Giorgia Meloni, la incógnita que llegó al poder en Italia con el 44% de los votos

La futura primera ministra de Italia es neofascista, milita desde los 15 años, admira a Mussolini y está en pareja con un periodista de izquierda

Marbella. 12 de junio de 2022. Unas 600 personas se concentraban en el Parque de la Constitución para un acto de la agrupación de extrema derecha Vox, una semana antes de las elecciones al Parlamento de Andalucía. Respaldando la candidatura de Macarena Olona, estaba la visita ilustre de la líder de Fratelli d’Italia (FdI, Hermanos de Italia), partido al que muchos observadores, analistas y electores no dudan en calificar de neofascista, Giorgia Meloni. Y esta mujer de 45 años, que ya por entonces asomaba como la posible futura primera ministra de su país, no defraudó al público presente.

“Frente a este reto, no hay mediación posible: o se dice sí, o se dice no. ¡Sí a la familia natural! ¡No a los lobby LGBT! ¡Sí a la identidad sexual! ¡No a la ideología de género! ¡Sí a la cultura de la vida! ¡No al abismo de la muerte! ¡Sí a la universalidad de la cruz! ¡No a la violencia islamista! ¡Sí a las fronteras seguras! ¡No a la inmigración masiva! ¡Sí al trabajo de nuestros ciudadanos! ¡No a las grandes finanzas internacionales! ¡Sí a la soberanía de los pueblos! ¡No a los burócratas de Bruselas! ¡Y sí a nuestra civilización, y no a quienes quieren destruirla!”, dijo en un tono encendido, en un perfecto español y ante sonrisas y aplausos. 

Más claro, echarle agua. Y más a la derecha, una pared, únicamente. 

Meloni, una mujer nacida en Roma el 15 de enero de 1977, militante desde sus 15 años del Fronte della Gioventù (Frente de la Juventud) del Movimiento Social Italiano (MSI, derivado del Partido Fascista Republicano de Benito Mussolini tras el fin de la Segunda Guerra Mundial), que supo trabajar de periodista, en pareja con otro periodista, madre de una niña, fue en su momento la ministra más joven de la historia de Italia. Eso fue en 2008, cuando el entonces primer ministro, Silvio Berlusconi, alguien que tuvo mucho que ver en su ascenso, la designó al frente de la cartera de Juventud. Sin embargo, se hizo conocer ante los italianos por sus frases fuertes, simples, de esas que dividen y reinan: “Soy Giorgia. Soy mujer, soy madre, soy italiana, soy cristiana. No me lo quitarán”, dijo en 2019, poniéndole el pecho a una agenda globalista que rechazaba.

En las elecciones parlamentarias del 25 de setiembre, los FdI resultaron los ganadores y Meloni se transformó en la primera mujer que gobernará la machista Italia, algo que, empero, no alegró a ningún movimiento feminista. Claro, Giorgia mostraba la hilacha desde muy jovencita: “Creo que Mussolini fue un buen político. Es decir, que todo lo que hizo, lo hizo por Italia. Y eso no se encuentra en los políticos que hemos tenido en los últimos 50 años”, le dijo a los 19 años a la televisión francesa, que había cruzado la frontera para hacer un reportaje sobre el Fronte della Gioventú. 

Los esfuerzos que hizo en los años siguientes para alejarse de esa frase —subrayando que no está de acuerdo con el antisemitismo ni con nada que cercene democracias— fueron lo suficientemente buenos como para que los italianos, hijos, nietos y bisnietos de quienes sufrieron en carne propia el fascismo, le dieran un voto de confianza a su candidatura, apuntalada por la consigna “Dios, patria y familia”. La oposición frontal que hizo en los 18 meses que lleva el gobierno del economista independiente Mario Draghi, acosado por una crisis económica y social fogoneada por la pandemia del Covid-19 y la guerra en Ucrania, hizo carne en el descontento de la gente, sobre todo en aquellos disconformes con un excesivo celo de la Unión Europea en la tercera potencia del bloque, que se ha vuelto en un país caro para vivir y con una población cada vez más envejecida, ya que los jóvenes emigran a otras partes del continente aduciendo falta de oportunidades.

