Paula Penachio: "Preferí retirarme antes de empezar a luchar para bailar"

La primera bailarina del Ballet Nacional del Sodre se despide de los escenarios con Raymonda, el próximo estreno de la compañía

Luces, público, aplausos. Una función en la que se ponen en juego los —literalmente— cientos de horas de ensayos; en la que la diaria pero inalcanzable búsqueda de la perfección, propia del ballet, se vuelve especialmente tentadora. Hay quienes se aceleran ante esa inevitable adrenalina que tiene el escenario. Otros se bloquean, o se sumen en un profundo control de la técnica para evitar la mínima —probablemente imperceptible para el público— falla. Algunos se lucen más en el salón de clases o en los ensayos que en las funciones. Paula Penachio no duda: su lugar de máximo disfrute y esplendor es el escenario. No encuentra muchas palabras para explicarlo; está acostumbrada a expresarlo todo —pasión, energía, sacrificio, gratitud— a través del baile. Pero es algo así como estar ¿poseída? “Hay gente que me dice que guardo todo para el escenario, pero hago lo mejor que puedo también en el salón. Cuando llego al escenario algo se transforma. No sé explicarlo. Me siento bien, firme. Puedo bailar y disfrutar de lo que estoy haciendo. Y estar ahí es lo que más me gusta, obvio”, dice la primera bailarina del Ballet Nacional del Sodre (BNS) mientras reposa cada una de sus palabras en una delicada gesticulación de sus manos.

El 27 de agosto una función más de Raymonda llegará a su fin, el telón se bajará y la compañía detendrá por unas horas su maquinaria para volver a encenderla al día siguiente para su última función. Volverán todos menos Paula, que se habrá retirado la noche anterior de los escenarios. Las despedidas suelen venir acompañadas de sentimientos mezclados. Pero Paula dice estar feliz, y nada más. O sí: feliz y decidida.

“¿Estás segura? Sos muy joven todavía. ¿Segura, segura? Viste que no hay vuelta atrás”, le dijo la directora de la compañía, María Noel Riccetto, cuando Paula le comunicó la decisión. El espectador podría verla bailar y asegurar que está en su mejor momento. Entonces, ¿por qué? “Porque siento que ya me cuesta mucho más, y no quiero que llegue el momento de la caída. Me voy a mantener ahí (dibuja con sus manos una línea recta) para que quede bien la imagen”, responde entre risas. Quien intente convencerla de lo contrario que se prepare para perder la batalla. Hace al menos dos años que Paula, de 36 años, viene meditando esta decisión, que en parte puede atribuirse a la pandemia.

¿Por qué decide retirarse ahora, que se la ve en un muy buen momento?

De repente el ballet empieza a pesar en el cuerpo, por lo menos para mí, empezás a sentir que va siendo un poco más difícil. Y en los dos años que nos quedamos sin bailar (durante el confinamiento), trabajando en casa, que no es lo mismo hacer la clase con un piso que resbala o que es duro o que no podes saltar, perdés resistencia, musculatura. Sentí mucho eso. En la pandemia me fracturé en casa el coxis. El año pasado en El Mago de Oz me fisuré y ahí se me contracturó todo ese lado del cuerpo. Además, tuve una operación de rodilla y un desgarro, y van quedando las cicatrices que no se te pasan, seguís sintiendo los dolores, querés seguir haciendo las cosas como las hacías antes, con esas molestias. Llegó un momento que dije: siempre disfruté mucho bailar, siempre tuve una técnica muy fuerte en el escenario, pero sentí que si de repente empezaba a bajar el nivel, no me iba a gustar. Preferí retirarme antes de estar luchando para bailar.

Como un don. Brasileña, del municipio de Santo André, en San Pablo, su comienzo en el ballet no es ni romántico ni digno de un guion de película. Todo empezó a los siete años como un antojo infantil. “Mi madre mandó a ballet a mi hermana porque tenía las rodillas para adentro, y pensó que con el ballet podían quedar mejor. Ahí dije: ¡yo quiero ir también!”. Su primera maestra en ese club de la ciudad enseguida le vio condiciones y le sugirió a su madre que le buscara una escuela. “Empecé a ir y en el segundo año iba a hacer la prueba para el año siguiente para ver si me aprobaban o no, perdí la hora y terminé haciendo la prueba para ir al cuarto año, no al tercero. Aprobé todo con 10 y me salté un año”, cuenta Paula entre sorbos de un café a tono con el color de sus rulos que, salidos hace pocos minutos de la ducha —pos  ensayo—, van tomando forma mientras se secan al natural.

