¿Cómo celebran Navidad los extranjeros residentes en Uruguay?

Varias familias adaptan hábitos y costumbres propias de sus culturas a las posibilidades que su nuevo hogar les ofrece

Las fiestas nunca son las mismas para todo el mundo. Si bien la Navidad es una celebración típica de países occidentales con tradición cristiana que terminó comercializándose hacia todas partes, no en todos lados la celebran de la misma manera y mucho menos “a la uruguaya”.

Aunque existe el denominador común de la familia, otras nacionalidades se sorprenden de que no haya nieve o de la poca decoración en las calles, que un cuerpo resista una fiesta el 24 de diciembre al mediodía y siga aguantando la Nochebuena por la noche, y que se brinde a las 0 horas fuera de casa y en chancletas. Ni hablar de un 25 con absolutamente todo cerrado y sin gente en la calle.

En Uruguay, desde el día en que se arma el arbolito (8 de diciembre) y con la apertura de los primeros paseos y ferias, se respira Navidad hasta el 6 de enero. Navidad y verano. Para otras culturas, que tienen el árbol armado desde los primeros días de noviembre, el espíritu navideño en esta parte del mundo dura demasiado poco.

Lo cierto es que en el Río de la Plata no se montan escenarios inspirados en los libros de Dickens o Moore. Pero si bien diciembre en Estados Unidos o Inglaterra es la postal navideña por excelencia a escala global (lo cual es lógico si lo comparamos con un asador preparando un cordero por horas sin camiseta), el propio Dickens escribió que esta época del año solamente puede tener un lugar por defecto: el corazón.

“Hay que honrar la Navidad en el corazón y tratar de guardarla allí todo el año. Así viviré en el pasado pero también en el presente y el futuro. Los espíritus de los tres están luchando dentro de mí”. La frase es del libro Cuento de Navidad, y refleja el sentir de aquellas personas que tienen que pasar alguna Navidad en un país que no es el suyo, porque en definitiva no se trata del lugar sino del momento.

Según el último censo, Uruguay tuvo un aumento de población del 1% desde 2011 gracias a la presencia de más de 60.000 inmigrantes provenientes en su mayoría de Venezuela y Argentina, pero también de Europa y Estados Unidos. El 18 de diciembre pasa desapercibido entre cenas y despedidas del año, pero es el Día Internacional del Migrante. Y si la Navidad ya viene cargada de una cierta nostalgia casi que por defecto, para una persona que pasa las fiestas en un país que no es el suyo es una historia aparte.

Galería invitó a seis familias a ser anfitrionas navideñas por un día para conocer­ todo acerca de sus costumbres. Son extranjeros radicados en Uruguay que le dieron y dan pelea todos los días al sentirse lejos de casa, pero más aún, durante las fiestas. Cada una de estas personas dejó una enseñanza de felicidad genuina con el aquí y ahora, y la oportunidad de descubrir y combinar tradiciones.

El cuento de una blanca Navidad.

Fotos: Mauricio RodríguezFotos: Mauricio Rodríguez

Hallie Neumann, Estados Unidos. Trabaja en turismo bespoke (de lujo) y como decoradora en Studio Saguaro.

Hallie no está triste. Nadie podría estarlo con esa hermosa niña en brazos maravillada con el flash de la cámara. Sus lágrimas son el lenguaje de la nostalgia, que no hay que confundir con melancolía. Mariah Carey, Michael Bublé, Bruce Sprinting, Frank Sinatra y algunos más fueron los culpables de gatillar su emoción. Desde finales de noviembre, después de celebrar Acción de Gracias, los hogares americanos ya están habilitados para escuchar a estos artistas casi en bucle durante todo el próximo mes. La música navideña hacía que Hallie recordara cómo eran las fiestas en Ohio.

Vive en Uruguay hace tres años desde que se casó con un argentino pianista de jazz y productor musical, con quien negoció irse a vivir a alguna parte del sur de Latinoamérica que no fuera tan “quilombera” como Buenos Aires. Le encanta la naturaleza.

Ella y su hija Noa-Jean se encontraban junto a la chimenea (no podía ser de otra forma), adornada por una media tejida por su abuela que colgaba a la espera de algún regalo. El fuego estaba apagado. Desde que llegó a Uruguay las Navidades dejaron de ser blancas y frías y, de hecho, estar usando vestido y no un buzo de lana con diseños alusivos se siente muy pero muy extraño.

