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Adan Kovacsics, el traductor de László Krasznahorkai, premio Nobel de Literatura 2025
“Traducir es un deseo”, dice Kovacsics, traductor y autor de varios libros, que nació en Chile de padres inmigrantes húngaros, estudió en Viena y vive en Barcelona
Adan Kovacsics, el traductor de László Krasznahorkai.
Una escritura en aluvión con oraciones extensas, muy extensas, que se resisten al punto. Novelas que a veces tienen una sola oración, historias de un humor absurdo, que a veces surge de la propia incomunicación a través del lenguaje, siempre melancólicas, filosóficas, cuando no apocalípticas. Así es la literatura del escritor húngaro László Krasznahorkai, premio Nobel de Literatura 2025. Esos mundos literarios densos que han sido llevados al cine por el director Béla Tarr —entre otros, Tango satánico, Armonías de Werckmeister, El caballo de Turín— han llegado al español gracias a la labor de un traductor, cuyo nombre figura en todos los títulos traducidos del premio Nobel: Adan Kovacsics. Nacido en Santiago de Chile en 1953 de padres inmigrantes húngaros, Kovacsics estudió en Viena y desde los años 80 vive en una pequeña ciudad costera al sur de Barcelona. Allí trabaja en sus traducciones y en sus propios libros. Porque Kovacsics también es escritor y ha publicado, entre otros títulos, Guerra y lenguaje, Karl Kraus en los últimos días de la humanidad, El vuelo de Europa, Las leyes de la extranjería, El destino de la palabra.
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Kovacsics es miembro de la Academia Alemana de la Lengua y la Literatura y ha traducido, entre otros, a Karl Kraus, Stefan Zweig, Franz Kafka, Imre Kertész y, por supuesto, a Krasznahorkai. Por su trabajo ha recibido en 2010 el Premio Nacional del Ministerio de Cultura de España por el conjunto de su obra y el Premio Nacional de Austria, además del Gran Premio Balassi de Hungría, en 2017, y el Premio Straelen de Alemania, en 2022.
Cuando aparece en la pantalla, Kovacsics se ríe y dice: “Me causa gracia porque hace unos 10 minutos me llamó por teléfono László Krasznahorkai y le dije: “Oye, no puedo hablar contigo porque tengo una entrevista con Uruguay”. Sobre su vínculo con el premio Nobel de Literatura, la labor del traductor y su vida entre varias lenguas, trata esta entrevista que mantuvo con Búsqueda.
—Sus padres fueron inmigrantes húngaros. ¿En qué circunstancias llegaron a Chile?
—Mis padres salieron de Hungría a finales de 1948, estuvieron en algunos campos de refugiados en Europa, en Austria, en Italia. Luego fueron a parar a Chile casi por casualidad. Llegaron en 1950 y yo nací en 1953. En casa se hablaba húngaro, por eso tengo la lengua. Viví hasta mi adolescencia en Chile, hasta mis 14 años. Después nos fuimos todos a Austria. Mis padres querían volver a Europa. Así que la juventud la pasé en Viena.
—En Viena estudió filología y filosofía, pero después se fue a España y allí comenzó a trabajar como traductor. ¿Cómo fueron esos inicios?
—Una vez que acabé los estudios decidí venirme a España. Tenía ganas de dejar el mundo centroeuropeo. En esa época (década de los años 70) no era muy aconsejable volver a Chile por la situación política, entonces preferí venir a España, que estaba saliendo de la dictadura. Cuando estudié en Viena no tenía nada claro qué iba a hacer. De pronto apareció la posibilidad de la traducción a partir de mi conocimiento de lenguas y empecé a trabajar. Al comienzo hacía traducciones de todo tipo, comerciales, jurídicas, médicas, técnicas. Pero mi interés era la literatura. Entonces a través de amistades y relaciones me fui introduciendo en el mundo de la traducción literaria. Tuve un gran maestro, Juan del Solar, un excelente traductor peruano que vivía aquí y fue mi maestro. Él había traducido a autores como Elías Canetti o Kafka.
