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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl físico estadounidense James D. Wells dijo que “lo más íntimo de la naturaleza se encuentra entretejido en una multiplicidad de patrones, la mayor parte de los cuales permanecen sin ser reconocidos”. Y esta debe ser la afirmación más contundente de cuán limitada es nuestra capacidad para permitir la comprensión de la realidad. En otras palabras, el aforismo socrático de “solo sé que no sé nada” resulta confirmado por la conciencia de cuánto aún ignoramos a medida que conocemos más.
Me refiero concretamente al conocimiento científico por ser aquel producido por el intelecto humano que, a efectos de entender cómo operan las cosas, permite desligarse de las creencias religiosas. Todas estas eminentemente culturales y referentes a deidades variadas según los tiempos históricos. La actividad científica es la primera de carácter supracultural en la evolución de la humanidad, que presta una celosísima atención a la observaciones objetivas, independientemente de las implicancias —buenas o malas— que para nuestros sentimientos puedan tener. Hago alusión en todo esto a un progresivo entendimiento de la realidad que, precisamente por su carácter de tal, a la vez de acceder a panoramas más y más complejos, muchas veces debe dejar de lado conceptos equivocados estimados como verdaderos hasta entonces. Un ejemplo típico es el de la profundización de la Física newtoniana por parte de la relatividad einsteniana y su necesidad de abandonar la idea del éter y el carácter absoluto del tiempo. Otro es el de la transición de una concepción clásica de lo físico-químico a una de tipo cuántico. Es decir, el abordaje científico no es garantía automática de visión correcta, pero sí de contener capacidad de autocorrección. Del mismo modo, no son la misma cosa el conocimiento científico de, por ejemplo, la energía atómica y el uso tecnológico de la misma para crear una bomba.
A esta altura debo explicitar que el abordaje científico, que es la forma de asomarme al mundo que elegí para entenderlo mejor, no implica de manera alguna que las interpretaciones no científicas deban ser tenidas como expresión de personas poco inteligentes. Un sacerdote católico como el belga Georges Lemaître no solo tenía una inteligencia y una visión científica supremas, sino que advirtió al propio Einstein de la necesidad de que el universo estuviera en expansión, cuando este aún se negaba a reconocerlo (recién lo hizo cuando Edwin Hubble confirmó de modo observacional el corrimiento al rojo de la luz proveniente de las galaxias más alejadas de nuestra vía láctea).
En definitiva, todo esto apunta a la evolución del órgano que nos provee de capacidad pensante: el cerebro. Especialmente el de los mamíferos, que, por ahora, culmina en el del Homo sapiens. Probablemente lo intrincado de la red neuronal de la corteza cerebral humana logre explicar nuestra capacidad para correlacionar eventos y comprender causas y efectos. Aquí un par de cuestiones, ambas de suma importancia. Por un lado lo limitado de nuestra capacidad de comprensión, que siendo muy superior a la del resto del mundo animal de ninguna manera es abarcadora de toda la realidad. Y, por esto mismo, lo inevitable de llegar a terrenos límite en los que se debe recurrir a la especulación, científicamente orientada, pero que al verse obligada a eludir la posibilidad de falsación popperiana se ve impedida de alcanzar una condición científica plena. De aquí en más, nos vemos obligados a alternar entre la posible existencia de un principio antrópico que, de una manera u otra, necesariamente nos haría desembocar en lo que somos como seres inteligentes y la posible existencia de múltiples universos, en cuyo caso habitamos uno en el que, por casualidad, la combinación de sus constantes físico-químicas es la correcta para explicar la existencia de átomos y moléculas —bases de las estructuras celulares que nos conforman— que permiten que seamos tal como nos conocemos.
Más allá de todo posible determinismo, a mí me continúa inquietando la aparente aleatoriedad del choque del asteroide que impactó a la Tierra cerca de Yucatán hace unos 66 millones, provocó la extinción de los dinosaurios y proveyó la oportunidad para que pasaran a predominar los mamíferos de los que derivamos.
Dr. Roberto B. García (médico)
CI 1.053.261-3