aquellas palabras que la sensación de que todo empezó a girar conmigo incluida.

    El doctor se precipitó a explicarme enseguida que tenía el mejor cáncer posible, el de mejor pronóstico, del que prácticamente nadie se muere. Que a veces ni siquiera se opera, se trata con yodo. Que si él tuviera que elegir qué cáncer tener, elegiría ese.

    Pero la palabra ya me la había dicho y resultaba difícil escuchar los atenuantes.

    Le pedí para acostarme en la camilla porque me estaba mareando del terror que sentía y me iba a desmayar. Me dijo que si quería me acostara, pero que no tenía motivos para desmayarme, que mi vida no estaba en riesgo.

    Por mi cabeza pasó lo que debe pasar por la de los 150 uruguayos que en promedio son diagnosticados con cáncer cada mes: los hijos, lo que a uno le quedó pendiente hacer, cuánto tiempo va a sobrevivir.

    Faltaba confirmar el diagnóstico con una punción, pero las posibilidades de que coincidiera con la impresión del médico eran muy altas, me dijo. Sé que es así porque cubrí varios años información médica y soy hija de un médico clínico y sé que lo que se ve en primera instancia después de estar frente a muchas situaciones similares, suele confirmarse en el laboratorio.

    Acudí a un querido amigo médico especialista en diagnóstico por imágenes (probablemente hoy el mejor reputado del país), quien en menos de 24 horas logró que el citólogo de su clínica analizara los líquidos puncionados de mi tiroides y estableciera que no se trataba de un cáncer sino de una tiroiditis de Hashimoto nodular, esto es, que tengo unos nódulos y que debo tomar T4 para siempre.

    No resultó el alivio que pensé que iba a tener, el que tuvo mi esposo y los pocos amigos al tanto del diagnóstico primario, que bromeaban con que celebrara a la salud de los japoneses. Primero, porque algo ya estaba instalado en mí y hasta hoy, a cuatro meses del episodio aún no se fue; segundo, porque hacía meses que había perdido a un querido amigo, semanas a otro, y tengo dos amigas que, aunque con buen pronóstico, están atravesando la enfermedad en este momento: ¿quién soy yo para celebrar que no tengo cáncer?

    Pero más allá de la peripecia personal y puntual, lo que me interesa más compartir es el haber estado en la propia piel de alguien a quien le diagnostican un cáncer. Mirada desde el punto de vista profesional, para un periodista que escribe sobre temas vinculados al mundo personal y de los afectos, es una de las más ricas experiencias en más de 30 años de práctica.

    Ver la sorpresa, el susto y la angustia disimulados de los más cercanos, la empatía ante un diagnóstico prácticamente de muerte por parte de la mayoría de los demás, incluso hasta escuchar las palabras de consuelo, me dieron la pauta de lo poco acostumbrados que estamos a manejarnos ante el cáncer, a pesar de ser hoy una enfermedad ya igual de mortal que de crónica, y ya mucho más crónica en algunos tipos de cáncer —como el de mama y próstata, entre otros.

    No importaba que dijera que no me iba a morir de eso. Las caras de pena y conmiseración no las modificaba. Tenía cáncer y eso alcanzaba.

    Sí sentí que quienes más reconfortaban eran los sobrevivientes —un par de personas cercanas que pasaron por la experiencia y les conté— y una de las dos amigas que lo estaban atravesando. Ellos fueron quienes aseguraron con más vehemencia que tampoco es el peor de los dramas, que importa que uno esté firme y confiado, que uno tiene que lidiar con cosas mucho peores y que puesto a pelear, una vez que se le va el susto, pelea.

    Entiendo ahora por qué tantas personas tienen pudor de contar lo que les pasa, mucho menos públicamente, aun si se trata de comunicadores o personas públicas que comentan algunos aspectos de su vida que les parece que puede ayudar a pensar a otros o a sentirse menos solos: la pena de los demás a uno lo frena, porque lo último que uno necesita en esos momentos es que le tengan pena. Uno quiere sentirse tan vivo como cualquiera de sus vecinos, tan igual para recibir una multa, una llamada de atención del jefe, una rebeldía de un hijo adolescente como cualquiera, porque si eso pasa significa que los demás le dicen con esos gestos que sus chances son grandes y que esperan volver a hacerlo el año que viene.

    Las personas que atraviesan un cáncer y que están informadas saben que hoy, y cada día más, las posibilidades de cronificar su enfermedad tanto como, por ejemplo, una diabetes, son altas y siguen creciendo. Necesitan que los demás, en base a esa información, les transmitamos fe y naturalidad ante un problema de salud complicado y que no las miremos con pena ni les demos más “changüís” de los que les hubiéramos dado antes, salvo cuando lo necesitan porque están en la etapa de tratamiento.

    Tenemos que hablar más del tema e informarnos de los avances que se van consiguiendo —que son año a año—aunque eso signifique enfrentarnos a los miedos propios, que son los que reflejamos en nuestra actitud ante quienes sabemos que tienen cáncer.