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    Soplan vientos de Mundial

    Una selección de cinco jóvenes uruguayos se prepara para viajar a Chipre a competir en el mayor campeonato de Optimist, un deporte NÁUTICO que se consolida en Uruguay

    Es la cuna de los regatistas. El Optimist nació como un vehículo para los niños que querían utilizar el viento como un método de propulsión. Mucha agua golpeó contra los cascos antes de llegar a Uruguay a mediados de la década de 1970. Pero después de que se construyeron los primeros barcos en Montevideo, se formaron grandes equipos que representaron al país, sin interrupción, en los campeonatos internacionales más importantes. Y el deporte no dejó de crecer. 

    La Asociación Uruguaya de Optimist calcula que hay un centenar de niños, entre nueve y 15 años, que iniciaron su camino en la navegación en estos pequeños barcos. Más de 70 jóvenes, además, están habilitados para correr regatas en los torneos internacionales. “Cada vez se suman más niños a un deporte que les da confianza y seguridad en sí mismos”, dice la presidenta de la asociación, Lucía Bermúdez.

    Mientras los más pequeños practican sus primeros movimientos en las escuelas de vela, una selección formada por cinco jóvenes está a punto de viajar para competir en el Mundial de Chipre 2018. El equipo, formado por los mismos navegantes que compitieron el año pasado, se clasificaron una vez más entre 64 regatistas. “Los cinco son muy buenos navegantes, con grandes intenciones y buena experiencia. Fuimos a bastantes campeonatos sudamericanos y regionales”, cuenta el instructor del seleccionado, Gastón Arregui.

     

    La primera entrada al mar

    El Optimist es un barco sencillo y práctico para los niños. El velero, que es el único aprobado para menores de 15 años por la Federación Internacional de Vela, tiene una estructura rectangular que hace que sea poco hidrodinámico, con dos flotadores en los laterales y otro en la popa que permiten que no se hunda al tumbarse. También cuenta con un timón que se coloca en el centro de la popa y que tiene una extensión para facilitar su manejo. “Es un barco ideal para entrar al mar. Muchas veces se dice que es la guardería de la navegación, pero sería injusto reducirlo a eso”, dice Ricardo Fabini. Sin embargo, la mayoría de los grandes campeones de regatas que ganaron medallas en los Juegos Olímpicos en las últimas décadas se iniciaron en Optimist.

    Un poco de historia

    El Optimist es el barco más popular entre los navegantes jóvenes, pero los niños que lo inventaron no pensaban utilizarlo en el mar. En la década de 1950, un grupo de amigos construyó un vehículo con las cajas de jabón desechadas de una fábrica en Clearwater, Florida. El invento que se llamó Optimist tenía cuatro ruedas y una vela para recorrer las calles a toda velocidad. Pero no pudieron concretarlo. Luego de las primeras carreras, los vecinos se quejaron con las autoridades por cuestiones de seguridad. El entonces alcalde prohibió la circulación y le pidió al diseñador Clark Mills que hiciera pequeños barcos para niños. El invento fue un éxito: los Optimist se comenzaron a multiplicar en toda la costa este del país y pronto llegaron a Europa, donde se instalaron entre los navegantes más jóvenes.

    Sin embargo, la llegada a Uruguay fue más lenta. Los primeros Optimist de Montevideo se construyeron dos décadas más tarde. “En 1975, un socio que se llamaba Alex Hughes habló con la directiva del Yacht Club Uruguayo —formado por abuelos de los niños que compiten en la actualidad— para comprar los planos de uno de estos barcos. Hablamos con el carpintero del club y así surgió la primera decena”, recuerda Bermúdez. Estos veleros de madera, que también son conocidos como pram (cochecito de niño) y bathtub (bañera) por su forma, medían 2,31 metros de largo y 1,13 de ancho. “No eran modernos como los actuales, que se hacen de fibra de vidrio, pero esos Optimist nos permitieron conocer el mar y correr las primeras regatas”, asegura Ricardo Fabini, uno de los regatistas uruguayos más importantes.

    Desde entonces, los niños del Yacht Club se acostumbraron a pasar las tardes en el Puerto del Buceo. A veces jugaban competencias y otras esperaban a que aumentara el viento para poder salir a navegar por el mar. “Fueron tardes increíbles”, dice Fabini. En 1975, además, los primeros Optimist uruguayos se presentaron en una feria en la Rural del Prado. “Los niños navegaron en un estanque especial y al poco tiempo viajaron para debutar en una competencia internacional”, recuerda el instructor Heber Ansorena. Tan solo un año más tarde, un equipo formado por Alejandro García, Alejandro Martín, Alberto Viera, Christopher Schewe, Patricia Ansorena, Ricardo Fabini y Horacio Carabelli viajó en  velero a San Isidro para participar en un campeonato sudamericano. “Nos fuimos en el barco de uno de los padres y todos nos despedían como si estuviéramos en el Titanic”, recuerda Fabini 40 años más tarde. La mayoría de los integrantes de ese primer equipo también viajaron a Portugal para competir, en 1980, en el Mundial de ese país. Desde entonces, una delegación uruguaya viaja todos los años a la máxima competición.