Aprovecharse de la bronca y el malestar de la gente para llegar al poder: nada nuevo en los extremismos.

La clave está en los 90. En la década de 1990 se dieron movimientos políticos en Italia que explican lo que pasa hoy. El Partido Comunista Italiano (PCI), que supo ser el mayor del mundo occidental, no pudo superar la caída del Muro de Berlín. El escándalo de Tangentópolis de 1992, destape de una extensa red de corrupción política, fue el final de la Primera República Italiana y un golpe a la línea de flotación del PCI, el Partido Socialista Italiano y la Democracia Cristiana. Más allá de éxitos puntuales, la izquierda dio la sensación de nunca recuperarse del todo de ese golpe. Por el contrario, el salto a la política del empresario televisivo Silvio Berlusconi le dio una nueva cara a la derecha de ese país: sin duda populista, pero lo suficientemente atractiva como para encandilar a las masas; y democrática, no está mal aclararlo.

Eso sí, necesitado de ampliar apoyos, Berlusconi no le hacía asco a ninguna alianza, ni siquiera a los “herederos” de Benito Mussolini. Es acá cuando empieza a fijarse en el Movimiento Social Italiano, con la vieja idea de sumar fuerzas y, la más vieja, de controlarlos desde adentro. Esta idea, que no es potestad de la derecha italiana, ya ha demostrado en varios países que está lejos de ser infalible.

Esto es fundamental para entenderla, dice a Galería Steven Forti, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona, autor de Extrema derecha 2.0, qué es y cómo combatirla (2021).  A su criterio, tanto Meloni como FdI, fundado en 2012, son un ejemplo perfecto de ese nuevo extremismo con características bien marcadas: “Son ultraderechas patriotas, ultraconservadoras, con un marcado nacionalismo, soberanismo, críticas al multilateralismo y a la sociedad multicultural, con trazos de xenofobia y racismo”.

Sin embargo, este experto no cree que a Meloni alcance con rotularla como “una líder neofascista”. Para llegar a ella, señala, convergen las posturas en esa corriente del MSI, al que ella se ha jactado de devolverle su lugar, junto con “una radicalización tirando al autoritarismo que se ha visto en los últimos años en la derecha mainstream”. La “banalización” de lo que pasó durante el período fascista, más la “normalización” de tener integrantes del MSI en su gabinete, tanto a nivel nacional como regional o municipal, todo eso impulsado por Berlusconi, fue el inicio de la “legitimación” de estas fuerzas. “O sea, para muchos italianos es normal tener estas fuerzas en el gobierno, a las que no perciben como extremistas, como sí las podría ver un observador extranjero”, afirma Forti. 

En esos años 90, la plata no abundaba en la casa de Giorgia Meloni en Garbatella, un barrio obrero y popular de Roma. Ella tenía que aportar a la casa y por eso desde muy joven tuvo que trabajar al tiempo que estudiaba: fue niñera, moza y vendedora en un mercado. Proveniente de un hogar acogotado económicamente por obra y gracia de un padre abandónico, Francesco, ella siempre dijo que encontró en la militancia política una segunda familia. La primera la componían su madre Anna y su hermana Arianna, a las que considera pilares. Esto terminó siendo un arma electoral incuestionable. 

Volviendo a esos años 90, Meloni por ese entonces era una joven fanática de la literatura fantástica de Tolkien, con el hobbit Sam -Gamgee como su personaje favorito. “No tiene la realeza de Aragorn, la magia de Gandalf, la fuerza de Gimli o la velocidad de Legolas. Es solo un hobbit, un jardinero. Sin embargo, Frodo nunca habría cumplido la misión sin él. Sabe que sus gestas no se cantarán en el futuro, pero él no arriesga su vida persiguiendo la gloria. Como decía Tolkien, son las manos pequeñas las que cambian el mundo”, escribió en su autobiografía de 2021 Yo soy Giorgia, un intento de mejorar/suavizar su imagen para que no la vieran como la versión femenina y siglo XXI de Il Duce. Por lo pronto, lo logró: el libro fue un éxito de ventas y ella llegó al Palacio Chigi de Roma. 