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—¿Usted traduce del húngaro y del alemán al español o maneja otras lenguas?
—He traducido de otras lenguas. Del inglés, algunos relatos de escritores estadounidenses; también del francés, el libro de Jacques Bouveresse sobre Nietzsche y Foucault. Pero básicamente traduzco del alemán y del húngaro.
—Hay teorías de la traducción, relativamente recientes, que promueven una visión interdisciplinaria de la traducción. ¿Está de acuerdo con esas posturas?
—En los últimos años no he seguido mucho la teoría de la traducción. En una época estuve más interesado, ahora ya menos. Me dedico al grado más técnico de la palabra, cómo resolver las frases. Ahí es donde está mi foco y donde me concentro. Por supuesto que cada texto se vuelca hacia afuera, en el sentido cultural e intelectual, con aquellos elementos que la obra va recogiendo de diferentes sitios. Eso hay que tenerlo presente y no dejarlo de lado. En cada secuencia de la traducción aparecen.
—Ha traducido a escritores reflexivos, de pensamiento muy complejo, que tienen mucho de filosófico, mundos muy oscuros. ¿Es una elección personal o una coincidencia?
—Hay una intención en elegir autores que me han resultado cercanos o que permiten al lector comprender el mundo centroeuropeo en el que más me he enfocado. Es el mundo húngaro y austríaco en el sentido amplio.
—Ha escrito libros de su autoría en los que vincula acontecimientos bélicos con el lenguaje o con el periodismo. ¿Por qué ese interés?
—Mi interés viene sobre todo por la lectura de un autor austríaco que me influyó mucho: Karl Kraus. Él escribió Los últimos días de la humanidad, una obra enorme que traduje a finales de los años 80, comienzos de los 90. Fue una aventura, empezaba a traducir y me metí en esa gran obra compleja, en ese gran lío. Fue difícil, pero bueno, había que hacerlo cuando uno era inmaduro. Influyó mucho, yo había intercambiado y contrastado ideas con amistades e intelectuales sobre este autor. Lo tenía muy presente y seguramente se fijaron en mí en la editorial Tusquets para traducirlo. Ahora se ha reeditado en otra editorial. Esta obra trata el papel nefasto que cumplieron un determinado lenguaje y el periodismo en preparar las mentes e impulsarlas para que estallara la I Guerra Mundial, y luego para mantenerla. Todo eso me impactó mucho, y he trabajado sobre esas ideas. El lenguaje al servicio de la guerra, que sigue hasta el día de hoy. Eso no ha cambiado, solo son variantes. También en la publicidad está la guerra.
¡¿Qué manera de ensuciar la lengua era esta, qué caos de imágenes utilizadas al buen tuntún?! ¡¿Dónde quedaban la pureza y la claridad que —¡supuestamente!— caracterizaban al espíritu humano, dónde encontrar el mínimo indicio de un esfuerzo por alcanzar la precisión!? (Tango satánico, Acantilado, 2017).
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László Krasznahorkai, premio Nobel de Literatura 2025.
Geisler-Fotopress/AFP
—¿Cómo se inició su vínculo con László Krasznahorkai?
—Son 25 años que llevo traduciendo su obra. El editor en español de Acantilado, Jaume Vallcorba, lamentablemente fallecido, fue el que me llamó la atención sobre su obra. Él tenía un grupo de lectores y le había llegado la voz de que era un autor interesante. Me dijo si lo podía leer y le dije que sí, que era un autor que merecía la pena. A partir de ahí empecé a traducir sus libros, con períodos en los que no hacía nada, otros más intensos, pero el intercambio ha sido continuo. Son ocho libros. Ahora saldrá otra de sus novelas que traduje, Herscht 07769. El título tiene el apellido del protagonista y el número de su código postal en Alemania. Él le manda a Angela Merkel varias cartas y, en lugar de una dirección real, rápidamente escribe ese remitente porque piensa que el cartero sabrá a quién devolvérselas. Esas cartas nunca tienen respuestas.
