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    Virginia Woolf y su pregunta ¿por qué son pobres las mujeres?

    N° 1992 - 25 al 31 de Octubre de 2018

    Si una mujer tiene una habitación propia, donde se siente segura y tranquila, y tiene dinero propio, su talento, si es que lo tiene, podrá desplegarse.

    Noventa años atrás, Virginia Woolf dio una conferencia en los únicos dos colleges de Cambridge que aceptaban mujeres y dijo eso: para que una mujer pueda escribir necesita un cuarto propio y 500 libras al año. Un año después lo publicó como ensayo con el título Un cuarto propio. Al Río de la Plata, como escribe la prestigiosa académica Lindsey Cordery en este número, ese texto llegó en 1935 y 1936 a través de Victoria Ocampo, que se entusiasmó con la obra de la inglesa y le pidió a Jorge Luis Borges que lo tradujera para publicarlo en la revista Sur.

    Conviene volver a leer el ensayo, que sigue sorprendiendo por su vigencia, como cuando se pregunta: “¿Por qué son pobres las mujeres?”. Pasó casi un siglo y las cosas no cambiaron tanto como Virginia imaginaba. En Inglaterra y en Uruguay, y en todos los países del mundo, las mujeres son más pobres que los hombres. Ganan menos por hacer el mismo trabajo, no llegan a los puestos de decisión por el techo de cristal y pasan horas de su día dedicándose a trabajos no remunerados. El tiempo, se sabe, es dinero. Por eso dijo a las jóvenes que estaban en ese recinto escuchándola: “Ganen con su talento 500 libras esterlinas al año”.

    Ella estaba hablando en ese momento específicamente de lo que se necesitaba para escribir buenas obras de ficción, pero se ha llevado a todas las áreas. Es decir, es lo mismo. Estamos hablando de éxito profesional. De llevar adelante un trabajo, un emprendimiento o un oficio, con éxito.

    Virginia Woolf heredó dinero de una tía, y eso le dio libertad y poder para dejar de hacer trabajos que no le gustaban. “No hay fuerza humana que me pueda arrancar mis 500 libras. Alojamiento, ropa y comida son míos para siempre. No solo cesan la labor y el esfuerzo, sino la amargura y el odio. No necesito odiar a ningún hombre; no me puede hacer mal. No preciso adular a ningún hombre; no tiene absolutamente nada que darme”.

    Es interesante lo de adular. En Uruguay, donde hay tantas empresas familiares, ¿deben adular las hijas a sus padres/patrones? ¿A sus abuelos/patrones? ¿A sus maridos, de los que dependen económicamente? Si tuviéramos cada una ese dinero, y cada una su cuarto propio, y si estuviéramos acostumbradas a la libertad y ya tuviéramos incorporado el coraje de escribir exactamente lo que pensamos, entonces, “la oportunidad vendrá”, dice Virginia. Habla de dos cosas: de la independencia financiera y de la del espíritu. El día que conquistemos ambas, estaremos más cerca de conseguir el éxito que por siglos nos ha sido esquivo.

    En Inglaterra hicieron el cálculo de cuánto sería el equivalente al día de hoy. Ganar 78.200 libras —las 500 libras de Woolf— y tener un cuarto propio es un sueño “muy distante” para la mayoría de las inglesas. Para las jóvenes es casi imposible. The Telegraph escribió: “Las mujeres jóvenes hoy no están en la posición poderosa en la que Woolf las imaginó”. Ganan casi 20% menos que los hombres y asumen gran parte de las tareas del hogar, cuidado de niños y ancianos y discapacitados de la familia. “Tener un cuarto propio parece aún más un lujo que en 1920”, dice el diario inglés, que subraya los altos costos de los alquileres.Trasladar esos números a Uruguay es complicado; el cálculo (basado en el índice tipo Big Mac) es que una uruguaya precisa ganar 214.000 pesos por mes o 113.400 dólares al año.

    Lejos estamos de eso. Pero para empezar a desenredar la madeja debemos desconfiar del texto que conocemos; el traducido por Borges en la década de los 30. Es el que se consigue hoy en librerías, el más común. Hay que revisar el impacto de esa traducción filtrada, sesgada. Casi todos lo leímos por Borges; no nos llegó lo mismo que escribió Woolf.

    El escritor argentino, teñido por sus ideas, en la sintaxis y en el plano semántico bajó el tono, alteró y también eliminó muchos de los elementos feministas del ensayo de Woolf, según un estudio relativamente reciente de la académica Leah Leone. Su antagonismo y su estrategia de traducción hacen que sea “inaceptable” para acercarse al escrito original. Leone asegura que la traducción de Borges ha sido reeditada numerosas veces y sigue siendo de donde mayoritariamente se conoce Un cuarto propio. Triste pero cierto. Se trata de un texto clave en la historia del feminismo. Es tarea de entendidos ver cuán cambiado nos llegó. Se ha perdido mucho tiempo. Lo perdieron y lo siguen perdiendo millones de mujeres, ayer y hoy, distraídas, sin advertir que el talento solo no alcanza. Que se precisa un cuarto propio y dinero para mantenerlo.