La fantasía no era nueva en ella ni en ellos. En ese mismo libro indica que la primera división que Giorgia tuvo a cargo en Il Fronte se bautizó Atreju, como el héroe de La historia sin fin. El club campestre donde se reunían en encuentros por varios días llevaba por nombre Campamento Hobbit y los encuentros comenzaban haciendo sonar el cuerno de Boromir. Ahí encontró una aceptación que no gozaba en otros lugares: en su biografía contó haber padecido bullying por “gorda”. También le decían calímero, por el pequeño pollo negro antropomorfizado que un anime hizo famoso. Nadie entiende del todo por qué, ya que ella es rubia y de ojos claros.  

Mientras ella hacía su vida, Il Cavaliere Berlusconi llegaba al poder. Su primera vez fue entre 1994 y 1995. Italia es un país políticamente inestable, cuyo sistema parlamentarista y carácter explosivo hace que los apoyos así como se afianzan se rompan, las alianzas se vengan abajo y los gobiernos implosionen antes de tiempo. Es significativo que en los tiempos modernos, únicamente Berlusconi haya podido completar un período de mandato, entre 2001 y 2006, más allá de todas las cualidades que lo transformaron en un gobernante atípico: demagogo, victimista y cultor de un humor dudoso. Gobernaría una vez más, entre 2008 y 2011. 

Para entonces, Giorgia ya era un cuadro político. En 2006 ella alcanzó por primera vez un escaño como diputada y seguía trabajando como periodista a la vez, algo que no pareció llamarle la atención a nadie. Su pasado incluía el liderazgo de la agrupación gremial juvenil católica, conservadora y nacionalista Azione Studentesca. Su ascenso fue lento pero seguro. Algo era evidente: ella podía jactarse de un origen popular y difícil —chica de un barrio común y corriente, hija de madre soltera— y no de una cuna de oro, algo achacado a muchos dirigentes de derecha e izquierda.

El “enemigo” en casa. En ese ascenso formó su familia. Invitada al programa periodística Quinta colonna (Quinta columna), del canal Mediaset, conoció a uno de sus panelistas, Andrea Giambruno. Oriundo de Milán, él hoy es su pareja y el padre de su hija Ginevra, de seis años, con quienes vive en Roma. Pese a la férrea fe católica de la primera ministra electa, no están casados y la niña nació por fuera de cualquier bendición matrimonial. 

Y pese a la ideología bien sabida de Meloni, Andrea es un periodista relacionado con la izquierda italiana. Los medios de prensa europeos se hicieron un pícnic con esto y ella ha bromeado con tener “al enemigo en casa”.

Andrea ha ayudado a apuntalar la carrera política de su mujer. Cuando en febrero de 2021 el historiador Giovanni Cozzini, profesor de la Universidad de Siena, la llamó “cerda” y “vaca” en declaraciones radiales, contestó con altura: “Le tendré que explicar a mi hija lo valiente que es su madre por todo lo que ha hecho en la vida. No creo, profesor, que sus hijos, si es que los tiene, puedan decir lo mismo de sus comentarios misóginos, indignos y vergonzosos”.

Toda Italia repudió esos comentarios y ella —que si bien no tiene nada de perspectiva de género en su discurso tampoco tiene hacia esta el rechazo que varios de sus correligionarios muestran— supo capitalizarlo. Hay algo que rompe los ojos: si la extrema derecha italiana quería a la mujer de vuelta en el hogar, Giorgia Meloni no es el arquetipo deseado. Y si bien su postura contraria a la Unión Europea es bien conocida, algo que comparte con otros movimientos similares como Vox y el Front National, difiere de estas otras manifestaciones en que coquetea con el Atlántico Norte, algo que en tiempos de crisis entre Rusia y Ucrania tiene alta cotización.

