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Relaciones abiertas: mitos y experiencias de un tipo de vínculo cada vez más común

Aunque siguen siendo una práctica muy excepcional, los vínculos no exclusivos generan cada vez mayor curiosidad, sobre todo en las nuevas generaciones

Editora de Galería

En aquel absurdo mundo los pájaros nadaban, los peces volaban y Luciano y Valentina se embarcaban en un modelo de relación muy atípico llamado monogamia. Embanderarse en este revolucionario tipo de vínculo implicaba salir a contárselo a todos, sin importar lo escandaloso de las reacciones del entorno. ¿25, 30 años solo entre ustedes? ¿Y qué pasa si uno de los dos un día tiene sexo con otra persona? ¿Por eso se destruiría la pareja? Ah, pero entonces no se aman tanto. ¿Están seguros?

En el mundo real —al menos, en el occidental— la monogamia es algo así como la configuración predeterminada de un vínculo de pareja. Los peces nadan, los pájaros vuelan y Luciano y Valentina decidieron hace tres años restablecer esa configuración, romper con la monogamia y abrir su relación, es decir, eliminar la exclusividad sexual y explorar por fuera de la pareja. No fue tan fácil. Hubo que acordar una serie de términos y condiciones, como no vincularse sexualmente con gente cercana o conocida, no tener sexo en la casa donde conviven, no quedarse a dormir luego del encuentro sexual por fuera de la pareja, salvo que alguno estuviera de viaje. El “contrato” no es algo fijo, sino que se somete a revisiones a partir de la prueba y el error. Porque a veces hay dudas, inseguridades y algún desencuentro, y la comunicación parece más necesaria que nunca. Es un vínculo que, no obstante, después de ocho años se siente único como nunca antes. A medida. Por eso, no hay reto que hasta el momento los lleve a revertir su decisión.

Las relaciones abiertas son una de las tantas formas de vincularse que entran bajo el paraguas del amor libre y la no monogamia. A diferencia del poliamor, que es la relación afectiva que se establece entre tres o más personas con igual jerarquía —un amor compartido—, en las relaciones abiertas se acuerda de forma consensuada la posibilidad de mantener encuentros sexuales o afectivos con terceros sin que esto necesariamente afecte la estabilidad y continuidad de la pareja. Todo un desafío en sociedades donde la monogamia está interiorizada, más que como una práctica, como un sistema, “como único relacionamiento sexoafectivo moralmente correcto”, señala a Galería la antropóloga social y feminista Mercedes Oyhantcabal, docente de la Universidad de la República, quien ha estudiado el tema. “Es un desafío romper con toda esa estructura, problematizar, ser consciente de ella, ver cómo opera en nosotros, cómo se expresa, sobre todo en lo emocional a través de los celos, tendencias posesivas, a nivel social, de ir y explicitar que no tenemos una práctica monogámica”, detalla.

Pese a lo desafiante, son formas de vincularse que en los últimos años —y a impulso de las nuevas generaciones— están saliendo de la zona de oscuridad que ocuparon durante siglos. Sobrevuelan en conversaciones, en podcast, en series de Netflix como Wanderlust, You, me, her y Machos alfa, por mencionar solo algunas de las más recientes.

Dedeker Winston es una podcaster estadounidense especializada en sexualidad y dinámica de relaciones que tuvo relaciones no monógamas por más de una década, y confirma que nunca había visto tanto interés en este tipo de vínculos como en los últimos años. Un representante de la app de citas OkCupid dijo a la BBC que los usuarios que buscan relaciones abiertas aumentaron un 7% en 2021. Entrevistada por el mismo medio, Winston añadió que los clientes que más consultan sobre el tema son personas de entre 25 y 45 años, o sea, relativamente jóvenes. Muchos de ellos, además, se identifican como bisexuales, pansexuales o queer. Los millennials y centennials, según Winston, cuestionan la forma en que fueron criados y los postulados que afirman que el matrimonio y la monogamia son la máxima aspiración de las relaciones afectivas. Varios, claro está, ya probaron la monogamia y se preguntan genuinamente qué otras modalidades podrían resultar más compatibles con sus deseos, valores y estilo de vida, mientras que se alejan de la idea de pareja como el vínculo capaz de satisfacer todas sus necesidades sexuales y afectivas, una idea fomentada por el sistema monógamo. Silvana Sottolano, psicóloga, entiende que la monogamia se ha visto muy perjudicada por las ideas colaterales de posesión, de la media naranja o mitad que falta. “Todo esto que tiene que ver con la presión sobre el otro. No vemos al otro, sino que vemos a la monogamia como una cuestión que funciona solo de ese modo. Ese es el concepto que termina jorobando”, apunta.