A los 15 años ya estaba trabajando en una compañía de danza contemporánea. Al poco tiempo pasó por otra que combinaba la danza clásica con la neoclásica y contemporánea. Hoy atribuye sus dotes como bailarina —y su ascendente carrera— en parte, a esa enorme variedad de técnicas. “Tuve la suerte de tener muchos maestros buenos y absorber técnica rusa, cubana, sudamericana. Con nueve años ya estaba yendo a competencias de ballet, bailando en el escenario y haciendo puntas”.

Después de bailar en compañías de San Pablo, Paula migró al Ballet Municipal de Santiago, en Chile. Pero no llegó a estar un año. “Me enteré de que mi abuela estaba enferma y quería estar en sus últimos momentos de lucidez y salud”. Volvió a San Pablo para acompañar a su abuela, dejó de bailar y empezó a dar clases. “Había una maestra que me decía que no se conformaba con verme dando clases sin estar en una compañía”. Pero Paula estaba en el lugar donde sentía que tenía que estar. De nuevo: muy decidida. De hecho, la idea de volver a los escenarios ni siquiera rondaba por su cabeza. “Estaba con mi familia, con mi abuela, daba clases y me gusta dar clases, y dije: voy por este camino entonces”. Como mucho, la maestra del estudio donde daba clases la ponía a bailar en los festivales junto con las alumnas una o dos veces al año. “Bailaba, disfrutaba, me puse en un modo avión, estaba bien ahí con mi familia”. De un día para el otro, sin embargo, todo cambió.

Un giro y una oportunidad. Julio Bocca la vio cuando ni ella se veía. Durante ese “modo avión”, su maestra —la misma que no se conformaba con verla lejos de los escenarios— le contó que estaba en Argentina con Julio, que necesitaba una bailarina para el BNS, y le pidió que le mande su material. Lo mandó sin pensar, y sin un ápice de esperanza. A los días se llevó la sorpresa: “Me pidió que vaya a tomar clases en la compañía para evaluarme. Se iban de gira un miércoles, y quería evaluarme lunes y martes”. ¿Quién le diría que no a Julio Bocca?. “Compré el pasaje, fui a Uruguay, tomé la clase del lunes y ahí ya me ofreció contrato. Me sentí rara. Pensé: soy bailarina otra vez”. En enero de 2015 Paula Penachio pasó a formar parte del cuerpo de baile del Ballet Nacional del Sodre.

Empezó como un antojo caprichoso, su entorno le vio condiciones y empezó a crecer de forma muy natural. ¿Qué la llevó a usted a elegir el ballet como profesión?

Desde niña cuando empecé a experimentar el ballet no lo dejé más. Pasaba en mi casa con medias en el piso que resbalaba haciendo piruetas, miraba videos de rusas bailando y copiaba, estaba hipnotizada, era una pasión tremenda. No solo me gustaba bailar y hacer piruetas, lo que más me encanta hasta ahora es interpretar, eso me llevó a querer ser bailarina.

Sacrificio con recompensa. Si tuviera que resumir su entrega como bailarina en una porción de tiempo, Paula tomaría sin dudas los 10 días que siguieron al 27 de julio de 2017. Theme and variations se llamaba la obra que el Ballet Nacional del Sodre estrenó aquel día hace cinco años. Eran 10 funciones y dos repartos de un ballet clásico “muy fuerte” y cansador. Paula protagonizaba uno de ellos. En un ensayo general con público, en una de las variaciones, la bailarina del otro reparto se dobló el pie. La orquesta se detuvo. “Ahí me dijeron: tenés que ponerte el tutú y entrar porque Nina se dobló el pie”. Más rápido que nunca Paula se hizo el moño, se maquilló, la ayudaron a vestirse y, como siempre hace cuando el telón está cerrado, entró al escenario caminando en puntas para calentar sus pies. “De repente escucho ruidos, aplausos, miro y el telón estaba abierto, y empecé a saludar con la mano”, recuerda y se ríe. 

Ignoraba lo que estaba por venir. “Vino Julio a hablar conmigo y me dijo: ‘Paula, son 10 funciones, quería saber si podés bailar las otras nueve’”. Y pudo. “Esos días fueron de la cama al escenario. Había dos obras más y yo estaba en las tres. Bailé las tres obras todos los días; cambiaba el partener y yo me mantenía ahí”, cuenta. Por fortuna —y sorpresa— después de tanto sacrificio, al terminar la última función Julio Bocca la ascendió a primera bailarina, el máximo puesto al que puede aspirar un bailarín durante su carrera. Onegin, Romeo y Julieta, La Sílfide. La bailarina dice que se dio el gusto de protagonizar todos sus ballets preferidos. No puede pedir más.

¿Cómo se ha llevado con la exigencia de los bailarines, con esa búsqueda permanente de excelencia?

