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Quienes quisimos ser periodistas desde adolescentes, generalmente ya entonces nos hicimos aficionados a las películas de periodistas, incluso a las series de periodistas. Si, además, fuimos adolescentes por la época en que se estrenó y tuvo su gran auge “Todos los hombres del presidente”, sobre el caso Watergate, era impensable no soñar con ser como ellos un día. Como Bernstein y Woodward, y trabajar en una redacción como la de “The Washington Post” o, no importaba, cualquiera donde se trabajara así.
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Hubo varias películas de periodistas por entonces, y también antes y después: “El ciudadano Kane”, para empezar, y también “Los gritos del silencio”, “En primera plana” (con Jack Lemon y Walter Matthau) o incluso “La dolce vita”, que muchos olvidan que Marcello era un periodista de sociales persiguiendo para entrevistar a la diva Anita Ekberg (es más, el baño en la Fontana di Trevi era una de esas especie de precios que a veces pagamos por conseguir la nota que nos desvela). También más acá estuvo “Veronica Guerin” (un caso real de una periodista británica que en el film fue Cate Blanchet, que investigó y murió asesinada por el narcotráfico), “Buenas noches y buena suerte”, “Frost/Nixon”, incluso “El diablo viste a la moda”, que a pesar de ser protagonizada genialmente por Meryl Streep, odié porque trivializa el trabajo periodístico de una revista de tendencias, aunque todos saben que se trataba de ridiculizar a Anna Wintour, la editora de “Vogue” Estados Unidos, que se cree más Coco Chanel que Oriana Fallaci.
En fin, creo que igualmente quienes soñábamos con una redacción amamos “Todos los hombres del presidente” por encima de todo, porque allí estaba el clima que soñábamos respirar, se veía el vértigo, las peleas, el trabajo de calle y frente a la máquina y, sobre todo, la posibilidad. La posibilidad de que cualquiera de nosotros tuviera una vida así.
Unos cuantos tuvimos —y tenemos— el privilegio de haberlo hecho realidad. También pudimos lograr sentir un poco esos vértigos, porque nos tocó cubrir determinados hechos que fueron acentos de la Historia, como la salida de la dictadura, todo el rearmado que fue el retorno democrático, otros más jóvenes habrán cubierto las instancias de la llegada de la izquierda al poder; hubo en el país visitas de grandes personajes que estarán en los libros de Historia, casos policiales que podrían haber dado lugar a más de una película, episodios de corrupción incluso sacados a la luz por periodistas.
Con toda esa ilusión fui a ver hace unos días la película “Spotlight” (“En primera plana” en español, como aquel viejo filme de Lemon y Matthau, aunque no tiene ninguna relación con este).
La película cuenta el episodio real que tuvo lugar en 2001 y 2002, cuando el equipo especial de periodistas de investigación de casos de largo aliento del diario “The Boston Globe”, denominado “Spotlight”, expuso el sistema de encubrimiento de las altas esferas de la Iglesia Católica de Massachussets a los más de cien sacerdotes que se probó que abusaron sexualmente de niños en colegios e iglesias. Pero también se investigó y se contó en ese trabajo la enorme cadena de silencio, por miedo, por vergüenza o por conveniencia, que dejó que esos horrores sucedieran, como luego supimos, no solo en ese estado norteamericano, sino en todo el mundo. Este equipo ganó el Premio Pulitzer 2003 al servicio público.
La película no me defraudó. Creí todo lo que allí pasaba y, por supuesto, admiré a esos colegas, entendí sus dolores, sus peleas a los gritos y sus autocríticas (en muchos casos, habían tenido la información allí y no profundizaron ni contextualizaron), hice las propias, la de nuestros dos medios. Pero sobre todo sentí un poco de nostalgia. ¡Y cuánto deseo estar equivocada respecto a esa nostalgia! ¡Cuánto deseo que sean cosas típicas de veterana que cree que todo pasado fue mejor! Porque quizás fue ese el último lustro en que prácticamente no se tomó la información de Internet, de Wikipedia, ni se gugleó a los involucrados. Los periodistas corrían, hurgaban en guías telefónicas, se encontraban con gente en boliches y plazas, iban a los juzgados. Por supuesto que no estoy en contra del uso de estas maravillosas herramientas de trabajo que son, para un periodista o para cualquier ciudadano del mundo, las nuevas tecnologías. Lo que me preocupa es que sus contenidos se transformen en biblias y en estaciones de destino para la búsqueda de información. Me preocupa, y creo que a miles de quienes ejercemos esta profesión por opción y como fin último (esto es, que no somos periodistas para hacernos ricos, ni para ser políticos, ni para lograr una fama que nos lleve al espectáculo, ni para usar la información para fundar una empresa de otro ramo), nos preocupa que se pierda el cultivo de las fuentes, el valor de lo que observamos donde las cosas pasan, la lectura de documentos o al menos la inquietud de relacionar documentos tomados de distintos sitios. En fin, lo que se llama la actitud crítica, el no estar para ser amigo del poder (ni enemigo per se), el mantener una distancia con los operadores de la información, ya sea en la política, la economía, la cultura, el deporte. Y así, sobre todo, mantener y ser dignos de nuestra credibilidad, un valor que en el siglo XIX, cuando el auge de los periódicos; o en el XXI, con el auge de Internet y la posibilidad de que cualquiera diga y publique lo que le da la gana (como tiene derecho cualquier ciudadano), es un bien sagrado particularmente de los periodistas y los medios, porque es el que hará sobrevivir a nuestra profesión, a los que trabajamos todo el día para buscar, ordenar y seleccionar la información que estamos entrenados para detectar que más les interesará a las personas y que además fue buscada y publicada con responsabilidad.