El de este año es su primer arbolito artificial. Está decorado por algunos adornos que desde su nacimiento sus padrinos le fueron regalando por cada Navidad y su madre fue guardando con mucho cariño hasta que creció. Ahora desde que tiene a Noa en su vida agrega también los que le regalan a ella, que con apenas 20 meses está celebrando su segunda Navidad.

Las tradiciones se enmarcan en eso, la familia. La madre de Hallie era una entre 12 hermanos y por lo tanto las Navidades eran muy numerosas, con muchos muchos niños. En su país es muy común enviar y recibir postales con fotografías de los más chicos de la casa, y todos los años su mamá regala pijamas combinados a todos sus nietos, incluida Noa cuando viaja, para encabezar el almanaque de ese año con un retrato de todos juntos vistiéndolos.

Las fiestas tienen un tono íntimo, acogedor, con olor a galletitas recién horneadas y chocolate caliente. Suelen formar parte de la mesa navideña pero además se le dejan en un plato a Santa Claus, cerca de la chimenea, con zanahorias para los renos.

Alrededor del fuego se leen cuentos a los niños antes de que se vayan a dormir para recibir sus regalos al día siguiente. Hallie tiene dos, que guarda de la época que les leía a sus hermanos más pequeños, y que ahora lee a Noa: El expreso polar, de Chris Van Allsburg, y Una visita de San Nicolás (o The Night Before Christmas), poema de Clement Clarke Moore.

Aunque su familia no fuera “superrica”, recuerda un árbol repleto de regalos cada vez que salía de su cuarto y se asomaba por la escalera para ver. Nadie tenía permitido bajar a abrirlos hasta que estuvieran todos los hermanos despiertos.

Hallie intenta que Noa conozca la Navidad también de esta manera más allá de ser uruguaya. Para ella en Nochebuena, el fuerte no va a ser la comida, sino la música y la decoración, los libros y las películas. En Estados Unidos es más importante el brunch del 25 que la cena del 24, que consta de pavo, ensaladas y una picada que mezcla frutos secos salados con galletas dulces.

Le sorprende, al punto de molestarla, que en Uruguay no pase absolutamente nada el 25 más allá de reunirse a comer las sobras de la noche anterior: “Es como cualquier domingo”, se queja. Por otro lado, no le gusta el vitel toné pero le encantan los fuegos artificiales (que es algo que en Estados Unidos no se usa para estas fechas) y “vestirse bien”.

Aunque replicar la Navidad de su Ohio natal le parezca una tarea imposible, Hallie dice que lo importante es contagiar el espíritu de esta época, sobre todo a su hija, y encontrar la manera de seguir creyendo en la magia aún de adultos.

Navidad con aroma a hogar.

Fotos: Mauricio RodríguezFotos: Mauricio Rodríguez

Fabian Fechnen, Alemania. Trabaja con su esposa, Camila Antunes Fechnen, en el emprendimiento de panadería y café Brot Haus.

Entrar a Brot Haus es dejarse abrazar por una nube de aromas tan especiales que inmediatamente teletransportan a una cabaña de madera en medio de un bosque de frondosas alemán, en Navidad. Las fiestas son la época en la que Fabian más extraña su país. Cuenta que estas fechas tienen mucho de memoria olfativa; canela, jengibre, la madera de la hoguera, eucalipto…, y de valorar el tiempo libre para pasear por un mercado navideño u hornear galletas con la familia.

En Alemania, a diferencia de Uruguay, nadie está estresado en Navidad, y eso que se le dedica mucho más tiempo y energía. El arbolito es un pino real adornado por todas las manualidades que hacen los niños en la escuela. La decoración de la casa es artesanal, con elementos de la tierra y el bosque, y la comida también, casera. En Uruguay Fabian lamenta que casi todo es comprado.

La Navidad más linda que recuerda fue cuando Camila, su esposa, pudo viajar a Alemania con sus padres.

