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    “El fútbol, la impunidad y simios”

    Sr. Director:

    He leído en la pasada edición las respetuosas reflexiones del Dr. Hernán Navascués referidas a mi columna “El fútbol, la impunidad y simios”. Conozco la impoluta trayectoria del abogado y asesor del Club Nacional de Fútbol desde mucho antes de conocernos personalmente. También lo disfruté como autor en su libro “El legado de un nombre” sobre la vida y obra del Dr. Washington Beltrán (Ediciones de La Plaza, 2009). Por esas razones me parecen adecuadas algunas puntualizaciones:

    1) No ataqué a “los dirigentes de fútbol en general”, como dice, sino que, como surge del contexto, me referí a dirigentes que, por acción u omisión, alientan o protegen la violencia y otros hechos delictivos. Mal podría generalizar ya que mi padre fue dirigente y tengo o he tenido amistad o conocimiento con varios: Eduardo Arsuaga, Luis Compaign, Víctor Della Valle, Alejandro Balbi, Raúl Giuria, Claudio Paolillo, Hugo Batalla, Luis y Jorge Franzini, Ricardo Lombardo (padre e hijo), Nélson Chaben, Jorge Barrera, Américo Ricaldoni, Tomás Domínguez y Héctor Lescano, entre otros.

    2) Aunque es irrelevante, Navascués se confunde cuando expresa que nos conocimos en la presentación de un libro de Heber Gatto, a la que no asistí. Fue el 10 de octubre de 2013 a la hora 20 en el Salón Rojo de la IMM durante la Feria del Libro, tras la presentación de “Nacional 88: historia íntima de una hazaña” (Fin de Siglo) de mi amiga Elena Risso y Valentín Trujillo.

    3) Mis reflexiones sobre el jugador Diego Scotti,  extensivas al resto de los futbolistas procesados, responden a la impresión que me produjo su ofensiva indumentaria considerando la dignidad que debe tener una audiencia judicial. Similar sensación de rechazo me causó hace unos años un funcionario judicial, receptor en un juzgado civil. Vestía en la audiencia una camiseta amarilla del Villareal con el nombre de Diego Forlán en la espalda y, recientemente, un juez de paz que llegó una hora y media tarde a una audiencia de zapatillas deportivas y camisa remangada. Los simios abundan. Algún día el Poder Judicial y el Ministerio Público deberán dictar un reglamento al respecto. Y no es un hecho menor.

    4) Dice Navascués que probablemente no leí las actas del sumario penal. Se equivoca.

    5) No es cierto que haya admitido que existieron desbordes del fiscal Zubía. Lo que dije es que, si existieron y la investigación lo prueba, podrá ser sancionado.

    6) Tampoco es cierto que gracias a la FIFA podré “disfrutar” de los partidos del próximo Campeonato Mundial de Fútbol de Brasil. Me preocupan otras cosas, como por ejemplo las reacciones del pueblo brasileño por el despilfarro de esa competencia, la seguridad de los asistentes y observar cómo se paraliza el país frente a los televisores en horas de trabajo mientras sectores del Estado se caen a pedazos. Prefiero tomar distancia del exitismo y el patrioterismo que contribuyen a la ignorancia y la inseguridad. No entiendo a quienes se obnubilan. El pan y circo siempre me hace ver una luz roja.

    7) Las astutas comparaciones de Navascués sobre la corrupción en el deporte y en otras profesiones (política, cultura o periodismo) no cambian mi óptica. Claro que hay corruptos en todas, pero una cosa no tapa la otra. Lo que se debe hacer es tirar a los corruptos a un barranco. Pocos asumen esa tarea. Tampoco comparto su razonamiento sobre la prensa “amarillista” o a las campañas que, dice, “causan daños irreparables que hieren a familias”. La libertad de prensa y de expresión —sobre lo que tanto escribió Beltrán y que Navascués revindica— es uno de nuestros mayores capitales. Tal vez el mayor. Esa libertad habilita a escribir sobre cuestiones “amarillas” o deportivo-publicitarias, a criticar los fallos o dictámenes de jueces y fiscales, y a reclamar que se investiguen sus actuaciones, como digo en el primer párrafo de mi columna. Que cada ciudadano elija lo que oye, ve o lee. Para evitar lo que no comparte puede dejar de comprar un medio escrito o utilizar el control remoto.

    8) Navascués me alienta a no escribir sobre estos temas y a abandonar el estilo “Winchell” que según él utilicé. Refiere al periodista estadounidense Walter Winchell, famoso entre los años 30 y 60 como redactor de chismes. Estoy muy lejos del chisme. No porque carezca de información, que abunda, sino por dignidad profesional y porque me afilio al filósofo tanguero: “la fama es puro cuento”. No me ofende su comparación porque seguramente se trató de una reflexión sin mala intención.

    Raúl Ronzoni