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    ¡Cuidado con los drones!

    Las noticias del atentado contra Nicolás Maduro habían monopolizado la conversación durante la cena.

    Fortunato sostenía que todo era un invento de don Nicolás con el fin de apretar las tuercas en la interna y borrar del mapa a unos cuantos rebeldes que ya estaban presos antes de que los drones levantaran vuelo. El resto de la familia, con variados enfoques, defendía la tesis del atentado. De los narcos que querían poner a Diosdado al frente del negocio, de los pocos opositores sueltos que todavía quedan, de los militares que no se lo bancan a Nicolás, que son pocos pero con poder de fuego.

    Como sea, Fortunato se levantó de la mesa con su copita de vino sin terminar y se la fue a tomar en el sillón frente a la tele. El informativo de cierre en fija que tendría novedades sobre este misterioso asunto.

    —El presidente Maduro ha vuelto a cargar las tintas contra el presidente colombiano Juan Manuel Santos, e insiste en que el atentado fue planificado en Bogotá, y financiado desde Miami —arrancó el informativista, sin agregar demasiado a lo que ya todos sabían. Y siguió con una larga lista de supuestas noticias, que eran asuntos repetidos a lo largo del día. Fortunato bostezaba de aburrimiento y se le empezaban a entrecerrar los ojos.

    En eso, sorpresivamente aparece en pantalla el presidente Vázquez, encaramado en una tribuna improvisada, en un lugar que no se identificaba bien.

    —Interrumpimos el noticiero de cierre para engancharnos en vivo con una inesperada aparición del presidente Vázquez en la plaza Lafone de La Teja, donde se ha congregado una verdadera multitud, sin convocatoria, al haber hecho su aparición el primer mandatario sin ningún aviso previo. Los dejamos con las imágenes y el sonido en directo —dijo el informativista.

    Vázquez, con la camisa abierta hasta el tercer botón, pecho al aire y brazos en alto, se dirigía a la gente con un estilo totalmente inesperado y desconocido.

    —Dicen que soy parco, aburrido, monótono, que hace como tres meses que no hablo en público, que ya no soy el de la primera presidencia… ¡No saben quién es el Taba, el luchador, el conductor de masas! ¡Aquí estoy, uruguayos y uruguayas!

    Fortunato no podía creer lo que estaba viendo y oyendo, y se restregaba los ojos, pensando que ya estaba soñando.

    —¿Quieren que hable de los grandes temas nacionales? ¡Claro que voy a hablar! ¡Escúchenme bien, ustedes y los involucrados! ¿Qué espera el Plenario del Frente para tratar el informe del Tribunal de Ética sobre Raulito Sendic? ¡Vamos, atorrantes! ¡Pónganse las pilas! ¡Defenestren de una vez a este licenciado trucho que es la piedra en el zapato más grande que tiene la fuerza política!

    Fortunato ya no daba crédito a lo que mostraba la tele.

    —Constanza Moreira y Juan Castillo: ¡Tómense unas vacaciones y déjense de poner el palo en la rueda a todo lo que propone el gobierno! ¿Son opositores? ¡Si no les gusta lo que hacemos, váyanse a otro partido, pelafustanes! Y vos, Danilo, ¡decidite de una vez si te vas a candidatear o no, muchacho! ¡Si ya sabés que vas a sacar menos votos que Iafigliola en la interna de los blancos, loco! ¿Sabés cómo me tenés con tus idas y vueltas y tus indefiniciones? Como dijo el Pelado hablando de Adeom: ¡me tenés podrido!

    A todo esto, las cámaras mostraban a una multitud aullante, gritando vivas y loas al inesperado orador de barricada con el pecho al viento, al que todos tienen ubicado como el modoso orador de traje y corbata, hablando de los efectos nocivos del tabaco o de la importancia de la coordinación constructiva entre los países del Mercosur. La gente coreaba “y ya lo ve, y ya lo ve, es el glorioso Tabaré”, mientras el presidente alzaba los brazos al cielo en gesto de agradecimiento y satisfacción.

    —¡Cuando termine, bajo y les firmo autógrafos, y nos sacamos fotos todos juntos! —decía el primer mandatario.

    Fortunato estimaba que ya estaba dormido, y que, solo soñando, algo así podría estar ocurriendo. Pero el orador no aflojaba.

    —¡Bo, Bonomi, andate cuando quieras! ¿Sabés? Este bolonqui de la inseguridad no se banca más, y yo te tengo que seguir aguantando, loco! ¡Les nombro al Perro de ministro, Bicho! ¡Cualquiera agarra más chorros que vos!

    Aplausos y aullidos de la multitud. Gritos de “vamoarriba el Taba!” y “¡Uruguay, Uruguay, como Tabaré no hay!” sonaban entre la gente.

    —¡Y vos, Pepe! ¿Me dicen que te vas para España, porque te van a dar un premio de poesía? ¡Andááá, cachafaz! Poeta de boliche, desprolijo, malhablado, tomátelas con tu amigo Kusturica, capaz que todavía terminás ganando un Oscar, el premio Nobel de la Paz… ¡de La Paz y Las Piedras, atrevido!

    En eso la cámara enfoca hacia el cielo y se divisan dos drones que se acercan al lugar en forma veloz y comienzan a sobrevolar la improvisada tribuna, apenas unos metros por encima de la cabeza del presidente, quien continúa firme en su arenga llena de pragmatismo y colmada de afirmaciones políticamente incorrectas para quien hasta ahora había sido un correctísimo y educado orador de gabinete.

    Los guardaespaldas del presidente disparan sus armas de fuego contra los artefactos voladores, pero no le embocan ni por error.

    —¡Van a matar a Tabaré! ¡Es un atentado contra nuestro líder! ¡Estamos frente a un inminente magnicidio! —gritan desesperados los asistentes al acto, que se abrazan y lloran ante el inminente bombardeo de los drones.

    Pero estos se abren y dejan caer miles de papeletas que flotan levemente, tapando a la gente y desparramándose por el suelo. La gente se agacha y los recoge. Todos ellos tienen la misma inscripción: “¡Festejen, uruguayos, festejen!”.

    Fortunato abre un ojo y le grita a su esposa:

    —¡Vieja, el acto de Tabaré es como el de Maduro, pura propaganda!

    Pero la señora ya dormía desde hacía rato.

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