Siempre fui muy autoexigente. Eso contribuyó a tomar esta decisión: me miro y digo: “No, no está bien. Entonces vamos a dejar por acá. Si no, va a ser una pelea eterna”. Pero hoy en día que tomé la decisión y miro videos antiguos, pienso cómo me exigía, porque los miraba y decía: qué horror, y ahora los miro más tranquila y digo: pero estaba bien. Siempre fui muy exigente. Sigo siendo y por eso tomé la decisión de retirarme más temprano. Es como decir: “Basta de castigarte, empezá a tratarte bien, vamos a disfrutar un poquito la vida”. 

En la diaria, ¿tanta autoexigencia la perjudicó alguna vez?

En la autoestima, sí. Siempre por estar frente al espejo me miraba, miraba a mis compañeras y empezaba a comparar. Que yo tengo más tetas, que se mueven y las chicas no tienen, pueden saltar y hacer las cosas libremente y yo tengo que controlarme, eso afectó mucho. Siempre digo medio jugando que yo soy la gordita, que no tengo el cuerpo y el físico, y eso va afectando. Siempre voy mirando que no soy suficientemente flaca o que no tengo el cuerpo ideal para el ballet.

¿Se lo han dicho?

Sí, todo el tiempo, que tenés que adelgazar, bajar un kilito. Y empezás a mirar, a compararte y si vas cargando con eso toda tu carrera, llega un momento que decís basta. Ahora ya estoy en otro plan, de disfrutar, pero hice dietas locas, de tomar solo sopa, dieta keto, ayuno intermitente, cada vez intentaba una dieta nueva para ver si funcionaba y no, no lo lograba. Al menos no estar flaquita como las otras. El momento en que estoy en el escenario lo disfruto, no estoy pensando si estoy gordita o lo que sea, me transformo en otra persona, estoy ahí para disfrutar. Hay chicas que son flaquitas y no tienen ese tipo de exigencia, pero de repente en su cabeza tienen la exigencia con otra cosa, que no consiguen hacer equilibrio o que no consiguen girar. En el ballet siempre va a haber ese punto en el que te tiras para atrás. Eso de buscar lo perfecto va creando esas cosas. No sé si es así en otras carreras también.

Los días sobre el escenario han sido de tanto disfrute que supieron compensar los malos tragos de la autoexigencia. En la sala de ensayos, Paula, que parece tener siempre una sonrisa dibujada en la cara, realiza su pasada y sus compañeros aplauden sus tan codiciados giros y equilibrios. Los amigos también están de ese lado de la balanza, el de la vocación, el amor por la danza y el disfrute del escenario, que siempre pesó un poco más que el del sacrificio. Y la compañía es una especie de gran familia. “Somos muy unidos, nos ayudamos entre nosotros, de repente sale algo bien y empezamos a aplaudir, no hay esa cosa de competencia. Siento superbién la convivencia entre todos”, agrega.

Después de dos años meditando la decisión, el día del retiro está a la vuelta de la esquina. Pero no hay, por ahora, mucho lugar para la nostalgia. “Estoy disfrutando los momentos que estoy con mis compañeros, que me dicen que me van a extrañar, pero disfruto. Voy a clase, y ya sé que es un día menos, hago la pasada, me ducho y pienso que no voy a ducharme más acá, ni voy a tener mis cosas acá, tantas cosas que tengo además de mis zapatillas”. 

Un ensayo más es ahora un ensayo menos en la cuenta regresiva. Paula, que se expresa bailando e interpretando, se despedirá del público a través de Raymonda, protagonista de este ballet clásico ambientado en la Edad Media. Del otro lado habrá, seguramente, varios miles de aplausos que se encargarán de darle las gracias.

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Radicada en Uruguay

La primera bailarina brasileña se retira del Ballet Nacional pero se quedará en Uruguay. Junto con su novio, está construyendo una casa en Punta Espinillo, al oeste de Montevideo, y se enfocará también en su estudio de Gyrotonic (@studiopaulapenachio en Instagram), un sistema de entrenamiento que incorpora principios de danza, pilates, yoga, natación y gimnasia deportiva.

Raymonda

Amada por dos hombres muy diferentes entre sí, Raymonda debe decidir entre su prometido y un sarraceno que busca seducirla con sus riquezas. Este ballet ambientado en plena época de cruzadas, en la Edad Media, tiene música de Aleksander Glazunov y coreografía de Marius Petipa. Se estrenó en el teatro Mariinski de San Petersburgo (Rusia) en 1898 y vuelve al Ballet Nacional del Sodre, junto con la OSSODRE, dirigida por Stefan Lano.

En el Auditorio Nacional del Sodre Adela Reta. Del jueves 18 al domingo 29, a las 20 horas (excepto domingos, a las 17 horas). Entradas de 90 a 1.450 pesos por Tickantel.