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    “Hay cosas más importantes que el éxito”

    Con el pianista esloveno Ivan Skrt

    En un casting para personificar a Jesús o a cualquier otro profeta seguramente sería el elegido. Es muy flaco y alto, tiene 34 años, una melena que le llega a los hombros, barba, bigote y una mirada dulce. Estudió música y piano en su país, Eslovenia, luego en el Conservatorio Tchaikovsky de Moscú y por último en la Escuela Normal de Música, en París. Nació en una ciudad pequeña con mucho verde en el entorno. Por eso ama los espacios abiertos y ha elegido para la entrevista la cafetería del hotel donde se aloja, un piso alto con vista al mar, en lugar de un lobby menos luminoso. Me recibe con su esposa, más sonriente que él, quien lo auxiliará en dos o tres oportunidades cuando él no encuentre la palabra para expresarse en inglés y entonces la consultará a ella, en esloveno, por supuesto. Apenas me siento, me reconoce y dice: “Ayer lo vi en el concierto, estaba en la primera fila”. Es Ivan Skrt, un pianista distinto que anda por el mundo renegando de los concursos y del éxito y predicando por la libertad en la interpretación. Después de haber escuchado su discurso musical (ver recuadro) y oírle el fundamento conceptual que tiene para interpretar la música como lo hace, Skrt resulta tan interesante y agradable como los sonidos que salen del piano que toca.

    —¿No le parece que ayer el público demoró en aplaudir?

    —No. Es habitual en mis conciertos, no podría explicar por qué pero el aplauso siempre aparece por la mitad o al final, o cuando uno menos lo espera (risas). Es mejor que el aplauso se demore para no molestar la concentración de todos.

    —¿Cómo fue su infancia?

    —Feliz. Mi madre me marcó diciéndome que lo importante es ser una buena persona y no un desastre de persona pero con mucho éxito. Entonces, si bien me alentaba mucho en mis estudios musicales, me quitó la presión de escalar posiciones porque siempre ponía por delante la formación humana integral antes que las condecoraciones pianísticas. Para llegar a ser una buena persona explora siempre tu interior, me decía, y esta “pista” la tuve desde muy temprano en mi vida. Creo que también fue crucial para mí el hecho de que me criara en un pequeño pueblo rodeado de naturaleza y no en una gran ciudad llena de ruido y de estrés.

    —¿Es mejor vivir en un pueblo chico que en una gran ciudad?

    —La pequeñez, como todo, tiene sus pros y contras. Cuando uno va a Moscú, a París o a cualquier gran ciudad, tiene una vivencia de amplitud que es muy buena para la formación de cualquier artista. Esa pequeñez y esa amplitud no son buenas o malas en sí, son complementarias y el contraste es enriquecedor.

    —En un momento de su carrera decidió no presentarse más a concursos. ¿Cuál fue el motivo?

    En los concursos generalmente hay que atenerse a un cierto patrón o forma en la manera de tocar ciertas obras o ciertos autores. Yo siempre me resistí a meterme en un modelo, en un esquema interpretativo. Y los jurados de los concursos, que lo que hacen es comparaciones entre los concursantes, cuando uno se sale de la corriente, del modelo interpretativo habitual, no lo consideran porque le dificulta la comparación con los otros concursantes. Soy consciente de esto, pero la vida no es una comparación permanente y la libertad en la interpretación para mí es la vida.

    —Esa libertad interpretativa que usted propugna, ¿no es una forma de saltearse algunos “deberes” y hacer la cosa más fácil?

    —Para mí la libertad es el punto crucial de la interpretación. No quiere decir “hacé lo que quieras”. La libertad es para mí un completo orden previo. Y ese orden previo implica mucho estudio. Después de que desmenucé una obra con la cabeza y con los dedos, después de que comprendí qué significa cada nota en la estructura completa, el día del concierto hay que dejar fluir el discurso musical y que la música hable por uno. Yo toco de un modo totalmente diferente en mi casa cuando estudio, que el día del concierto. En casa toco siempre igual porque quiero que prevalezca el orden mental que le decía. Pero en el concierto quedo librado a la inspiración de ese momento, lo que implica que casi siempre hay una cuota de improvisación. En casa cada obra siempre suena igual; en el concierto cada obra siempre suena diferente.

    —¿Hay otros pianistas actualmente que practiquen esta libertad interpretativa?

    —Muy pocos porque los pianistas modernos están habituados a los concursos, que es la forma de llegar al éxito. Entonces, si se prioriza el éxito, se pierde esta libertad. Para mí el éxito no es importante y creo que seguir un modelo o una corriente para llegar al éxito arruina nuestras vidas. Hay cosas más importantes que el éxito.

    —¿Por ejemplo?

    —Por ejemplo, la vida en general, no solo la música. La vida es el árbol; la música solo una rama de ese árbol. Si la rama por algún motivo se cortara, el árbol sigue.

    —¿Tiene un repertorio favorito?

    —Compositores del siglo XIX en adelante, donde la libertad ofrece mayores posibilidades para el intérprete. En cambio, en los compositores clásicos, el modelo es más ceñido y la libertad casi inexistente.

    —¿Cuál es su rutina diaria?

    —Muchas horas de piano, porque cuanto más se profundiza una obra, más se enriquece uno con asociaciones de ideas que surgen durante el estudio y que van a ser útiles para la interpretación el día del concierto.

    —¿Qué me puede contar de su familia?

    —Mi madre es la más parecida a mí en manera de ser. Mi padre hace todo; es el hombre con los pies en la tierra que se ocupa de las cuestiones prácticas día a día. Y mi hermano está concentrado en la fotografía y en la pintura, que son sus oficios. Todos juntos, incluida mi esposa, hacemos un buen equipo porque en casa hay una sana costumbre y es que todo se habla entre nosotros, sin tapujos, como corresponde entre los seres humanos.

    —¿Prefiere el cine o la lectura?

    —Como fotógrafo que es, mi hermano tiene una gran colección de películas y veo mucho cine con él. No soy un gran lector, salvo de poesía. Disfruté mucho Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Leo y releo siempre a Jiddu Krishnamurti (filósofo indio que vivió entre 1895 y 1986). Es el único filósofo que nos muestra lo que la vida es y no lo que debería ser. No enseña, solo observa y transmite, es totalmente natural.

    —¿Qué aprendió de él?

    —Muchas cosas, entre otras, que en la música el intérprete debe hacer lo mismo que hace él con su filosofía: no relatar o enseñar bajo cierta forma lo que escribió el compositor, sino desaparecer y dejar que aparezca solo la música. Para desaparecer, primero hay que estudiar mucho. Luego el cuerpo debe estar libre de tensiones, sobre todo de la tensión por el éxito, que siempre lo arruina todo. Por último, uno debe sentirse libre al tocar. La libertad no elige una forma u otra, la libertad simplemente deja que la música fluya con naturalidad.

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