En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En los últimos diez días fui testigo o protagonista de los siguientes hechos: los golpes propinados a una señora y el robo de su cartera mientras esperaba la luz verde en Ponce y Ricaldoni, el robo de objetos de poco valor de la barbacoa de mi casa —lo que supone que alguien estuvo merodeando por el fondo mientras la familia dormía— y el robo de otra cartera después de haber roto el vidrio del auto de una querida amiga.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
El cuarto episodio fue ayer, en la puerta de mi casa, justo en el momento en que entraba con el auto. De pronto, tuve junto a la ventana a un hombre con casco y chaleco reflectante —cumplía con las normas de tránsito, prolijito— que comenzó a golpear mi ventana con una piedra mientras me exigía a los gritos que le diera todo. Era media tarde, todavía había luz y en la vereda circulaban varias personas que vieron lo sucedido y nada pudieron hacer porque es más el tiempo que demoro en escribir esto que los instantes que duró el atropello. Estos delincuentes operan a toda velocidad, amparados en la sorpresa y el miedo.
Lo que cuento nada tiene de novedoso. Difícil es encontrar a un uruguayo que no haya pasado por una situación similar, o incluso más violenta. Para mí fue la primera vez y lo que justifica que esté narrando esto es no solo hacer catarsis de la mejor manera que puedo —es decir, escribiendo—, sino reflexionar acerca de algo que me impactó tanto o más que la misma violencia: la forma en que reaccioné ante ella.
Toda teoría se pone a prueba ante la realidad. Como casi siempre, cuando se trata de vínculos y relaciones sociales, la teoría se queda cortita, insuficiente. Porque uno no sabe cómo ha de reaccionar hasta que no se enfrenta a la brutalidad del momento. Con la soberbia típica de quien cree que puede teorizar acerca de lo que desconoce, me cansé de repetir que jamás había que ofrecer resistencia. A ese consejo —¿quién me habrá hecho creer que estaba calificada para aconsejar en esta materia?— agregaba lugares comunes del tenor de “la vida vale más”, “las cosas se reponen”, “que se lleven todo, pero que no te lastimen” y otras máximas en las que, por supuesto, creo, pero que no eran más que palabrería disuelta en la frivolidad de la inexperiencia.
Bien, el caso es que ayer me tocó vivir lo que tantos han vivido. Y no cumplí en absoluto con mi prédica. No sé por qué reaccioné así. Con un destello de lucidez que me permitió darme cuenta de lo que estaba sucediendo, respondí al hombre con un grito todavía más fuerte. Un insulto de lo más ridículo que ahora, tranquila, me causa gracia, pero que sirvió para sorprenderlo a él y darme el par de segundos necesarios para poner primera. Tres factores fueron determinantes del buen desenlace: las puertas estaban trancadas; las ventanas, protegidas por una lámina de seguridad y el auto encendido. Quizá, ahora que lo pienso, también el modus operandi: se trata de atacar rápido y por sorpresa. Si la acción no prospera, abandonan ese objetivo y huyen a buscar otra víctima.
Así como un trabajador honrado se levanta cada día para ganarse el sustento con limpieza, hay gente que subsiste gracias a la desgracia ajena. Muy anulada han de tener esas personas la empatía, porque de otro modo no se entiende que puedan construir el bienestar propio a costa del dolor de los otros y jugando en el límite que implica, a veces, poner en riesgo una o más vidas. Pensar en esto me llena de decepción y tristeza.
Pero quiero detenerme en mi reacción. Arranqué sin pensar, como decía, y transité varios metros por la vereda. En la brusquedad de la maniobra, estuve cerca de llevarme por delante a una señora que con excelentes reflejos retrocedió un par de pasos hacia el interior del jardín de donde había salido. Para ese entonces, el ladrón ya se había subido a una moto donde otro lo esperaba. Frustrados, desaparecieron a toda carrera.
Pasado el primer impacto, pedí disculpas a la señora, que me tranquilizó con gran dulzura y quitó trascendencia al asunto, aunque ella también estaba temblando porque, a pesar de su delicadeza, aún conservaba la desagradable sensación de haber estado a punto de ser embestida. Luego entré a mi casa, cerré tras de mí la reja, vi las muescas que la piedra había dejado en el vidrio y en la chapa y, recién entonces, me pregunté por qué había hecho lo que había hecho.
Supongo que intenté proteger los documentos. Nada más de importancia o valor tenía conmigo. Pero también es probable que haya actuado de manera instintiva, con una rebeldía que se negó a dejarse vejar por un hombre que calculó que una mujer en un auto era una presa sencilla. Imposible saberlo.
No siento el menor orgullo ni creo que mi acción desesperada me convierta en heroína. El costo pudo ser altísimo y, huelga decirlo, no habría valido la pena. Porque en efecto, estoy convencida de que la vida es un bien supremo y que ningún objeto merece ponerla en riesgo. Supongo, también, que operó en mí —como en tantos uruguayos— un peligroso cóctel de cansancio, rabia e impotencia.
Desde ayer, me persigue la fascinación de constatar lo poco que nos conocemos, esa imposibilidad de saber con certeza cómo vamos a reaccionar ante un hecho inusitado, de qué somos capaces para defendernos. Y me pregunto si el resultado de ese cóctel funesto no puede llevar a una persona de bien a cometer actos tremendos.