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    Regalar experiencias

    N° 2004 - 17 al 23 de Enero de 2019

    Unos días atrás recibí una llamada desde el Auditorio Nacional del Sodre. Una amable señorita me anunció el próximo lanzamiento de los abonos anuales que permiten acceder a un número de espectáculos con importantes descuentos. Y me proponía una fecha a finales de enero para que fuera a comprar los míos. Faltaban unos pocos días para la Nochebuena y le pregunté si existía la posibilidad de adelantar esa fecha para el 20 o 21 de diciembre. Me dijo que ya no quedaban turnos disponibles. 

    Perdido por perdido, insistí en el intento. Le expliqué que hacía unos años ?cuando la venta se iniciaba a comienzos del verano? estos abonos eran mi regalo de Navidad para algunos miembros de la familia. Que siempre habían sido recibidos con entusiasmo y aprovechados a lo largo de meses. La señorita entendió mis motivos, pero se mantuvo firme y cortés en su negativa. Una actitud que, si bien no favorecía mis intenciones, me pareció correctísima. Igual que hace unos años cuando llegué unos minutos tarde a una función del Solís y no me permitieron entrar. Puede resultar molesto en el momento, pero así debe ser y es una forma del respeto por la calidad del servicio, que acaba redundando en el bien de todos. Nada de excepciones ni privilegios. Los abonos quedarían para enero. 

    La pequeña frustración me hizo repensar los obsequios de Navidad y no fue sencillo. En algunos casos acabé comprando por comprar, una sensación bastante fea que nada tiene que ver con el amoroso gesto de hacer un regalo. Regalar es un acto gratuito en el que uno da por el placer de ver el gusto reflejado en el rostro de quien recibe. Cuando no es interesada, es decir, cuando no espera recompensa, la dimensión del regalo es noble en su esencia porque apela a la generosidad y al afecto. 

    Es cierto que, a veces, en el esfuerzo monetario que uno hace para comprar algo pone en evidencia un interés especial o un deseo de hacer feliz a otro, pero el exceso de materialismo confunde. El mejor regalo puede estar vinculado a su valor material, pero no siempre tiene que ver con dinero. Es una pena que en tiempos de consumismo desbocado el valor de un regalo se mida solo por su costo y queden por el camino otras formas de la ofrenda pura que pueden consistir en una llamada, un abrazo o el rescate de una foto antigua del baúl de las cosas viejas. 

    Entre los regalos más queridos que recuerdo ?con excepción, quizá, de algún libro? están algunos que no conservo, sino integrados a mi experiencia. Un billete de avión, una estadía en un lugar cualquiera, unas entradas para un concierto, una ida al cine o al teatro, una cena. Todos disfrutados y consumidos en ese goce del que solo queda la impronta dichosa grabada en la memoria. Y hay algunas personas que son importantes para mí no por los objetos que me han dado, sino por circunstancias propiciadas por ellas, que me han supuesto un disfrute y que, de algún modo, constituyen mi identidad y mi fortaleza. 

    Una tía coqueta, por ejemplo, me permitía usar su maquillaje. Yo no tendría más de cuatro o cinco años y aquel tocador colmado de polvos, perfumes y cremas se me antojaba la consumación real de los cuentos de princesas. Una prima de mi padre me calzó unas botas de lluvia y me llevó una mañana a chapotear en los charcos de un balneario, lo que para mí ?niña de ciudad y apartamento? fue como una excursión de turismo aventura, con emoción y sin riesgos. Otra tía vieja, que me cuidaba algunas tardes, tendía en el piso de su casa una manta y me traía conejitos que pedía prestados a un almacenero vecino y que significaban una especie de aproximación en vivo a mis adoradas fábulas de Esopo y de la Fontaine. Mi hermana menor me convidó hace poco con una cena de siete pasos en un restaurante bonaerense que proponía maridar bebidas y platos de América Latina. No recuerdo haber comido ni bebido mejor en toda mi vida. Y una querida amiga me regaló entradas para una temporada completa de conciertos, aunque fue una situación agridulce porque los horarios laborales me permitieron aprovechar a medias un obsequio hecho con tanto amor y tan certero. De todos modos, fue un regalo comprado pensando en mis gustos y valoré el gesto. 

    Entiendo que, cada tanto, tengamos el deseo de que nuestro regalo permanezca y acompañe a la persona a lo largo de su vida. Y no me parece mal que sellemos alguna relación con un objeto cuyo valor material esté ligado a los afectos. También yo guardo con cariño algunos de esos objetos y, cuando los veo, recuerdo a la persona que pensó en mí o para quien fui importante en su momento. Pero quisiera llamar la atención hacia esa otra forma de regalar que no tiene que ver con las cosas, sino con las experiencias. 

    Cuando llega la instancia del regalo y vamos como locos a comprar lo que nos ofrecen, y acabamos por darle a alguien cuyo guardarropa estalla, el vigésimo par de zapatos o una camisa más entre las cuarenta que ya tiene, solo estamos cumpliendo. Salimos del paso, honramos un compromiso, quedamos bien con el otro y con nuestra conciencia. Pero lejos estamos de ese cariño que supone pensar en la felicidad ajena. Esas ofrendas desangeladas terminan al cabo de poco tiempo entreveradas entre muchas similares y ya no hay huella de nuestro afecto.    

    Regalar una experiencia es dar a otro un momento especial en el tiempo que nadie podrá quitarle, que se consumirá en su uso y no envejecerá ni sufrirá el embate de las polillas, que constituirá uno de esos hitos integrados para siempre a la vida. Lo único que nos llevamos puesto. n

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