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Con bajísimas temperaturas y un paisaje cubierto de blanco, grupos de científicos se adentran todos los años en el Ártico con trineos para acarrear la carga, que incluye comida, instrumentos de trabajo, cuatro pares de guantes por persona, una carpa para cada uno y una carpa-laboratorio. En el Ártico no hay bases montadas, como en la Antártida. “Todo lo que queda es vacío y algún pueblo de esquimales”, comentó a Búsqueda el investigador Dermot Antoniades. El canadiense radicado en Uruguay lleva 13 campañas de trabajo en el Ártico —de entre dos y siete semanas— y tres en la Antártida.
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Acampar en el Ártico y en la Antártida tiene diferencias. En el norte van armados. El peligro de que al campamento se aproxime un oso polar está siempre presente, por eso lo delimitan con cerca eléctrica y circuito de alarmas. Los tiros al aire no siempre asustan a estos animales, que pueden ser muy agresivos. Los científicos toman todas las medidas posibles para persuadirlos. Los grupos de esquimales cuentan anualmente con cuotas de caza para los osos polares, que revenden con paquetes turísticos a cazadores, por abultadas sumas de dinero. Matar un oso por fuera de este esquema, por defensa ante un ataque en un campamento científico, por ejemplo, hace que la comunidad esquimal más cercana deba bajar su cuota de caza y perder dinero. Los locales tienen derecho incluso a opinar sobre el proyecto científico que se realice en la zona.
Área protegida.
Por aire en avioneta o helicóptero, o por mar en gomones Zodiac, así llegan los científicos a las zonas remotas de trabajo en la Antártida. Antoniades y un grupo de científicos de varias nacionalidades acamparon en el Área Antártica Especialmente Protegida de la península Byers en la ventosa Isla Livingston —que cada día puede tener picos de hasta 68 kilómetros por hora, con extremos de 130 por tormentas—. Allí convivieron con crías de elefantes marinos de unos 300 kilos que, buscando protección de los fuertes vientos que azotaban la isla, se subían a las carpas y les impedían dormir. Debieron construir una improvisada fosa y muralla de hielo para cercar el área. “Ideas extremas”, recordó Antoniades entre risas. En la Antártida es más frecuente toparse con animales. Al partir, los científicos se llevan de la isla todos los residuos que acumulan, hasta los del baño —una silla plegable hueca—, para no contaminar el área.