Lo nuevo que puede volverse viejo. La alianza de la derecha para estas elecciones se basó en el tridente integrado por Berlusconi, de Forza Italia, el exministro del Interior Matteo Salvini, de la Liga Norte, también visto como un extremista, y Meloni, de FdI. Il Cavaliere ya es una caricatura de sí mismo, y los escándalos sexuales en los que se vio comprometido terminaron de hacer trizas su imagen. Salvini cumplía varios requisitos para el votante más conservador: crítico con la UE, el euro, la inmigración y el matrimonio entre personas del mismo sexo y apoyo a los recortes de impuestos. Pero sus ambiciones de poder, su apoyo al debilitado Draghi y su buena sintonía con Putin (previa a la invasión a Ucrania, claro está) le restaron fuerza. Meloni resultó a la cabeza de una coalición que ganó con el 44% de los votos. FdI tiene el 26% de ese total, cuando en 2018 apenas superaba los cuatro puntos porcentuales.

La “banalización” y “normalización” de la que habla Forti provocó que “en Italia se hable de una coalición de centro-derecha, cuando es claramente de derecha-extremo derecha”. La desconfianza en la clase política que tienen los italianos desde los años 90 también le jugó a favor a Meloni como en su momento lo hizo con Berlusconi. “Esa desconfianza aumentó cada vez más en los últimos años y explica la volatilidad electoral. El cansancio hacia la clase política ha llevado a que se quiera probar siempre cosas nuevas”, afirma el docente. El hecho que Meloni lleve 10 años fuera del gobierno y que haya sido una firme opositora a Draghi favorecieron su imagen como alternativa. “El tema que lo nuevo en la política italiana se transforma rápido en viejo”, puntualiza Forti.

De todas formas, la “moderación” o “desdiabolización” de Meloni ya llevaba tiempo procesándose antes de esa victoria, traducido en su libro y en un montón de entrevistas televisivas donde ha reiterado que, más allá de no estar de acuerdo con cuotas ni ideologías de género, “las mujeres y sobre todos las madres están discriminadas” en el mercado laboral. Fuera de fronteras, su atlantismo es su mejor carta de presentación. 

Qué ocurrirá en un futuro es una incógnita (ver recuadro). Meloni deberá lidiar con la crónica inestabilidad de las alianzas parlamentarias italianas. De hecho, Berlusconi —que en una curiosa vuelta del destino hoy es el “moderado” o “centrista” de la coalición ganadora— ya ha demostrado, al cierre de esta edición, su fastidio con el reparto de cargos. Y los primeros nombres que ha deslizado Meloni para ocupar lugares claves en su gobierno, que debería estar pronto y funcionando en los próximos días, habla de individuos con un legajo “impoluto” en lo que a extremismos políticos y religiosos se refiere. 

“Ya está pasando”

El docente de la Universidad Autónoma de Barcelona Steven Forti, especialista en nuevas derechas, dice a Galería que si bien no puede hablarse de una novedad, el triunfo de Giorgia Meloni puede considerarse tanto “un punto de inflexión” como “un experimento”.

Novedad no es, precisa, y apela a la razón del artillero: en 2016 venció Donald Trump en EE.UU. y el Brexit en el Reino Unido, en 2018 Jair Bolsonaro se transformó en el presidente de Brasil, en 2017 el Partido de la Libertad de Austria llegó al poder, en 2018 Matteo Salvini llegó a ser vicejefe de gobierno en Italia, desde 2010 Viktor Orban arrasa en Hungría…  “Esto ya se ha extendido, ya están gobernando o cogobernando, en casi todos los países de América y Europa hay representación de las derechas extremas en los parlamentos. Ya está pasando”, afirma.

En todo caso, “lo de Meloni le puede dar un empujón más”. Mucho dependerá de cómo salga de la coyuntura italiana actual, esa que habla de inflación, crisis energética y coletazos de la guerra en Ucrania. Lo interesante, a su criterio, es qué hará a futuro el Partido Popular Europeo, la unión de fuerzas conservadoras del continente. “¿Seguirá mirando a la centro-izquierda, como en las últimas legislaturas europeas, o hará alianzas con la ultraderecha?”, se pregunta. 

Es que ni siquiera hay unidad en la extrema derecha europea. Por un lado están los Conservadores y Reformistas (entre los que están Vox y FdI) y por el otro los de Identidad y Democracia. Los primeros, subraya Forti, son atlantistas mientras que los segundos son rusófilos. “Con la guerra en Ucrania, el próximo paso que den va a ser crucial”.