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“Le debo mi vida a la universidad”

Edad: 48 • Ocupación: Economista y rector de la Universidad de la República • Señas particulares: Hincha de Wanderers, reserva los mediodías para estar con sus hijas, pasa fin de año en México junto a su familia política

Edad: 48 • Ocupación: Economista y rector de la Universidad de la República • Señas particulares: Hincha de Wanderers, reserva los mediodías para estar con sus hijas, pasa fin de año en México junto a su familia política

Su vínculo con la universidad viene desde antes de nacer. Mis padres se conocieron en el comedor universitario, así que prácticamente le debo mi vida a la universidad. Fue el espacio de dos convergencias complejas. Mi padre y mi madre venían de lugares y realidades muy diferentes. Soy hijo de un brasileño a quien en la década de 1940 el Estado de bienestar uruguayo lo fue trayendo de manera progresiva al país. Mi abuelo, a quien no conocí, murió de tuberculosis en Castillos. Mi padre vino para Uruguay; vivió en el Chuy, donde terminó la escuela, liceo y preparatorios los hizo en Rocha, y terminó en Montevideo siendo abogado. Las políticas públicas uruguayas hicieron que hoy sea más uruguayo y que grite los goles de Suárez más fuerte que yo, aun contra Brasil. Mi madre es de Colonia, hija de generaciones de origen alemán e italiano, estudió Psicología en una época en la que era una extrañeza, especialmente para la familia de ella, que era del campo. 

¿Cómo conoció a su esposa? Nos conocimos en México, cuando fui a estudiar. Años después ella vino a trabajar a Montevideo, a la oficina de la representación de México ante la Aladi. Ahí volvimos a encontrarnos. Nos casamos en México. Con ella tengo dos hijas, una de ocho y otra de tres años. Tengo otra hija, de casi 17, de mi anterior matrimonio. Está por entrar a la universidad, va a tener la mala suerte de hacerlo cuando su padre es rector. 

¿Cómo definiría su relación con México? México me fascina. Vamos 20 días por año desde hace 10 años. Pasamos parte de las fiestas y de nuestras licencias anuales allá. Diana, mi esposa, es de Guadalajara. Siempre hacemos algún paseo adicional. El último año fuimos a Chiapas, con mis padres incluso, a conocer el sur de México. 

Mantiene un espacio de tiempo diario para estar con sus hijas. ¿Cómo lo logra? Los horarios variados del rectorado hacen que a veces termine tarde y quizás no las puedo ver despiertas en la noche, aunque lo intento. El mediodía, en la medida de lo posible, lo reservo para almorzar con ellas y llevarlas a clase. 

El día de su elección usted estaba en su oficina del Instituto de Economía (Iecon), al mediodía salió a almorzar con sus hijas y a la tarde asistió a una actividad escolar. Fue así. Y después de la elección volví al Iecon, desde donde me acompañaron unas amigas con las que compartimos espacio de investigación hasta el día que fui electo. Los horarios del rector no son predecibles, pero sí son manejables como para generar instancias para estar con los afectos, con mis hijas, con mis amigos. Los fines de semana son de encuentros familiares, generalmente en Solís; mis padres están allá y nosotros tenemos casa allá.

Nació en el Centro y actualmente vive allí. ¿Por qué otros barrios ha pasado? Vivimos en el Centro, una especie de punto neurálgico donde termino volviendo. Nací ahí, luego mis padres se mudaron a Parque Posadas y viví allí hasta los 10 años. En esa época cometí el error de dejar que mi padre me hiciera hincha de Wanderers. Desde entonces soy un sufrido hincha de Wanderers, aunque los domingos con mi padre en el Viera están entre los recuerdos de la infancia que conservo con más cariño. A los 16 volvimos al Centro, más sobre Barrio Sur. Tuve mucha vida de barrio, algo que veo que mis hijas no tienen. Después, con mi primera esposa y unos amigos vivimos en una casa colectiva en Capurro. Esa casa se convirtió en lugar de peregrinación de muchos compañeros de liceo, entre los que estaba Gustavo Pena, el Príncipe, que cada tanto se quedaba a dormir. Después estuve en Malvín Norte. También viví afuera, cuando estuve estudiando: seis meses Chile, ocho en México y casi dos años en Argentina. 

Tenía 38 años cuando llegó a grado 5, algo que no es muy habitual. ¿Cómo se dio? No es muy habitual, pero se dio una circunstancia peculiar también. Falleció un docente que había sido decano, Juan Carlos Dean, catedrático de la materia en la que yo estaba. En aquel momento cada cátedra tenía un grado 5, ahora eso cambió. Hubo un primer llamado, no me presenté. Luego se hizo un llamado a concurso de oposición y méritos abierto. Y ahí sí me presenté. Fue un concurso largo, de casi cuatro años, con un tribunal muy peculiar, entre los que se encontraban Ariel Davrieux, Fernando Lorenzo y Danilo Astori, por entonces ministro de Economía.

Tampoco es habitual que un grado 5 dé clases en el primer año. Desde que comencé con la docencia doy clase en primer año. Me gusta el contacto con los estudiantes de ingreso. Esas clases masivas me parecen un desafío para que los alumnos se sientan en condiciones de avanzar en la carrera. Di clases en lugares diversos. Comencé en cines, en el viejo Princess y en el Central. En un marzo de 35 °C se me desmayó una gurisa, dije que así no daba clases, y la facultad no tuvo mejor idea que contratar el Welcome. Terminé en una cancha de básquetbol, sentado en un escritorio, en medio de la cancha, con los alumnos en las tribunas. Por lejos, la peor experiencia. 

¿Cómo se tomó la decisión de cerrar la presencialidad el mismo 13 de marzo? En el equipo de rectorado hay dos virólogos, Juan Cristina y Rodney Colina. Con ellos y con otros académicos hice consultas puntuales. Cuando tomé la decisión no había tiempo para llamar al CDC (Consejo Directivo Central) y el lunes siguiente había que cerrar la presencialidad y ver bien qué hacer. Creo que fue una decisión acertada. Nos enteramos de que hubo casos positivos de Covid-19 de gente de la universidad a la semana siguiente. Era lógico. Sin grandilocuencia y con mesura, diría que, teniendo en cuenta el marco internacional, estoy conforme con la reacción que ha tenido la institución en este contexto. El cuerpo docente y el núcleo de funcionarios ha respondido con mucho compromiso. En ese sentido estoy tranquilo. Tranquilo pero no conforme, porque el día que los universitarios estemos conformes vamos a inmovilizarlos.