     

    Por más niñas

    La Asociación Uruguaya de Optimist, que regula la actividad desde 2001, quiere promover el desarrollo del deporte náutico en las niñas. Lo mismo ocurre en la mayoría de las competencias internacionales, que les otorgan más premios para potenciar su participación en las regatas. De todas maneras, los equipos locales no suelen tener suficientes niñas.
    De hecho, en el Campeonato Norteamericano de México 2018 una norma exigía que tenía que haber un mínimo de 25% de género minoritario y Uruguay no logró cumplirla, presentándose con un integrante de menos. “Teníamos un cupo de 10 pero 3 tenían que ser niñas y solo fueron dos”, recuerda Bermúdez. En los mundiales, sin embargo, esta medida no está contemplada.

    El equipo uruguayo —formado solamente por varones— que viaja a Chipre a fines de agosto competirá en regatas que duran entre 45 minutos y una hora, condición que puede cambiar de acuerdo con el clima.  “A pesar de que los torneos solo se suspenden por tormenta eléctrica, el viento condiciona los tiempos y las posibilidades que los niños tienen para tomar decisiones independientes”, asegura Bermúdez. En este deporte náutico, que es individual, los competidores tienen que hacer un recorrido en zigzag para atravesar distintas etapas: unas con viento a favor y otras en contra.
    Pese a que todavía hay mucho para avanzar, quienes fueron pioneros de este deporte notan los cambios. Uno de ellos es Félix Leborgne, quien destaca que en los últimos años se han organizado campeonatos en el interior del país. “De esta forma, los chicos que están más alejados de los clubes de la franja costera, entre Montevideo y Punta del Este, pueden interactuar y compartir experiencias con más competidores”.

     

    Todo el año en el mar

    Los niños que navegan en Optimist suelen entrenar durante todo el año. A pesar de que las prácticas son más intensas en verano, en invierno también se reúnen los fines de semana para salir embarcados durante dos horas. “Depende de los clubes, pero suelen tener una rutina que empieza con una clase teórica y termina en el mar”, cuenta la presidenta de la asociación. En las escuelas de vela, por lo general, los niños reciben becas durante un año para conocer el deporte y empezar a navegar con los Optimist. Y la mayoría de las veces los instructores llegan a las clases con tres o cuatro barcos para que todos los alumnos tengan la posibilidad de entrar al mar.

    Más allá de la técnica, para avanzar en Optimist es fundamental el apoyo de los padres, opina Leborgne. “Y el apoyo no solo económico, sino de llevar y traer los barcos y su equipo, acompañar a los chicos a las distintas regatas, participar en la organización y planificación de los eventos. Al principio hay que insistirles un poco a los chicos, ya que no es una actividad que normalmente les encante en el primer día que navegan. Pero con el tiempo y a medida que se van haciendo amigos se van enganchando. Es un deporte que depende fuertemente del clima y por lo tanto hay momentos muy frustrantes para los chicos, con largas esperas tanto en tierra como en el agua, pues a veces hay que esperar que haya viento, y otras veces que baje un poco para poder correr las regatas. En esto los padres también deben ser pacientes”.

    Después de que adquieren los primeros conocimientos, los niños se convierten en principiantes y tienen que registrarse en la Asociación Uruguaya de Optimist, que tiene más de 70 afiliados. “Ahí comienzan a competir, pero necesitan tener sus propios equipos y barcos”, dice Bermúdez. Los niños pueden empezar con un Optimist usado, que cuesta alrededor de 1.000 dólares, uno un poco más moderno, que sale unos 2.000, o uno nuevo, que está en torno a los 3.000. “Cuando tienen sus equipos cambia todo: suelen mejorar más rápido. Antes de un torneo pasan a entrenar cuatro horas, con alguna parte teórica”, dice Bermúdez. Y lo mismo pasa en verano: pueden estar toda la tarde en el mar. Dos años después de volverse principiantes, o antes si les está yendo muy bien, los niños se convierten en timoneles, hasta que cumplen 15 años. Entonces, tienen que dejar los pequeños barcos para comenzar a navegar en los grandes veleros.

     

    Un deporte, diez valores

    Además de ser conocido para iniciar la navegación, el Optimist es un deporte que permite que los niños crezcan con una mayor independencia y seguridad en sí mismos. En la mayoría de las regatas, menos las que se disputan en equipos, tienen que tomar sus propias decisiones y nadie les puede decir qué hacer. Por otro lado, el Optimist refuerza el espíritu de equipo porque es un deporte que se practica en grupo. Ninguno de los niños puede armar el barco solo, sino que precisa de otro para empezar a navegar. Siempre se tienen que ayudar y, cuando viajan como parte de la delegación uruguaya, trabajan como un solo equipo. Lo mismo ocurre en los clubes, donde se sienten parte de algo más grande.

    En el mar, además, están en continuo movimiento y deben aprender a sostener el equilibrio. También dependen de las variables del tiempo, que pueden hacer que la regata cambie en cualquier momento. “Se enfrentan con obstáculos y pruebas que si bien pueden ser difíciles, los hace madurar”, opina la presidenta de la Asociación Uruguaya de Optimist, Lucía Bermúdez.