Y mientras la monogamia pierde algún que otro adepto, la médica sexóloga y educadora sexual Fiamma Dellacasa, integrante de la dirección de la Sociedad Uruguaya de Sexología, percibe un mayor interés acerca de las relaciones abiertas en las consultas. “Las parejas abiertas son una modalidad más conversada de vincularse. Se está volviendo más frecuente o por lo menos se están animando a hablarlo. Quizás eran acuerdos implícitos que las personas tenían antes, que quizás no se hablaban pero se sospechaban”, indica. No hay dudas acerca de la creciente curiosidad que despierta el tema.

Pero más allá de toda esta parafernalia que alimenta la curiosidad, en los hechos la monogamia aún es la forma predominante y promovida de pareja. Una encuesta realizada en 2022 por la agencia de datos 40dB para el diario El País de Madrid corroboró que un 94,6% de las parejas españolas son monógamas, un 4,8% se encuentra en una relación abierta con contactos sexuales puntuales, y un 0,5% está en una relación poliamorosa con tres o más personas involucradas. Sin ir más lejos, los seguidores del Instagram de Galería confirmaron lo que es obvio: un 95% de los encuestados dijo no tener ni nunca haber tenido una relación abierta, y un 87% aseguró que tampoco la tendría.

De todas formas, la tendencia indica que vínculos como los de Valentina y Luciano, o José y Sofía o Gastón y Joaquín serán cada vez menos excepcionales.

Esas reglas no escritas. Lo de Valentina y Luciano empezó como un juego. ¿Qué te parece aquella chica, la encararías?, o ¿a quién elegirías de todas las personas que ves en este lugar para irse con nosotros?, eran preguntas con las que tanteaban el terreno. “En ese momento no hacíamos nada más que charlarlo entre nosotros, pero veíamos que había una voluntad de cada uno para seguir en ese juego, nos hacíamos esos cuestionamientos de ponernos en ese lugar y ver qué decía el otro”, cuenta Valentina. Después de un tiempo coqueteando con la idea, la apertura de pareja se dio casi espontáneamente. Fue, recuerda ella, después de escuchar juntos el episodio de un podcast. “Al terminar de escucharlo fue levantarnos y decir? bueno, ya está, armemos las reglas que necesitamos para que esto suceda, pero para sentirnos bien y cuidarnos”. La solidez en su relación fue clave para dar el paso, algo que aplica para todas las parejas que quieran abrirse a esta modalidad, explica Dellacasa: “Sin dudas a nivel vincular no es un salvavidas, no viene a solucionar la pareja, sino que tiene que estar afianzada para poder abrir o plantear un vínculo abierto”.

Luciano y Valentina se sintieron motivados por la idea de conocer a otras personas y volver al campo de la seducción. “Queríamos vivir ese tipo de cosas pero que nada de eso nos quitara lo que nosotros habíamos formado”.

Entre José y Sofía, en tanto, la apertura de pareja se dio de manera similar. A los dos años y medio juntos, todo iba bien cuando ella le planteó la chance de abrir la pareja. Lejos de alarmarlo, a José le pareció “una excelente idea”. “Siendo jóvenes, atractivos y cool como nos creíamos en el momento, no nos queríamos perder de nada. Queríamos ante todo disfrutar el momento que estábamos viviendo, y si algo surgía, que estuviese todo piola”. Él es heterosexual y ella bisexual. “Sentía que en parte era lo mejor para los dos. Había cosas que yo no podía cubrir, entonces era lo más sano”, agrega José.

El noviazgo de Gastón y Joaquín, en tanto, desterró la exclusividad sexual a los pocos meses, hace cuatro años. “Había estado en una relación muy monótona, entonces de pique me planteé que no quería vivir otro vínculo así. Que estuviera la seguridad de por qué nos elegimos, porque nos lo demostramos todos los días, pero a la vez experimentar con otras personas”, cuenta Gastón.