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—¿Qué es lo más difícil de traducir de Krasznahorkai?
—Para mí lo difícil fue comenzar a traducirlo. Recuerdo el tiempo que me llevó la primera frase de Melancolía de la resistencia o de Guerra y guerra. Las primeras que traduje fueron difíciles. Ahora debo decir que Herscht 07769, que consta de una única frase en 400 páginas, no me costó nada. Ya he entrado tanto en su estilo, en su lenguaje, que realmente no me cuesta. Fluye. Al principio sí me costó porque yo tenía la idea de un tipo de construcción de frase muy rígida, muy del latín, de Tácito, de Cicerón, y esa no es la forma de acercarse a la obra de Krasznahorkai. Hay que dejarse llevar, hay que dar pequeños saltos hacia un lado y hacia otro dentro de la misma frase. Todo esto hay que aprenderlo a manejar. Tiene mucho que ver con el ritmo, con la musicalidad.
—También debe ser difícil traducir el humor absurdo de Krasznahorkai de una cultura a otra.
—Conocer la literatura húngara ayuda en parte. Pero la gran literatura, la más grande, tiene humor. Kafka tiene humor, Flaubert tiene humor, y por supuestoel Quijote tiene humor. Es la risa detrás de la gran narrativa. Si uno es consciente de esto cuando traduce, sirve mucho. A mí el Quijote me sirve para traducir a Krasznahorkai.
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—¿Es necesario ser escritor para traducir literatura? ¿En su caso lo ayudó?
—No, no es necesario. En mi caso siempre hay un vaso comunicante entre mi literatura y la traducción. Los libros que he traducido de alguna manera se han filtrado en mi obra literaria. Pero creo que no es necesario ser escritor. La traducción tiene un gran misterio y la creación literaria también tiene un gran misterio, pero son diferentes. En la traducción el misterio es que estás viviendo entre dos lenguas. El misterio está en el paso de una lengua a la otra. Pero en la creación literaria el misterio es otro, son operaciones diferentes.
A la caída de una nueva noche, todavía yacíamos aturdidos por el cansancio, y solo se produjo un sordo murmullo cuando uno de nosotros alzó de pronto la cabeza, se incorporó, se dirigió a la popa y, señalando el paisaje que desaparecía ya para siempre sumido en una densa oscuridad, exclamó con un alivio teñido de amargura: “Mirad, aquello era Hungría” (El último barco, relato de Relaciones misericordiosas, Acantilado, 2023).
—Supongo que vivir entre dos lenguas es constante cuando se está trabajando en una traducción. ¿Piensa todo el tiempo en una oración, en la palabra exacta?
—Sí, claro, hay momentos críticos cuando una palabra no sale. ¿Esto cómo se dice en alemán? De pronto lo sé en alemán o en húngaro, pero no en castellano.
—¿Cuánto le lleva traducir una de esas novelas voluminosas de Krasznahorkai?
—No sabría decirlo con exactitud porque a veces interrumpo y hago alguna otra cosa más breve. También me estoy haciendo mayor y estoy más lento en la producción. Además tengo un nieto que también lleva su tiempo (se ríe). Pero unas 400 páginas de Krasznahorkai me llevan seguro un año.
—¿Ahora está abocado solo a la traducción de Krasznahorkai o traduce otras obras?
—Traduzco otras cosas. Hace poco traduje sonetos de (Rainer Maria) Rilke, también a un poeta húngaro y a una escritora austríaca.
(…) ni siquiera sabía qué era Extremadura, tenía a dos conocidos en España, su antiguo y altruista traductor y su antiguo y altruista editor, pero desde que empezaron a retirar y a convertir en pasta de papel sus libros traducidos porque no se vendían se rompió todo el contacto con ellos (El último lobo, Sigilo, 2024).
—El último lobo se desarrolla en gran parte en Extremadura, España, en El barón de Wenckheim vuelve a casa, el protagonista es un exiliado en Argentina. ¿Cuál es la relación con el mundo hispanoamericano de Krasznahorkai?