La mesa con la que Fabian recibió a Galería­ era tan cálida y tradicional, y el vino caliente que preparó tan delicioso y exótico que daban ganas de pasarse la tarde merendando con ellos. Servilletas dobladas con formas, räuchermännchen —hombrecitos alemanes de madera, quemadores de inciensos—, pirámides de Navidad (un adorno con cuatro velas rojas, una por cada domingo de diciembre), y platos típicos.

Una comida principal tradicional es el fondue de carne —trozos de carne (muchas veces de animales del bosque como reno o jabalí) sumergidos en caldo—, pero en Brot Haus prepararon platillos dulces, que además son parte del menú de la cafetería, como stollen —algo así como un pan dulce alemán con pasas, almendras, cardamomo, jengibre y cáscaras de naranja y limón—, galletitas de almendra y canela, y unas porciones de nussecken, un pastel de pasta brisa untada con frutos secos.

También tienen un calendario de Adviento­ en formato de tiernas bolsitas de regalo que van colgadas en la pared, enumeradas del 1 al 24 para que cada día las personas amanezcan con una pequeña atención. La versión más curiosa de este calendario, cuenta Fabian, es la que se hace en los pueblos al interior de Alemania, donde 24 familias participan desde sus hogares y cada día la cena tiene un anfitrión distinto.

Los regalos no se abren a la medianoche. En Alemania anochece muy temprano así que sobre las seis o siete de la tarde ya se está brindando para que luego los niños se encierren en sus cuartos hasta oír la campana que anuncia que pasó Santa.

El 26 de diciembre también es libre y le llaman segundo día de Navidad. La familia de Fabian no es religiosa, pero ese día va a misa, como una costumbre familiar que se mantiene por tradición. Además, es una excusa para pasar a levantar a algún amigo, tomar unas cañas y escuchar villancicos. El ambiente menos solemne y de más festejo es el del 31 de diciembre, cuando sí o sí se sale de fiesta. En Navidad no se escucha ni el ruido de los autos pasar porque la misma nieve en las calles los silencia.

Los protagonistas de su propia película navideña.

Fotos: Gastón De ArmasFotos: Gastón De Armas

Glenn Rosado, México. Maestra y maquilladora influencer.

Cualquiera se atrevería a decir que son la pareja más festiva que Uruguay haya visto de solo pasar unas horas con ellos como si fuese un 24 de diciembre. No se trata de la decoración de su casa, sino que es una cuestión de espíritu. Cada cosa que los cómplices Santiago y Glenn dicen, lo hacen desde la pura ilusión y con aires de travesura, casi como dos niños.

Armaron su arbolito el 12 de noviembre y desde entonces intentan mirar una película navideña por día. El árbol no tiene chirimbolos ni puntero, sino que está adornado por ratoncitos de peluche. Los de la punta se están abrazando y dicen que los representa a ellos, que a la interna de la pareja se llaman como este animalito sin siquiera recordar de dónde surgió por primera vez la broma.

Santiago Martinez, uruguayo, está acostumbrado a festejar la Navidad toda su vida en familia, con padres españoles, mientras que Glenn, de México­, en las fiestas “lo da todo”, especialmente en Mérida, su ciudad, donde el clima es muy agradable con una temperatura media de 30 grados. Aun así, Navidad es una gala de invierno para los mexicanos, con vestidos largos, de colores sobrios, y traje y corbata para los hombres. Con menos de 25 grados (que deben ser apenas cinco días al año, entre ellos Navidad) los merideños ya están sacando del ropero campera y botas. “No tenemos otro momento para usarlas”, bromea Glenn.

Cuando hablan de una gala navideña en verdad le hacen honor a la palabra gala. La formalidad y elegancia son clave para los mexicanos en estas fechas, y así lo mantiene ella, que recibió a Galería con un precioso vestido verde y zapatos de fiesta: “Creo que es muy bonito esto de decir ‘me arreglé para la ocasión, para ti, para compartirlo contigo’”.

Cuando era una niña recuerda que se juntaban en las casas de un trío de tías solteras que vivían por y para sus sobrinos. Eran casonas grandes, de época, donde cabían todos los primos y había ruido, música y fiesta. Afortunadamente­ para ella, en la familia de Santi también encontró el “desmadre” que le gusta para esta época del año, y sus Navidades se sienten como en casa.