A probar. Que son la puerta de entrada a la hipersexualidad, o sea, a un aumento repentino y extremo de la actividad sexual, que no existen celos y que quienes las tienen son seres despegados y evolucionados emocionalmente, personas sin un mínimo de inseguridad; o que en verdad no quieren tanto a su pareja o que es todo beneficio y no existe la infidelidad. Basta con sacar el tema en prácticamente cualquier grupo para que broten por todos lados un sinfín de creencias alrededor de las relaciones abiertas. “Que son lo que todo el mundo querría, piensan algunos. Y cuando ves todo lo que hay que hablar y hacer, no es tan fácil”, sostiene la médica sexóloga Fiamma Dellacasa. Para empezar, porque —al igual que un vínculo monogámico— en una relación abierta es recomendable que exista una serie de bases y condiciones que contemplen a las dos partes para que fluya de la manera más sana posible. Por otro lado, no por ser abiertas están exentas de infidelidad. “Si las bases son no repetir y se repite, eso también es una infidelidad”, sostiene la educadora sexual.

Luciano y Valentina primero pactaron no repetir la experiencia sexual con una misma persona, una idea que con el tiempo encontraron algo ridícula. “Fue por inseguridad, pero en realidad es un bolazo, siempre sexualmente hay un montón de energía que se comparte con un otro. La realidad es que conseguir a alguien que te guste y tener buen sexo no es tan fácil, y encima te voy a decir ‘no repitas’. Estuvo en debate esa regla, pero al final decidimos repetir”.

Aunque al inicio también pretendían que los vínculos con terceros fueran solo carnales, Valentina descubrió que prefiere conexiones que trasciendan lo sexual. Puede que tenga una cita, que haya charlas interesantes y profundas, que conecte emocionalmente con otra persona pero que ese encuentro no termine necesariamente en sexo. Señala que él, por el contrario, dice ser “mucho más básico”: le atrae alguien, tiene sexo y se terminó la historia. “Yo soy más de colgarme, me gusta vincularme, conocer gente, tener charlas profundas y conectar por ahí, y lo otro después se viene dando”. Conoció gente que le “voló la cabeza”, llegó a confundirse, y finalmente concluyó que no era cuestión de elegir una cosa u otra. “Es un gran desafío hacer que todo esto conviva. Él es mi compañero de vida y nos elegimos más allá de tener estos otros vínculos. Está dispuesto a que yo experimente lo que tenga que experimentar, y bueno, si lo sigo eligiendo a él, se reinventa el amor”. No hay fórmulas, explica ella, y las reglas cambian constantemente de la mano de mucha, mucha comunicación. “Te vas transformando a medida que las cosas van pasando y las vas sintiendo. Y si transformás algo es porque vos te transformás en pila de cosas, y tenés que llevar ese cambio interno y a nivel de pareja para ver qué cuadra en ese momento”, detalla.

No tener sexo con personas conocidas por la pareja es una de las reglas que suelen repetirse en los vínculos abiertos, con la intención de “no mezclar las cosas”, subraya Valentina.

José y Sofía, por su parte, entendieron que para no dañar el compañerismo había que volverse juntos después de una noche compartida. “No irte con la persona que acababas de conocer. Era un tema de no dejarnos tirados”.

Contar o no contar. Para algunos, hablar sobre los actos sexuales con terceros o escuchar lo que su pareja hizo con otros puede resultar excitante. Otros prefieren ni enterarse. No hay algo mejor ni algo peor. La única recomendación de los especialistas es actuar siempre con honestidad, y no cruzar los límites que puedan incomodar a alguno de los integrantes de la pareja. “Tienen que ser decisiones bilaterales, nunca por presiones ni por querer salvar la pareja”, explica Dellacasa.

A la hora de plantear las bases con su novia, José recuerda que su postura al respecto era bien clara: “no necesito saber, no tenés por qué contarme. Tampoco encubrir, pero no decirme? ‘che, voy a ver a tal persona a tal lado’. No era necesario de mi parte ni aviso ni reporte”. Ella, en cambio, quería un completo intercambio de información. “Con quién estuviste, dónde y qué hiciste. Al final, los dos vimos que no solo no sumaba, sino que era una pérdida de tiempo”.