—La verdad es que no lo sé. Ha viajado poco por Latinoamérica, hace poco sé que fue a México. Pero su espacio es el mundo, no Hungría. Reducirlo a Hungría es un error. Su espacio es Estados Unidos, Nueva York, Japón, China, Mongolia. Tiene un libro que no está traducido que transcurre en parte en Mongolia. Entonces no son extrañas esas referencias al mundo hispanoamericano.
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—Recién me decía que hace unos minutos estaba hablando por teléfono con Krasznahorkai. ¿Dónde está viviendo?
—Vive en Hungría, pero va cambiando de sitio. Ha estado en Berlín, en Trieste, en Viena, viaja mucho.
—Otra dificultad en las traducciones está en cómo traducir la jerga local, a veces molesta, como el gilipollas cuando aparece en traducciones de España. ¿Se ha encontrado con esa dificultad en obras de Krasznahorkai?
—La verdad es que la jerga en la obra de Krasznahorkai no tiene un papel central. De pronto sí en algún personaje con lenguaje grosero. Por un lado uno busca una mínima neutralidad, pero eso es imposible. Si se encuentra la neutralidad absoluta en una palabra, esa misma neutralidad inhabilita la palabra. Cada país tiene su propio gilipollas. Hay obras austríacas que usan muy conscientemente el dialecto vienés, entonces hay que encontrar el lenguaje adecuado porque en esos autores es central. Ahí hay que ir con mucho tino. Pero realmente es imposible resolverlo. Últimamente cuando aparece con frecuencia lo llevo al lenguaje más estándar.
—El cineasta Béla Tarr adaptó algunas novelas de Krasznahorkai. ¿Usted participó de alguna manera en esas adaptaciones?
—Participé solo en El caballo de Turín, para la que hice los subtítulos. No lo había hecho nunca, pero trabajé con alguien especialista en la subtitulación. En todos los rodajes de las películas de Béla Tarr, Krasznahorkai se involucró mucho.
—Uno de los reclamos de los traductores es tener reconocimiento, visibilidad en las portadas de los libros. ¿Cree que se está considerando más esta profesión?
—Llevo traduciendo desde hace 45 años y, si pienso desde mis comienzos hasta ahora, el recorrido y el avance ha sido importante. Ahora bien, lo que pienso, más allá de la visibilidad, es que tendrían que pagar mejor el trabajo del traductor. Cambio el nombre en la tapa por un mejor pago. Y esto no lo digo por mí, sino por las generaciones más jóvenes, que están cobrando incluso menos que yo hace unos años.
—También su trabajo está amenazado por las traducciones con IA (inteligencia artificial). ¿Le produce inquietud que sustituya a los traductores?
—Sí, especialmente por el tema de la edad, por los jóvenes. Yo ya estoy fuera de juego. Pero en el ámbito de los traductores hay preocupación por las traducciones con IA para un determinado tipo de escritura (no la llamaría literatura). Es posible que en un futuro se pueda traducir una novela de Krasznahorkai a través de la IA. Pero también quisiera aclarar, lo he dicho muchas veces, que traducir es un deseo: uno desea apropiarse de una obra pasándola a otra lengua, y ese deseo no está en la IA. Siempre va a existir ese deseo. Alguien quiere traducir un poema de John Keats y quiere hacerlo a su manera, con sus palabras, con su voluntad. Ese deseo no está en la IA. No estoy preocupado porque la traducción vaya a desaparecer, pero sí porque el mundo editorial por ahorrar dinero tome decisiones que le quiten lugar a los traductores.
—¿Le sorprendió que Krasznahorkai haya ganado el Nobel?
—Siempre sorprende porque nunca se sabe la decisión, pero sí sabía que era uno de los candidatos y de los mejores posicionados. En ese sentido no sorprendió. Pero sí cuando me enteré. Ni siquiera sabía cuándo lo iban a anunciar.