Aun así, la que más atesora es la última, cuando viajó con su esposo a México. Santiago y Glenn se hicieron “noviecitos de intercambio” cuando ella se vino a estudiar un tiempo a Uruguay. Sostuvieron una relación a distancia, luego ella se mudó para acá y se casaron dos veces, una por cada país. Esa misma dinámica es la que utilizan para celebrar las fiestas, un año en cada sitio. La última fue muy especial porque Glenn volvió a juntarse con toda su familia, y a pesar de la falta de su abuela (que era la que “reclutaba” al resto para todas las fiestas), la alegró entender que sin ella todos seguían ahí.

Además, México es un país muy religioso. Todos los años se arma un pesebre, al que llaman El Nacimiento, con la particularidad de que hasta el 25 a las 0 horas falta el niño Jesús. Cuando se hacen las 12, Glenn recuerda que su abuela iba a buscarlo, lo pasaba de mano en mano para que cada uno de la familia le diera un beso y lo colocaba en su lugar. Para ella era un poco extraño después de tanto jolgorio tener que sentirlo tan solemne y aguantarse las ganas de gritarse un “¡Feliz Navidad!”. Por lo que sin ánimo de romper con la tradición, cuando su abuela falleció dejaron de hacerlo. “Hoy diría: qué cringe. Pero había que hacerlo muy serios, si no, cobrábamos”.

Aunque ama a Santa Claus, su relación tuvo algunas rispideces. Glenn todavía lamenta que nunca le trajeron el microhornito de juguete que había pedido a sus seis años, y culpa a ese episodio de su negación con la cocina. El dichoso microhornito también arruinó a Santiago, que es el encargado designado para preparar la comida de cada 24.

Tanto Santiago como Glenn son fanáticos de la cena navideña. Al mediodía del 24 ya están preparando las primeras tablas de fiambre y siempre intentan incluir algún plato típico mexicano, sobre todo, para sorprender a los amigos. En México las picadas, conocidas como botanas, son “abusivas”, llenas de snacks y dips de todo tipo. Pero como ellos son “de estómago grande”, nadie se plantea el espacio para la cena. Se colocan varios platos como pavo, ensaladas de pasta, panes de carne, lasagna, en una mesa larga adornada con un mantel navideño y cada persona se sirve a gusto. Muchas recetas son tomadas de Estados Unidos pero otras no, como los frijoles refritos o el sandwichón­, un platillo yucateco agridulce que a ambos les encanta, con paté de jamón y queso y mermelada de fresa, recubierto de queso crema y adornado con frutos secos.

En la decoración de los hogares con luces y animatrónicos gigantes, los mexicanos también se parecen bastante a los americanos. Pero cuando estuvo en el país de su esposa, a Santiago le llamó la atención que, a diferencia de Estados Unidos, México sí que “festeja fuerte”; es decir, beben mucho. El 12 de diciembre es el día de la Virgen de Guadalupe, patrona del país, que da comienzo a la tradición de Guadalupe-Reyes, con la que hasta el 6 de enero cada día se debe tomar un “chupito”, incluso dentro del horario laboral (los descansos del almuerzo suelen ser bastante largos, de dos y hasta tres horas). La Navidad mexicana comienza el día después al Día de Muertos (2 de noviembre) hasta Reyes.

Aunque a Glenn no le cueste adaptarse a la Navidad en Uruguay (porque sabe que cuando regresa a México “la revive”), también se sorprende de la quietud del 25 de diciembre. Cuenta que en México el 25 es tan importante como el 24 y todos los locales comerciales están abiertos. Un “planazo” de 25, para ellos, es ir al cine, por ejemplo, mientras en Uruguay cualquier shopping tiene un candado gigante en la puerta.

De todas maneras, Glenn no se deja desanimar y consigue traer “la jocosidad” mexicana para hacer los 25 un poco más divertidos. Por ejemplo, enseñarles a la familia de Santi y a sus amigos a jugar al regalo robado. Se trata de un juego de mesa en el que cada jugador debe llevar un regalo genérico (son muy populares las gift cards, pero también puede ser un libro o alguna delicatessen) envuelto en cajas de distintos tamaños, que engañen. Cada uno toma su regalo y elige una tarjeta con una consigna: que el regalo en mano se intercambie con la persona de enfrente, que todos los regalos se muevan dos lugares hacia la izquierda, que quien esté vestido de tal o cual color pueda cambiar de regalo con quien quiera… La finalidad es quedarse con aquel que más atrape los ojos, desconociendo su contenido y mientras no sea el propio.