Si bien no hubo un solo episodio de celos explícitos durante esos años de relación abierta, José recuerda que notó cierta tensión cuando tuvo sexo con una compañera de trabajo, un tema que no habían puesto sobre la mesa al plantear las condiciones. “Estábamos en un casamiento y pintó. Obviamente se lo comenté, y eso capaz generó un poco de problemas, en el sentido de que esta persona, al fin y al cabo, pasaba más tiempo conmigo, porque trabajo muchas horas al día y ella estaba al lado. Me dio la impresión de que eso podía llegar a ser un problema”. Después de cinco años de relación (dos años y medio sin exclusividad sexual), José y Sofía son ahora “muy, muy amigos”. La comunicación es casi diaria e incluye un tráfico de memes muy fluido, cuenta José. El fin de su noviazgo, de hecho, no tuvo ninguna conexión con la decisión de romper en su momento con la monogamia.

Por su parte, Valentina y Luciano decidieron de entrada no reportar sus experiencias sexuales o afectivas por fuera de la pareja, todo un reto teniendo en cuenta que también conviven. En un momento, sin embargo, se sometieron a la prueba. “Él me decía que no contarme nada de toda esta experiencia nueva lo hacía sentir que me estaba dejando totalmente afuera, y que tenía la necesidad de contarme”. Entonces procedieron a los detalles, algo que no pudieron sostener ni cinco minutos. “Enseguida le dije que me estaba haciendo mal. Eran detalles de cómo era la persona, qué hacía en el acto sexual, un montón de información”. Él también preguntó, y ella contestó. “Después de esa charla tuvimos dos semanas muy raras, hasta teníamos sueños. Después fue pasando y lo fuimos aceptando”, recuerda.

Gastón y Joaquín también habían decidido no reportar sus experiencias sexuales. Un viaje a Italia de Joaquín, no obstante, cambió el panorama. Al regresar, una persona con quien había tenido sexo le notificó sobre unas ronchas que aparecieron en sus geniales, y a Joaquín no le quedó otra que contárselo a su pareja. Gastón recibió la noticia con preocupación y sin una pizca de celos. “Sentí una inseguridad pero porque nosotros siempre nos cuidamos. Entre los gais existe Grindr, y en la app te podés encontrar de todo. Me preocupaba que no supiera identificar personas o situaciones riesgosas por su seguridad, pero nunca me generó celos”.

Los mitos. Quien tiene una relación abierta no siente celos: falso. En general, en estos vínculos existe jerarquía. La pareja ocupa un lugar primario, mientras que se habilita la posibilidad de encuentros (sexuales o afectivos) casuales con terceros. El desafío es definir claramente esa frontera. ¿Cuándo algo deja de ser casual? ¿Cuándo las relaciones afectivas o sexuales con terceros derivan en un descuido de la pareja?

Valentina recuerda aquella noche en la que entró a su casa y no encontró a Luciano, que le había dicho que se quedaría. “Cuando llegó me di cuenta de que había estaba con alguien. Me enojó, me agarró mal, y al día siguiente se lo dije cuando desayunábamos”. Él no había traspasado ninguna regla y, sin embargo, Valentina percibió que de a poco estaban perdiendo sus espacios en pareja por salir con otras personas. “De repente estás con gente y salís y salís y no estás tanto en el hogar, no estás construyendo, entonces fue una demanda de volver un poco a nosotros. Está bueno irse, pero está bueno volver”, manifiesta.

En la misma línea, Gastón sintió incomodidad ante un vínculo de Joaquín que había traspasado lo puramente sexual. “Me contó que estuvo con un casado, que dejó a la esposa y le prestó el hombro para llorar. No sé si me pintaba que estuviera prestando el hombro para llorar a una persona que estaba saliendo del clóset”. Después de ese episodio tuvieron algunas sesiones de terapia de pareja que ayudaron a aclarar los límites e intereses de cada uno.

Hay quienes piensan que las relaciones abiertas son como el perro que se suelta después de pasar un buen tiempo atado. O sea, sexo por doquier. Si bien puede en algún caso desencadenar la hipersexualidad, tanto los especialistas consultados como los testimonios aseguran que esa creencia tiene mucho más de mito que de realidad. “No estoy para abrirme a cualquiera simplemente porque tengo la pareja abierta. Ni ahí”, expresa Valentina. “No es que está cantado que conocés a alguien y vas a hacer algo. Simplemente estás abierta a conocer gente”. José también entiende que el sexo “a veces es bastante íntimo”: “soy lo suficientemente grande como para tener sexo con quien quiera, pero lo suficientemente curtido como para saber que no quiero tener sexo con una persona que acabo de conocer”.

