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    El ascenso de las nuevas derechas radicales y el río de la Plata

    N° 2071 - 14 al 20 de Mayo de 2020

    Las Nuevas Derechas Radicales Europeas (NDRE) aspiran a refundar la civilización europea sobre otras bases y, como todos los conservadores, afirman las desigualdades sociales y culturales como parte esencial del proceso humano, pero en este caso esas diferencias poseen un claro sentido xenófobo, nacional y nominalista, pero haciendo a un lado el totalitarismo como proyecto social. Hijos del decadentismo de principios del siglo XX, su propuesta política se distancia de la extrema derecha tradicional.

    Las NDRE –para algunos una forma de “populismo”- asumen el laicismo y la pluralidad como rasgo identitario, pero con un sentido antiislamista y antiinmigración. Estos rechazos suponen el peligro de la instalación de una cultura “no europea” fundada en la intolerancia, la imposición de creencias y el recorte de derechos civiles especialmente para las mujeres. En consecuencia “defienden” el sistema democrático, se declaran contrarios al racismo y promueven los derechos civiles y sociales, como señas de identidad innegociables de la cultura europea. Sin embargo son radicalmente anti liberales, pues responsabilizan al liberalismo y al racionalismo de los problemas actuales debido a sus concepciones igualitaristas, a las que consideran ficticias. La solución sería la clara separación de culturas, mediante la segregación no represiva, pero que dejaría a los europeos en un lado de la línea y fuera de ese límite a todos los demás.

    Las NDRE rechazan la globalización, a los Estados Unidos y, por tanto, al “atlantismo”, y los más sofisticados, como el grupo GRECE, sostienen que Europa perdió su esencia debido a la implantación de la cultura judeocristiana, por lo que postulan el regreso al paganismo para recuperar la raíz fundacional de la cultura europea. En consecuencia, plantean crear una nueva “hegemonía cultural” y este emprendimiento los autodefine como “gramscianos de derecha”. Finalmente, Carlos Pinedo, miembro de esta corriente, sentencia en su trabajo “La Estrategia Metapolítica de la Nueva Derecha”: “No hay toma del poder político, sin una toma previa del poder cultural”.

    Su rechazo al euro y a la UE como limitadoras del desarrollo nacional, su propuesta de reinstalar controles fronterizos y el fin de la libre circulación, son las bases de un programa que tiene un fundamento filosófico sólido y alternativo a las propuestas políticas habituales, al que denominan La Cuarta Teoría Política. Sus promotores, Alain De Benoist y Alexander Duguin, el “teórico” de Vladimir Putin, sostienen que el fracaso del liberalismo, del fascismo y del comunismo generó la necesidad de elaborar una cuarta opción, tarea a la que están abocados en clave conservadora, obviamente.

    Su discurso contra las elites “antipopulares”, la convocatoria al “pueblo” del cual se dicen su representante y su repudio a “los poderosos”, se tradujo en un fenómeno político original, ultra conservador pero no homogéneo. Por eso tomaron distancia de los más radicales como el Jobbit húngaro o Amanecer Dorado de Grecia.

    En el río de la Plata

    El 29 de octubre de 2009, pocos días después de la segunda victoria del Frente Amplio, el diario El País publicaba un editorial -“Razones para una Nueva Mayoría”- basado en las concepciones de la derecha gramsciana, que analizados diez años después habilita a conclusiones sugerentes sobre nuestro presente. Para el articulista aquella victoria de la izquierda se debía a “la generación de un relato, de una identidad, de un deber ser, de un universo simbólico que, todos juntos, producen sentido común ciudadano y aseguran los cimientos para mayorías de izquierda sólidas y duraderas”. El editorial concluye su llamado recordando que “la gente, antes que nada, quiere sentirse parte de un proyecto común que le permita soñar y le reafirme su autoestima; quiere ser parte de un relato que interpreta valores colectivos y le asegura cierta dignidad moral. En esta definición pesan muchísimo las identidades forjadas desde la educación y la cultura. En este esquema, alcanza con ver qué papeles cumplen Luis Alberto de Herrera o José Batlle, por ejemplo, y cuáles cumplen los paladines de la izquierda en nuestro relato de la Historia y en nuestra identidad cultural colectiva, para entender dónde se asienta la hegemonía política izquierdista que, luego, se traduce en mayorías”. En conclusión, finalmente, el futuro conservador uruguayo estriba en que “para volver a ser mayoría parlamentaria, cada uno con su impronta, deberá asumir estas razones de fondo de los triunfos del FA”. Los partidos tradicionales perdieron la hegemonía cultural y El País llamaba a reconquistarla, tal como los gramscianos conservadores europeos. Y luego de la victoria de 2019 la lucha continúa.