“Si bien extraño pasar con mi familia, después de muchas fiestas sin estar te das cuenta de que es solo una fecha, porque cuando sea que vaya los voy a disfrutar como si fuera Navidad”, reflexiona.

Caribe con c de ¡cocinemos hallacas!

Fotos: Mauricio RodríguezFotos: Mauricio Rodríguez

Omar Ischy Morales, Venezuela. Cocinero, fundador de café Botánico

Las fiestas en Venezuela son muy largas en comparación con Uruguay. Omar dice que es porque para los uruguayos lo importante es el verano, mientras que para ellos el corazón está puesto en la Navidad, y ni siquiera celebran Día de Reyes.

En los primeros días de noviembre algunos venezolanos ya empiezan a armar el arbolito; uno muy caribeño, lleno de colores sin demasiados patrones, chirimbolos de todo tipo, guirnaldas, luces y el infaltable pesebre. Omar todavía no lo tiene listo porque está a la espera de que su novio (uruguayo) regrese de viaje, ya que para ellos “es todo un ritual”.

El 21 de diciembre, el día del solsticio de verano, celebran el Espíritu de la Navidad, otra cena con mucha más intención, en donde todos escriben sus augurios para el próximo año, se comen lentejas y se prenden inciensos para la abundancia. Pero Nochebuena es la noche para la cual los venezolanos tienen guardado el “estreno”: un conjunto de ropa elegante, como de gala, reservado especialmente para “empilcharse“ durante la cena del 24. “Es gracioso porque somos los mismos de siempre, que convivimos, nos bañamos y de repente ¡woah!”, (se ríe).

Nochebuena siempre se pasa en familia hasta después de la medianoche, cuando uno queda para juntarse con amigos. No se escuchan villancicos “como los gringos”, sino mucha gaita zuliana, un género musical típico del país, declarado bien patrimonial de interés cultural y artístico. Es muy contagioso y “se presta para bailar un montón“.

En Venezuela se dan regalos y se usa mucho el amigo secreto (amigo invisible) entre los adultos. Para los más chicos de la casa, el 25 llega San Nicolás y todos amanecen con su “niño Jesús” (regalo) junto a la cama.

Omar con sus dos mamás Maritza Navas y Mariela Simancas. Omar con sus dos mamás Maritza Navas y Mariela Simancas.

Todo ese tiempo desde que se arma el arbolito hasta el 14 de enero, Día de la Peregrinación por la Divina Pastora, se comen hallacas, que consiste en una masa de harina de maíz rellena de un guiso de carne de res, cerdo y pollo, envueltas en hoja de banana. Omar cuenta que sirve como trueque, y suelen llevarse a la casa de vecinos y amigos para traerse las de ellos. Recuerda que de niño en su casa llegaban a armarse hasta 150, teniendo en cuenta que llevan un tiempo de preparación de tres días entre que se pican las verduras, se cocina el guiso y se arma.

Aunque Venezuela es un “mejunje” y es difícil mantener una cultura y costumbres “uniformes”, no hay nada más tradicional que la hallaca. Representa a generaciones enteras de familias en la medida en que su preparación es una megaproducción familiar en serie. Los más chicos son los encargados de lavar las hojas del plátano, y a medida que van creciendo comienzan a colocar las tiras de morrón, cebolla y otros vegetales hasta que se les permite atar la envoltura. La preparación del guiso le toca, como era esperable, al abuelo o abuela. “Ahí ya te graduaste”, bromea Omar.

Él esperó a Galería con una mesa típica venezolana, con platos como hallacas, pero también asado negro —una carne “supercondimentada” y endulzada a partir de panela (tipo de azúcar)— y pan de jamón. Varios de estos platos tienen ingredientes que no se usan en ningún otro momento del año en la cocina venezolana, como pasas de uva o aceitunas. El brindis se hace con ponche crema, una bebida alcohólica a base de leche.

Los venezolanos son muy supersticiosos, y entre el 24 y 31 de diciembre no faltan los puestos callejeros que venden ropa interior amarilla, por ejemplo, que significa prosperidad, dinero y abundancia para el año nuevo.

