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    Tierras eternamente habitables

    Maravillosos mundos literarios, un libro que recorre los universos de casi cien obras de ficción publicadas entre 1750 a. C. y 2015, desde Metamorfosis hasta El mago de Oz y Los juegos del hambre

    En el universo de la ficción los personajes suelen llevarse la parte del león del protagonismo. En ocasiones, sin embargo, los lugares que los personajes habitan tienen tanta importancia como ellos. Imposible olvidar el Macondo de Cien años de soledad donde los Buendía soñaron y perdieron su estirpe, o la bellísima Tierra Media donde Frodo Bolsón buscaba perder un amuleto trágico en El señor de los anillos de Tolkien. ¿Quién no recuerda la Comala árida de Rulfo, o la isla Utopía de Tomás Moro? Poco importa que esos y otros miles de lugares creados por la mente de un escritor no existan en la realidad: una vez ingresados al mapa de la literatura el lector que los visite guardará de ellos tantas impresiones o más, como las que surgirían de un paseo real por una geografía terrestre.

    Una porción representativa de esos universos de ficción está reunida en un libro curioso y entretenido titulado Maravillosos mundos literarios, coordinado por la periodista y crítica literaria Laura Miller junto a más de cuarenta colaboradores entre los que figuran escritores, editores, periodistas y académicos. Ahí aparecen reseñadas un total de noventa y ocho obras escritas entre 1750 a. C. aproximadamente y 2015 (dieciséis pertenecen a escritoras), y clasificadas en cinco grandes grupos: Mitos y leyendas de la Antigüedad, Ciencia y Romanticismo, La edad dorada de la fantasía, El nuevo orden mundial y La era informática. Inevitablemente faltan autores y obras. No están James Graham Ballard, John Wyndham, Connie Willis, Thomas Pynchon, Shirley Jackson o Ismail Kadaré, por citar unos pocos grandes nombres. Y están en cambio otros que no son de circulación masiva ( por lo menos no por estas latitudes) o que han pasado al olvido como Charlotte Perkins Gilman, Vladimir Bartol, Austin Tappan Wright y Cornelia Funke, entre otros.

     

    UTOPÍAS, DISTOPÍAS, PARODIAS

    En el prólogo Laura Miller señala que todas las obras descritas en el libro “evocan lugares que solo existen en la imaginación” y que “las raíces de todos estos libros se encuentran en las historias más antiguas de la humanidad: mitos, fábulas, narraciones folclóricas y demás relatos con los que se intenta explicar el origen y la naturaleza del mundo”. No hay una distinción clara entre ese tipo de relatos, la ciencia ficción stricto sensu, lo fantástico, en el sentido de que no se los considera categorías perfectamente delimitadas. Tampoco este libro pretende ser un estudio exhaustivo de nada, sino más bien un acercamiento hedonista a aquellas narraciones que desde la utopía o la distopía nos distraen a la vez que nos ponen un espejo deformante delante del mundo en que vivimos. Muchos de esos libros son paródicos, algunos suenan más críticos o irreverentes o crípticos que otros. Algunos son reacciones a fenómenos como la industrialización o el mundo de la cibernética, o críticas a la sociedad capitalista, a las injusticias de género u otro tipo de discriminaciones.

    Pero todos tienen en común su capacidad de envolver al lector con aquello que seguramente no se va a encontrar a la vuelta de la esquina.  Y Maravillosos mundos literarios, aunque no sea mucho más que un atinado conjunto de reseñas, también nos envuelve porque nos cuenta lo suficiente de esas obras como para que las queramos leer y porque acompaña los comentarios con reproducciones visuales de pinturas, manuscritos, dibujos, fotos, fotogramas y cubiertas de primeras ediciones. Van algunos ejemplos: Perseo y Andrómeda, de Tiziano, ilustra la reseña de Metamorfosis de Ovidio; la portada de la revista Weird Tales de agosto de 1934 ilustra la de Conan el Bárbaro de Robert E. Howard; una fotografía de la alemana ciudad de Dresde tras el bombardeo aliado en la II Guerra Mundial acompaña la de Matadero cinco de Kurt Vonnegut; un fotograma de Blade Runner con Harrison Ford en acción está en la de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick; otra impresionante escena cinematográfica introduce Pedro Páramo de Juan Rulfo; una foto entrañable de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, ya viejos, acompaña la reseña del cuento del primero Tlön, Uqbar, Orbis Tertius; la foto de trabajadores sin rostro saliendo de una fábrica de automotores Ford en Detroit comenta desde la ironía la reseña de Un mundo feliz de Huxley.

