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    Tatuajes para siempre

    Personas que se tatuaron en la década de los 70 y lo mantienen hasta hoy; cuatro testimonios que muestran orgullo y emoción.

    Elena, viajes y unión

    La historia detrás del tatuaje de Elena comenzó hace 12 años en Marbella. Su hijo vivía en otra ciudad de España y compartía apartamento con un tatuador uruguayo. En un viaje de visita, Elena empezó a pensar en la idea de realizarse un tatuaje. Imaginó que fuera a lo largo de la pierna y pensó en una inscripción árabe, hasta que su hijo le propuso tatuarse algo a medias con él. “Yo sentí que era un acto de amor”, confiesa. Sin dudarlo, aceptó. Buscaron un diseño juntos y eligieron la espiral del viajero. “De alguna manera tenía que ver con nuestras vidas y me pareció fantástico”. El dibujo contiene una espiral con los elementos agua, tierra, fuego y aire. Elena lleva el tatuaje como un recuerdo inolvidable, una prueba no solo de amor, sino de unión.

    Ana, la princesa y el dragón

    Como docente de Comunicación y escritora, a Ana le gusta mucho leer y descubrir nuevas historias. El deseo de tener un tatuaje aumentó en los años 90, cuando leyó El hombre ilustrado, de Ray Bradbury. La obra trata de un hombre que tiene todo su cuerpo tatuado y cada tatuaje es un relato fantasioso. Así, desde 1997 su omóplato izquierdo lleva el dibujo de un pavo real. “Dicen que después del primer tatuaje querés más”, asegura Ana. Y su historia lo confirma: unos años después, un tatuador que había sido su alumno diseñó y tatuó en su omóplato derecho un dragón, que llevó cinco horas de trabajo. Aunque quedó satisfecha con el resultado, para Ana los dos tatuajes estaban muy desconectados y su intención era unificarlos. En esa época ella estudiaba chino y le gustaba mucho el primer capítulo del Libro del Tao, que habla de la transformación continua del universo. Tomando esto como referencia, creó un dibujo que cuenta la historia de amor de una princesa china y un dragón. Ese amor ocasiona un gran movimiento de la naturaleza, que se nota a los costados del tatuaje: vientos que soplan y olas que se agitan. Ana lleva en su cuerpo la historia de un amor improbable, pero “posible en el reino mítico”.

    Ricardo, un alma en libertad

    El tatuaje que lleva Ricardo en su pecho es de origen carioca. En su juventud formaba parte de un centro cultural en Río de Janeiro que organizó un congreso internacional de tatuajes. Su carácter curioso y creativo despertó en él la idea de crear su propia máquina para hacer su primer y único tatuaje. “Estaba rodeado de tatuadores, entonces aprendí a hacer la máquina con algunas piezas de metal y un motor de carrito eléctrico a control remoto que había conseguido”. Para el dibujo unió sus dos pasiones: la música y la libertad. Ricardo es bajista en una banda llamada El Trío y forma parte del club de moteros Amigos del camino, con el que recorre rutas internacionales. El tatuaje tiene como centro un bajo; a sus costados, un par de alas que reflejan el viaje de la imaginación, un sol que habla de la esperanza de cada nuevo día y una calavera, que representa la muerte, que, según él, es “la única verdad que existe”. Ahora, cuando este dibujo lleva casi 40 años en su pecho, Ricardo tiene un nuevo deseo: tatuarse la bandera del parche al que pertenece.

    Carlos, amor y rebeldía

    A los quince años, a Carlos se le “alborotó el avispero” y se enamoró de una chica un poco mayor que él. Para expresar ese sentimiento tan intenso tomó una aguja, le ató un hilo de coser y, de una forma “muy artesanal”, la mojó en tinta china para tatuarse la letra inicial de su nombre junto al de su enamorada. Eso fue en el año 1975. Su primer tatuaje, en la pierna, contenía una C de Carlos, una M de Mercedes y un corazón. El tiempo transcurrió, ese dibujo quedó oculto y luego se transformó en una hoja de marihuana.

    Según Carlos, “continuó dentro del estilo del tatuaje inicial, en colores azules”. El actual es un “tatuaje tumbero”, según el lunfardo carcelero, que nace por haber sido apresado en la época en la que fumar marihuana estaba prohibido. Para él, su nuevo tatuaje lo representa. “Es algo que no escondo de mí”, confiesa. Sin embargo, la historia del tatuaje que ya no se ve es la que Carlos recuerda con mayor emoción, ya que su amor por Mercedes sí trascendió y dio sus frutos: una familia con tres hijos y algunos nietos.