Cada tanto Omar recuerda la última Navidad en su país: “Tengo los medios para volver en diciembre, pero no va a ser lo mismo. Hoy es otra Venezuela. Todos mis amigos emigraron, mis abuelos ya no están…”.

Ama Uruguay porque le abrió las puertas, le salvó la vida a su mamá (ella tuvo que venirse al ser diagnosticada de cáncer y no poder acceder al sistema de salud de su país) y encontró al amor de su vida. Y aunque no entiende cómo los uruguayos pueden “recontramegamamarse” durante una fiesta al mediodía y llegar olímpicos a la noche, le gustan todas sus costumbres navideñas, especialmente, la “ligereza” de la que se contagió.

Lo que más lo “atraviesa” es que por más tiempo que pase en Uruguay nunca va a llegar a ser uruguayo, dice, y siempre seguirá siendo de una Venezuela “que ya no existe”.

Navidades prestadas con colores propios.

Fotos: Mauricio RodríguezFotos: Mauricio Rodríguez

Aparna Soni, India. Fundadora y cocinera del primer restaurante de comida india de Uruguay, Moksha.

Hace 12 años que Aparna se encuentra fuera de India. Su esposo vino a Uruguay por trabajo, ella lo siguió y terminó incursionando en la gastronomía. Tiene la costumbre de viajar cada 24 de diciembre y coleccionar Navidades del mundo. Su favorita es la de Nueva York.

No es algo que trascienda demasiado, pero en India también celebran la Navidad o el festival de Diwali, para la cultura hindú, donde la gente estrena ropa nueva, comparte copiosas comidas y participan de espectáculos de luces y fuegos artificiales. Como todos en su familia fueron a la escuela católica, Aparna­ y los suyos sí celebran la Navidad propiamente dicha, aunque cuenta que los indios en realidad la festejan un poco por gusto, influenciados por lo que se hace en el estado cristianizado de Goa y en Estados Unidos.

Es una de las pocas noches del año en donde está permitido el alcohol, como vino dulce, tinto o feni, un licor tradicional elaborado de jugo fermentado de castañas de cajú. 

En su restaurante todo es de colores, desde las paredes hasta los pósters de Ganesha. Aparna tiene lista una larga mesa en la que no cabe ni una sola copa más, simulando la que prepará para la cena del 24, con manteles, servilletas dobladas en forma de arbolito y velas altas. Hay curry de pollo o cordero, pollo tandur (un horno de barro tradicional indio, que funciona a partir de carbón vegetal) y arroz para acompañar. De postre, snacks dulces como indian rose cookies o achappam (galletas de harina de arroz con forma de flor) y una torta bebinca (un postre típico que es una especie de budín en capas con base de leche de coco), con cerezas para el picoteo durante toda la cena.

Hay armado un arbolito con una estrella de puntero y las alfombras de bienvenida tienen motivo navideño. Su hija Anaira Soni (que lleva el apellido materno por decisión de ambos padres, en oposición al sistema de castas indio y aprovechando las libertades de nacer en Uruguay) no se resiste a abrir los regalos aunque sean decorativos.

En India se brinda a las 0 horas, pero no se suele intercambiar regalos. Sin embargo, desde la llegada de esta niña, ya hace dos años que la familia de Aparna se acostumbró a hacerlo. “Queremos celebrar todo como acá para que ella no se sienta diferente a los otros niños en la escuela”, cuenta.

Ambas estaban de vestido. Los indios suelen arreglarse mucho en Navidad porque el retrato familiar del año se toma ese mismo día. El dress code lo pone la propia familia y se cambia cada año, pero aunque tienen una fuerte inclinación por los colores vivos como el rosado o amarillo, este 2023 Aparna eligió el blanco.

Por influencias externas también se cantan villancicos y los diferentes hogares contratan coros para sus cenas, pero a la hora de la fiesta lo que se baila es, como no podía ser de otra forma, el animado Bollywood, esas danzas inspiradas en la industria del cine de la India.

Ellos tampoco explican el fenómeno de cómo se vive el 25 en Uruguay, pero consideran que es una muy buena fecha para abrir su restaurante porque siempre llegan clientes sin ganas de cocinar en busca de una picada o cordero.

Una italiana poco convencional.