    Pero mientras en Uruguay la disputa cultural es prioritaria para la grilla conservadora, la derecha argentina, con otras tradiciones y estilos, apeló a Alexander Dugin y su cuarta teoría política. El ideólogo de Putin, geopolítico e historiador, antiliberal y crítico de lo que denomina la hegemonía atlantista, sostiene que la lucha será, además, geopolítica. En su país, su tesis del euroasianismo gana adeptos, convencidos de que una inmensa región comprendida por el este de Europa y Rusia con sus satélites, debe sostener el desarrollo de la nación, ortodoxa, nacionalista y con una economía “para el uso y no para el consumo”. En consecuencia, rechaza de plano la modernidad. En su visión geoestratégica la guerra tiene un papel destacado, manteniendo su carácter espiritual, como en todos los tradicionalistas. Acusado por el derechista brasileño Olavo de Carvalho de defender el expansionismo ruso y, además, de querer destruir a occidente, Dugin no tuvo muchas posibilidades entre los conservadores brasileños. Su discurso “antiatlantista” tuvo más suerte en Estados Unidos, donde fue el representante de Putin en la ceremonia de asunción de Donald Trump, con quien mantiene cordiales relaciones. La presencia de Alexander Dugin en Argentina, invitado por la Confederación General de Trabajadores (CGT) no fue casual ni pasó desapercibida. El nacionalismo católico argentino, tan integrista y con fuerte impronta decadentista, sintoniza muy bien con “la cuarta teoría política”. No es casual que una de las últimas obras de Dugin, Logos Argentino: metafísica de la Cruz del Sur, fuera presentado por el grupo “Comunidad Organizada” de la Universidad Nacional de Quilmes.

    En su estadía porteña, invitado por la ONG nacionalista-conservadora Proyecto Segunda República, declaró su admiración por Juan Domingo Perón y sus tesis de la comunidad organizada, del tercerismo y de la internacional latina. “Adoro al peronismo, una forma del pensamiento cercana a la cuarta teoría política que yo defiendo y desarrollo”. Luego de rechazar el “liberalismo de derecha” de Macri y el kirchnerismo, como limitaciones a la libertad, abogó por una tercera opción que representara “el espíritu del pueblo, de la identidad argentina, de la tradición peronista, el peronismo del futuro”.

    Las nuevas derechas radicales y los cambios en el río de la Plata

    Las Nuevas Derechas Radicales Europeas han influido en el pensamiento de la región, pero la discreción de los adherentes no permitió visualizar con claridad esa ascendencia. Y en cada país dejó su huella de distinta manera. En Brasil Olavo de Carvalho cerró la puerta a Dugin, pero integró las doctrinas de Alain de Benoist y del gramscismo de derecha. La derecha radical brasileña, con clara influencia en el poder, sigue su propio camino. En Uruguay, con una política estructurada, con los partidos como centro y con una larga tradición de sociedad integrada, los gramscianos de derecha ofrecieron un aporte que el editorial de El País de octubre de 2009 destacó, y que probablemente influyó en los lineamientos estratégicos de los diez años siguientes para desplazar a la izquierda del poder. Futuras investigaciones deberán confirmar o no esta hipótesis. Pero mientras en Uruguay la influencia guardó la habitual discreción oriental, en Argentina Alexander Dugin se paseó por centros de estudios y por la CGT sin ningún rubor. País marcado por la derecha integrista, nacionalista católica y con una fuerte influencia del fascismo, tanto la cuarta teoría política como su autor tuvieron un espacio más cómodo para su prédica. El tiempo y las coyunturas tan cambiantes serán claves para saber la influencia que pueda tener en las derechas de la región.