Nº 2080 - 16 al 22 de Julio de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn este presente de pandemia sin fútbol en serio, hemos utilizado esta columna para pasar revista a varios hechos del pasado (incluso, algunos de ellos, vinculados a otros deportes), suponiendo o esperando que de ese modo le ofrecíamos a los lectores más jóvenes alguna información que no conocían, al tiempo que a los más veteranos le permitíamos pasar revista a algunos hechos que, aunque conocidos oportunamente, quizás estuvieran difuminados en su memoria.
En ese entendido, este mes de julio resulta particularmente propicio para ese tipo de recordaciones. Basta con decir que precisamente en un día como hoy, pero de 1950, el fútbol uruguayo era protagonista de una hazaña deportiva que, por ciertas circunstancias, no tiene ni habrá de tener parangón en la historia de los campeonatos del mundo. Para no abundar, basta con tener en cuenta que la final se le ganó al propio dueño de casa, Brasil, y que ella se disputó ante una concurrencia estimada en casi 200.000 espectadores, cifra que nunca más podrá repetirse, pues los estadios modernos no llegan ni por asomo a ese aforo.
Sin embargo, hoy vamos a retrotraernos a otro mes de julio, pero veinte años más alejado en el tiempo: el primer Campeonato del Mundo patrocinado por la FIFA, y que tuvo a nuestro país como organizador. Aunque no para pasar revista a esa nueva página de gloria del fútbol celeste, tras los lauros olímpicos de Colombes y Ámsterdam, sino para ocuparnos de un par de episodios muy particulares que ocurrieron en los días previos al comienzo de aquel torneo y que tuvieron como protagonista nada menos que al legendario Carlos Gardel.
Según las crónicas de aquella época, los dos principales —y casi exclusivos— candidatos a quedarse con el título eran Uruguay y Argentina, protagonistas apenas dos años antes de la final de los Juegos Olímpicos de Ámsterdam. La selección uruguaya estaba concentrada desde los primeros días del mes de junio en una vieja casona del Parque Saroldi (hoy sede del equipo de River Plate). En tanto que la argentina, llegada a principios de mes de julio, pasó a hospedarse en un establecimiento en la Barra de Santa Lucía. Y aunque las versiones difieren —según desde qué orilla del Río de la Plata provengan— está fuera de toda duda que, en los días previos al comienzo del torneo, Gardel se hizo presente en las concentraciones de ambos equipos.
El Diario, del día 8 de julio de 1930, bajo el título En el campamento de los uruguayos. Carlitos Gardel cantó para nuestros campeones y cenó con ellos y con una foto de gran tamaño (en la que el cantor aparece rodeado, entre otros, por el Manco Castro, Petrone, Scarone, Cea y Ballesteros), da cuenta de que, actuando Gardel en Montevideo, manifestó a un grupo de amigos su deseo de visitar a los futbolistas celestes, y al ver que su idea era acogida agregó a modo de deseo: “¿Y si yo les cantara en el campamento?”. La cita fue entonces acordada para las seis de la tarde del día siguiente porque los futbolistas debían cenar una hora después. Aunque algo después de lo oportunamente convenido, Gardel llegó con sus tres guitarristas, siendo “(…) recibido muy efusivamente por los muchachos (…), que querían ser gratos y cumplidos con quien llegaba al campamento para hacerles más llevadero el encierro”. Un buen rato más tarde, prosigue la crónica, el Mago tomó la iniciativa: “Muchachos —le ordenó a sus guitarristas—, ¡a desenfundar las violas!” Y ante el expectante silencio de todos fluyeron de su voz incomparable las versiones de Enfundá la mandolina, Palomita blanca y, a pedido y como yapa, Cruz de palo. Luego se oyó la exclamación admirativa de Anselmo: “Esto es ser campeón del mundo sin jugar”. A lo que Álvaro Gestido acotó: “Carlitos es como los vinos”. Después, la invitación del grupo a los visitantes (“¿se quedan a cenar con nosotros?”), la instantánea aceptación del convite y, a los postres, una charla con intercambio de anécdotas que se extendió un par de horas más.1
Admirado y querido en ambas márgenes del Plata, Gardel se había cuidado de expresar públicamente sus preferencias en cuanto al posible ganador del ya muy próximo evento, y cuando algún medio de prensa le consultaba se limitaba a responder: “Creo que los rioplatenses serán los más difíciles de vencer, y si llegan a la final habrá que tirar la monedita para saber quién gana. Ambos son buenos y juegan un fútbol maravilloso y artístico”.
En ese plano tan medido, el 11 de julio (cuatro días antes del previsto debut de Argentina en el torneo) Gardel, con sus guitarristas, se hizo presente en el local de concentración albiceleste, en la Barra de Santa Lucía. Como antes había ocurrido en el reducto celeste, compartió una cena con todo el plantel y, por supuesto, cantó algunos tangos, entre ellos Patadura, cuyos versos hacen mención a varios famosos futbolistas argentinos, como Ochoa, Seoane, Monti y Tarascone. Al día siguiente, el diario La Razón, de la vecina orilla, reseñó la visita con una gran foto y este título a cinco columnas: Gardel llevó al campamento argentino la alegría de sus canciones.
Pero la cuidada estrategia del célebre cantor de no mostrar sus preferencias por ninguno de los equipos del Plata se esfumó abruptamente apenas un par de días después. El 13 de julio el diario Imparcial de Montevideo publicó una entrevista con el siguiente rimbombante título: Gardel es uruguayo, nacido en Tacuarembó. Amenas y originales declaraciones, y luego se trascribía el tenor de esa charla. El periodista aclaró luego que el cantor le advirtió: “Mire, a mí no me conviene que publique que nací en Tacuarembó, pero haga lo que quiera”. Y que cuando le mostró el texto a Gardel, ya publicado, este lo leyó y solo le dijo: “Bueno, que pase lo que pase…”; y lo invitó a cenar. Esas declaraciones cayeron mal en la delegación argentina, al punto de que una ya comprometida nueva visita al campamento albiceleste fue abruptamente cancelada.
También se cuenta que, con prudencia, Gardel optó por no quedarse hasta el final del torneo (al que, como se descontaba, llegaron Uruguay y Argentina) y que a la hora en que se jugaba el partido decisivo, que ganó el equipo celeste, estaba en el Hospital Rawson de Buenos Aires visitando a Mario Lirio Fernández, un actor uruguayo amigo suyo, allí internado. Un primo de este relataría luego que al enterarse del resultado final… ¡ambos festejaron con alborozo el triunfo uruguayo!
Concluido el Mundial del 30 las relaciones entre los vecinos del Plata se tensaron bastante, tanto de que muchos artistas uruguayos —Gardel entre ellos— que actuaban en Buenos Aires debieron afrontar alguna dificultad. Pero todo pasó y el Mago siguió siendo el eterno ídolo de las dos orillas.
(1) Fuente: AHIFU (Asociación de Investigadores e Historiadores del Fútbol Uruguayo)