Fotos: Mauricio RodríguezFotos: Mauricio Rodríguez

 Assunta Pascale, Italia. Jubilada, madre de Graziano y Maricarmen Pascale.

La Navidad en Milán y las decoraciones festivas de Piazza del Duomo poco influenciaron a las comunidades migrantes italianas del año 1950 que buscaban una vida mejor después de la guerra.

Lo cierto era que no tenían tiempo para la Navidad; la vida para estas personas tenía otras prioridades. Rocco Pascale se vino a Uruguay cuando el país había salido por primera vez campeón del mundo, encantado, aunque sin saber a qué se debía la fiesta. Había perdido a su hermano en la guerra y solo pensaba en la manera en la que su esposa pudiera venir también para rehacer sus vidas. En el país ya había varios originarios de Satriano Di Lucania (municipio de Potenza), y siguieron llegando hasta formar una comunidad.

“Era otro Uruguay”, añora Assunta, recordando la alegría que se respiraba en el puerto. Ella llegó al país a sus 20 años (hoy tiene 91), dos años después de contraer matrimonio. Cosió camisas, buscó trabajo en comunidades judías, fue lavandera, puso su propio puesto de verduras, hasta que finalmente consiguió un terrenito propio. Allí la pareja instaló un almacén de ramos generales.

En casa de los Pascale hasta hoy apenas se pone alguna servilleta con motivo navideño durante la Vigilia di Natale. Assunta no se desvive por la cena de Nochebuena, sino por el almuerzo familiar del otro día, porque cuando recién había llegado, el 24 era un día de trabajo, y no como cualquier otro. Al tener un almacén se trabajaba mucho hasta la noche y había que aprovecharlo.

Eso sí, a la misa por la noche no podía faltar, como tampoco dejar de rezar el rosario, “otra costumbre que no entienden ustedes”, dice.

Los satrianeses no comen carne roja en Navidad. El plato por defecto es el bacalao, como en Semana Santa uruguaya, o conejo relleno de queso y longaniza. También hay otros platos tradicionales como morrones rellenos de miga de pan y anchoas.

A Assunta le encanta cocinar: pastas caseras, salsas, dulces, postres… vistiendo el delantal que le regaló su nieta con la leyenda: Ristorante della nonna. Se trajo consigo todas las recetas típicas satrianenses, pero lo primero que aprendió a hacer en Uruguay fue puchero.

El día que Galería la visitó, había una fuente de nocche (nocas) —una especie de masa frita enroscada— y otra de ruoscp (ruespes) —buñuelos— que presentó con miel y azúcar impalpable, dos abrebocas dulces típicos de la Navidad.

Se había levantado a cocinar de madrugada, exactamente a las tres, porque dice que la cama “la echa”. Acostumbrada durante sus 40 años de trabajo a madrugar para ir al mercado, parecería que ahora no puede acostumbrarse a otra cosa. “Yo soy feliz así, no tengo una limpiadora porque no la soporto”. Si algo la caracteriza es su poderoso carácter italiano.

Assunta tampoco tiene arbolito en su casa ni recuerda la última vez que armó uno. A veces no le dan ganas de hablar de cosas del pasado: “Era una criatura, y yo tuve otra vida. Llegué acá y me dediqué al trabajo, no a la fiesta. No sé ni contar, no estudié como ustedes”, explica. Su hijo la describe como “una feminista cuando no se usaba ser feminista”, sobre todo, porque fue de las primeras mujeres en sacar la libreta en Uruguay, cuando todavía ni siquiera dominaba el español.

Sus hijos no recuerdan regalos de Papá Noel, sí de Reyes, pero nunca les afectó no tener “una Navidad típica”. Sin embargo, las costumbres tuvieron que cambiar un poco (solo un poco) cuando llegaron los hijos de Graziano, nietos de Assunta. “Es la presencia de niños en la casa”, cuentan.

Aunque ella vive la Navidad distinto y como quiere, ahora Assunta va a casa de sus hijos y siempre prepara algo rico de comer, como sus masas. Se viste con su blusa “mejorcita” y pantalón de salir, y va a la peluquería a cortarse el pelo justo como lo hizo antes de la entrevista. “Ellos no tienen que ser lo que fui yo. Yo hice lo que he querido, a mí nadie me obligó a trabajar”.