Para Gastón, una cosa es estar “de levante” y otra bien diferente es no cerrarse a las posibilidades que se presenten. “No es que salgo al Parque Rodó de levante, a aprovechar. Está abierta la posibilidad si se da naturalmente, no hay trabas porque es algo que se permite”, aclara. A veces, la propia rutina adulta ya es lo bastante compleja para encontrar ese anhelado espacio para compartir en pareja, y conocer o tener un encuentro sexual con otra persona se convierte en una posibilidad remota, casi impensada.

A juzgar por los testimonios, la apertura del vínculo es hasta capaz de enriquecer la sexualidad dentro de la pareja, y puede trasladarse algún aprendizaje al encuentro sexual, o puede aumentar la libido y hasta la frecuencia en los encuentros. “Subió el apetito sexual entre nosotros, y la frecuencia aumentó. Nos enriqueció el salir a explorar y que eso esté permitido”, cuenta Gastón. Valentina asegura sentirse “más empoderada” a nivel sexual, y destaca esa especie de chispa de no dar el vínculo por sentado. “En la rutina pasa mucho que te das por sentado y creés que esa persona siempre va a estar ahí para vos. Esto despierta eso de tener que luchar por esa persona. Como cuando abre el Uber y entonces el taxi tiene que mejorar su servicio. ¿Te gusta esa persona? Bueno, yo también quiero gustarte, entonces te esmerás un poco”. En cualquier caso, se trata de una decisión consensuada que expresa la esencia de una pareja, y que en ningún caso se debe forzar. Una vez embarcados, no parece haber recetas. O, mejor dicho, cada pareja intentará encontrar la suya.

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El inventor

Monogamia, una práctica que toda la humanidad sigue desde hace siglos y automáticamente, sin cuestionar. ¿Quién tuvo semejante idea? ¿Por qué se promueve tanto algo que casi nadie sabe exactamente dónde y cómo surgió? En términos evolutivos, la monogamia no es universal ni “natural”. A esto se refiere la antropóloga social y feminista Mercedes Oyhantcabal. “Especies vinculadas evolutivamente a la humana, como los chimpancés bonobos, hacen uso de la sexualidad como mecanismo de socialización. Tienen prácticas totalmente diversas que además no muestran aspectos de estar vinculadas a la monogamia”, explica. En la especie humana tampoco es una práctica presente en todas las sociedades, ya que en algunas se practica la poliginia o poliandria.

La monogamia, sostiene la antropóloga, está “muy vinculada a la propiedad privada y el desarrollo del capitalismo”, debido a que es una forma de garantizar un núcleo reproductivo de pareja. “Está vinculada a la heterosexualidad también, a la transferencia de patrimonio de padres a hijos”. En ese sentido, la escritora española Brigitte Vasallo prefiere hablar de monogamia como sistema más que como práctica. “La tenemos tan incorporada que no entendemos que es una imposición y aprendizaje que incorporamos de la infancia y tendemos a considerar como natural y universal. Se moraliza, se considera como la única correcta y se enseña desde las primeras instancias de socialización”.

Además del capitalismo, Oyhantcabal también asocia la monogamia al patriarcado. Considera que son relaciones heterosexuales que implican y garantizan el “dominio y control de la otra persona”. “Esto no hay que entenderlo en términos superpeyorativos, pero sí conocer y controlar distintos aspectos de la persona o pareja”, dice. Ese control se traslada también a lo sexual, ya que existe un único espacio donde la sexualidad es admitida.

De todas formas, la antropóloga social sostiene que estas prácticas sexoafectivas “más descontracturadas” como las relaciones abiertas aparecen no solo como una problematización o politización de la monogamia, sino que también hay una lógica de descompromiso y consumo de cuerpos vinculada al “hedonismo puro”, a la hipersexualización de la sociedad, la individualidad y el interés personal. “Entonces ahí aparece la línea divisoria entre las distintas prácticas de poliamor, la problematización y politización de la sexualidad y los vínculos”, plantea.

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