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    “La ideología es como la metadona: ayuda a dejar la heroína de la religión”

    Martin Amis, uno de los novelistas y ensayistas más destacados de las letras inglesas contemporáneas

    Nota de archivo publicada el 1 de julio de 2004

     

    José Ignacio en invierno es el lugar ideal para alejarse del mundo, descansar y también para escribir. Cautivado por la soledad y la belleza del balneario, el escritor inglés Martin Amis desde hace unos meses vive en ese lugar. Instalado en una hermosa casa frente al mar, con su esposa Isabel Fonseca y con Clio, su hija más pequeña, Amis lee, escribe y de vez en cuando juega al ajedrez. Novelista (“Dinero”, “Campos de Londres”, “La información”, entre otras), ensayista y crítico literario agudo, Amis (1949) es una de las figuras más destacadas de la narrativa británica. Por el estilo arrogante y mordaz de su escritura y de sus intervenciones públicas, se lo llegó a bautizar como “el Mick Jagger” de la literatura inglesa. Sin embargo, al conocerlo se descubre a un hombre de hablar pausado, sumamente amable, sencillo y divertido, que no se priva de hacer comentarios graciosos sobre temas tan comunes como la Eurocopa de fútbol. De su época de pelo cortado “a lo Bee Gees” y pantalones “pata de elefante”, conserva un estilo directo y sin dobleces para decir lo que piensa y despertar controversias. Además de continuar admirando a sus maestros literarios, como Vladimir Nabokov y Saul Bellow, Amis está fascinado por los temas políticos y por la historia. Acaba de presentar en la Feria del Libro de Madrid “Koba el temible. La risa y los veinte millones” (Editorial Anagrama), un libro sobre Stalin, los crímenes del régimen comunista soviético y la tolerancia con que fueron aceptados por los intelectuales occidentales, entre ellos su padre, el también escritor Kingsley Amis. “El mundo en general llegó a aceptar las indignadas negativas soviéticas sobre el hambre, la esclavización del campesinado y el trabajo forzoso”, escribe Amis en el libro, en el que también recuerda algunas sentencias famosas de Stalin, como aquella que establecía que la muerte de un hombre era un hecho trágico, pero la muerte de millones era simple estadística. Armando un cigarro y mirando hacia la costa, el escritor comentó que en Madrid se dio cuenta de cuánto extrañaba el sonido del mar. Con esa música de fondo, Martin Amis mantuvo la siguiente entrevista con Búsqueda.


    —¿Por qué está viviendo en Uruguay?