     

    VENTANAS

    Los libros de este tipo, colectivos y abarcadores, no son para leer de un tirón. Son más que nada ventanas abiertas a otros libros, marcadores a los que uno puede volver una vez y otra. En su primera parte sugiere obras canónicas como La Odisea, atribuida a Homero, el anónimo Las mil y una noches, la Divina Comedia de Dante Alighieri o La tempestad de Shakespeare, junto a fantasías menos promocionadas como El mundo resplandeciente de la duquesa Margaret Cavendish, publicado en 1666, y considerada una de las primeras obras de ciencia ficción escrita por una mujer. Como dato curioso se añade que Virginia Woolf menciona a Cavendish en Una habitación propia y que Siri Hustvedt se inspira en ese libro para uno propio que lleva el mismo título en el original.

    En la segunda parte figuran clásicos como La máquina del tiempo de H.G. Wells, La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, El mago de Oz de L. Frank Baum o Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, pero también Viaje al mundo subterráneo (1741) de Ludvig Holberg, llamado “el padre de la literatura danesa y la noruega”, que hace la primera descripción de una supuesta tierra hueca que cobija en su centro otro planeta.

    Las partes 3, 4 y 5 reseñan novelas y cuentos publicados en el siglo XX y parte del XXI, en los que eventos como las dos guerras mundiales, la Guerra Fría, los fascismos, la carrera armamentista y la espacial, el crecimiento demográfico, el terrorismo y los desastres naturales encuentran resonancia en ficciones donde imperan los no-lugares (utópicos o distópicos), los mundos mágicos (paralelos o de otra época, salvajes o idílicos) poblados de hadas, magos, elfos, hechizos. Algunas de estas narraciones han sacudido el mercado editorial, por ejemplo, la serie de siete libros de J.K Rowling sobre el mago Harry Potter, con ventas que superan los 450 millones de dólares; o la saga del maestro Stephen King titulada La Torre Oscura, con libros publicados a lo largo de décadas y de la que su autor ha dicho que no la terminará nunca. A la saga de Juego de Tronos de George R.R. Martin, en cambio, le costó imponerse en el mercado editorial, pero luego se hizo famosa y dio lugar a una serie taquillera. Otro éxito en ventas señalado en el libro es Los juegos del hambre, la trilogía de Suzanne Collins inspirada en el film Battle Royale de Koushun Katami y en su adaptación cinematográfica de “culto”, en la que trabaja Takeshi Kitano. Menos conocida —hasta que ahora una serie televisiva la puso en órbita— es El cuento de la criada (1985) de Margaret Atwood, una distopía ambientada en un Estados Unidos dominado por una dictadura teocrática machista, racista y xenófoba. 

    No faltan clásicos como Solaris (1961) de Stanislaw Lem, original novela sobre un mundo que consiste en un océano inteligente e indiferente a los humanos. Dos adaptaciones cinematográficas, una de Andrei Tarkovski y otra de Steven Soderbergh le inyectaron cierta popularidad; o la incombustible Farenheit 451 de Ray Bradbury, sobre la peligrosidad de dejar de lado la lectura y el pensamiento crítico; o La cámara sangrienta de Angela Carter, impactante reformulación de los cuentos de hadas clásicos.

    También está, no podía faltar, la irreseñable —por vasta, por inconmensurable, por alucinante— La broma infinita (1996) de David Foster Wallace, el estadounidense que antes de suicidarse en 2008 dejó esta “gran novela americana” que no es de ciencia ficción pero lo parece y que integra el volumen porque, igual que todos los reseñados, cambia la geopolítica del mundo tal como lo conocemos o lo creemos conocer, y nos saca de la zona de confort.