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    Libro de recetas

    Nobleza obliga

    En abril de 2016 viajé a la República Democrática del Congo en el contexto de uno de los traslados de nuestros Cascos Azules. Circunstancias que en su momento narré hicieron que el grupo de civiles con los que viajaba ?casi todos periodistas? debiera permanecer en Gisenyi ?una ciudad ruandesa de frontera? y que la estadía en la base uruguaya se redujera a no más de cuarenta y ocho horas. Aunque el objetivo inicial se vio frustrado, la experiencia valió la pena.
    WhatsApp ya tenía algunos años en aquel entonces y yo me había negado a usar la aplicación porque no la consideraba necesaria. Me resistía ?aún me resisto? a incorporar cualquier avance tecnológico que no supusiera una mejora evidente para mí y que, en lugar de prestarme un servicio, acabara por esclavizarme. La postura me ha traído algunos inconvenientes. No todos me entienden y hasta puedo parecer poco simpática o antisistema. Yo misma me siento incómoda, pero es mi pequeña forma de la rebeldía y, en la medida en que no sea una actitud necia, intento sostenerla.
    Antes de emprender aquel viaje me explicaron que debía ser parte de un grupo de WhatsApp y alegaron cuestiones no solo prácticas sino de seguridad que me parecieron razonables. Así que, ante la burla afectuosa de mis compañeros, que usaban la aplicación desde hacía tiempo, empecé a explorar la herramienta y me resultó estupenda. Dos años después continúo encantada con ella.

    Sin embargo, como casi toda herramienta, su ruindad y sus bondades no están definidas por la propia naturaleza, sino por el uso que se hace de ella. Nada nuevo digo si menciono el hartazgo que producen algunos grupos a los que pertenecemos no siempre por voluntad y de los que es difícil salir sin ser groseros. En ese fárrago de mensajes vacuos que borramos antes de leer, se pierden comunicaciones importantes o datos útiles de los que ni nos enteramos. Así, lo esencial queda opacado por lo superfluo.

    Del mismo modo, la impunidad con la que se arma una calumnia o se divulgan datos ?veraces, aunque infames? que lesionan el honor de las personas resultan actividades repugnantes de las que nadie está exento. Subrayo esto: nadie está exento. Exento de ser víctima o victimario, me refiero. Porque todos estamos expuestos a que se ventile nuestra intimidad o se diga de nosotros lo que sea. Pero también somos responsables cuando nos prestamos a la canallada de divulgar información sobre los otros, la mayoría de las veces sin conceder el beneficio de la duda y sin detenernos a chequear aquello que estamos difundiendo. A todo esto estamos expuestos y, aunque hemos entendido las reglas del juego, aún no hemos aprendido a jugarlo con nobleza.

     

    Un poco fastidiada por esta simpleza cursi de las frases hechas, prados floridos y corazoncitos al vuelo, me pregunto por qué un adulto que ya ha vivido y sabe que el voluntarismo es una trampa de la conciencia accede a reenviar estos mensajes insufribles

     

    Hay otro punto en apariencia menos nocivo, aunque bastante molesto, y en él quisiera detenerme. Tiene que ver con los mensajes que pertenecen a la dinámica motivacional, tan en boga en estos tiempos. No es novedosa, por cierto. Desde que tengo memoria he leído o escuchado historias con moraleja, frases célebres atribuidas a grandes personalidades y reproducidas fuera de contexto, estampadas en camisetas o escritas en agendas de adolescentes ?reales o perpetuos?, aforismos poéticos, lugares comunes que, contrastados con la realidad, no resisten la más pequeña prueba. “Si tu corazón es tu brújula, nunca te perderás” o “Lo que cuesta vale la pena” o “Siempre puedes; es solo quererlo”, por poner tres ejemplos.

    Es posible que en determinados casos y bajo presión extrema esas frases operen como estímulo y, transformadas en mantras, logren el propósito de sacarnos del pozo de nuestra frágil existencia. Pero la mayoría de las veces se parecen demasiado a una tomadura de pelo. No solo porque son apenas una expresión de deseo alejada de cualquier realismo, sino porque insultan la inteligencia de quien las recibe y sabe que no alcanza con repetir un conjunto de palabras bellas para lograr las metas ansiadas, curarse de una enfermedad o atravesar un duelo.

    Un poco fastidiada por esta simpleza cursi de las frases hechas, prados floridos y corazoncitos al vuelo, me pregunto por qué un adulto que ya ha vivido y sabe que el voluntarismo es una trampa de la conciencia accede a reenviar estos mensajes insufribles. Si bastara con poner lo mejor de cada uno, desear algo con fuerza, vivir a nuestro aire e ignorar el juicio ajeno, creerse que la amistad ?sea lo que esto sea? es un refugio infalible, si eso bastara para alcanzar la realización o la felicidad, si fuera tan sencillo, entonces quienes padecen en el alma o en el cuerpo deberían sentirse unos imbéciles. Porque, a juzgar por las explicaciones que las frasecitas ofrecen, alcanzaría con aplicarlas para lograr lo que necesitamos o queremos.

    Vivir es más complicado que eso. De modo que, en lugar de resultar estimulantes para quienes sufren, las frasecitas contribuyen a hundirlos más en la pena. Así me lo hizo ver un amigo que está atravesando un dolor inmenso. Compartió conmigo algunos de los mensajes que le llegaban y sonrió con tristeza. Aquellos mensajes parecían un libro de recetas. Por insustanciales, resultaban frívolos. Solo aliviaban al emisor, lo hacían cumplir con los formalismos, pero no contribuían a que mi amigo se sintiera comprendido. Al contrario. Estaba claro que quienes enviaban aquello no tenían idea del dolor que estaba sintiendo.

    El dolor reclama empatía. No una subestimación perezosa, sino misericordia y algo más que buenas intenciones. Es fácil apretar un botoncito y reenviar una serie de mensajes refritos cargados de frases sensibleras. Lo difícil es acompañar a alguien en su pena.