    —Mi esposa, Isabel Fonseca, es medio uruguaya. Su padre, el artista plástico Gonzalo Fonseca, nació en Uruguay pero se fue del país cuando joven para trabajar en Nueva York e Italia. Mi esposa visitó Uruguay muy poco cuando era pequeña, pero aquí estaban sus raíces y algunos familiares. Hace cuatro años ella quiso venir a Uruguay de visita por tres meses y me convenció de acompañarla. Luego decidimos venir durante los siguientes tres inviernos europeos, construir una casa y pasar un año entero aquí. Ése es el origen de por qué estoy en Uruguay. Además está el lugar y la gente; la soledad, la belleza y el paisaje de José Ignacio.
    —Acaba de volver de Madrid de presentar “Koba el temible”. ¿Cómo recibieron el libro los españoles?
    —No he visto todavía las críticas españolas, pero lo más probable es que lo reciban con menos hostilidad que en Francia e Italia. En esos países tienen partidos comunistas importantes y su ideología permaneció por mucho más tiempo. Sin embargo, en España la Guerra Civil mostró al comunismo como una fuerza destructiva, por eso sus ideas no capturaron tanto la imaginación de los españoles como en otros países. El problema es que éste es un libro de historia popular y quienes habitualmente hacen su crítica son historiadores profesionales. Ellos son muy celosos de su territorio y odian que un novelista se meta en su área de estudio. Generalmente no se acepta a un novelista escribiendo otro tipo de libros, se ve como demasiado ambicioso. Por esta territorialidad de los historiadores recibí críticas violentas en Inglaterra.
    —¿Qué lo motivó a escribir un libro sobre Stalin y el comunismo soviético?
    —Sobre todo fue la fascinación por ese período histórico. También porque mi padre fue comunista durante muchos años. Él necesitaba creer en una ideología, incluso escribió sobre lo doloroso que es abandonar la idea de la utopía. Esto me hizo pensar en mis diferencias con él y en que yo nunca necesité de una ideología. La generación de mi padre tuvo un hueco en el corazón, le había quedado un vacío que ya no podía llenar con religión, y lo llenó con ideología. A esa generación le sucedió lo mismo que a un adicto que quiere dejar la heroína y toma metadona para calmar el dolor. La ideología es como la metadona: ayuda a dejar la heroína de la religión. Yo soy de una generación posterior y no tengo ese vacío en el corazón. Lo curioso de mi padre es que dejó de ser comunista en 1956 e inmediatamente adoptó otra ideología: el anticomunismo. Años después me acusó a mí de ser izquierdista. Se volvió un entusiasta anticomunista, tanto que hasta los últimos días de su vida sostuvo que la guerra de Vietnam no sólo había estado bien, sino que su tragedia había sido “no terminar el trabajo”. Cambió de la extrema izquierda a la extrema derecha.
    —¿Usted tiene alguna creencia?
    —Creo sí en la democracia, pero no tengo simpatía por ningún tipo de utopía, por ningún tipo de creencia religiosa, por ninguna creencia irracional. Sé que atacar la religión o la utopía siempre va a ser impopular porque se piensa que de esta forma se niega la posibilidad de construir una sociedad mejor o más justa. Yo rechazo la ideología porque siempre contiene algún elemento de violencia; como no es completamente racional, y no se puede defender solamente con el pensamiento, entonces se defiende con los puños. Es parte de la naturaleza humana creer, tratar de darle una explicación a las cosas, pensar en que existe la justicia y la armonía. Cuando necesito ese tipo de explicaciones leo acerca del universo. La cosmología es infinitamente más extraña y grandiosa que cualquier religión y, además, es verdadera.

    —Igual que en “Experiencia”, la figura de su padre, Kingsley Amis, ocupa un lugar importante en “Koba el temible”. ¿Por qué lo incluyó en estas obras?

    —En primer lugar, porque creo que somos un caso único en la historia literaria: padre e hijo escritores con aproximadamente los mismos méritos literarios y el mismo caudal de obras escritas. Pensé que, por lo singular, valía la pena contar cómo había sido nuestra relación, pero no pude (no quise) escribir sobre ello mientras él estaba vivo. Por otro lado, creo que todo hombre siempre tiene una discusión permanente con su padre, incluso la discusión a veces continúa después de que su padre muere. En mi caso, esa discusión se mantuvo durante toda la vida de mi padre. Ahora siento que terminó y que puedo volver a escribir ficción.

    —¿Por qué piensa que los intelectuales, como su padre, fueron condescendientes con el comunismo?

    —No sólo fueron los intelectuales, también los hombres de negocio, los sociólogos y los científicos apoyaron a la Unión Soviética. Lo hicieron aun cuando tenían todo tipo de evidencias de que allí estaban ocurriendo cosas terribles. Entonces, no sólo los intelectuales entendieron las cosas mal. George Orwell decía que un hombre común es lo suficientemente estúpido como para ser atrapado por una gran idea. Creo que la razón de ese apoyo fue el enorme atractivo del comunismo. El escritor Saul Bellow encontró otro argumento: decía que haciendo pequeñas actividades para el Partido se estaba conectado con la historia mundial. Hubo muchas excusas, pero ninguna racional como para haber creído en la propaganda comunista. Lo que la gente veía era el discurso de lo justo, de lo ecuánime y noble, todas esas cosas que Hitler nunca dijo. Hitler escupió en la cara del Iluminismo, mientras que el comunismo soviético se mostró como la materialización, la encarnación del Iluminismo. George Orwell también mencionaba que las presiones para unirse al Partido Comunista entre las guerras fueron enormes, porque el fascismo era la guerra, mientras que el comunismo no.

    —¿Cree que los intelectuales se deben pronunciar ideológicamente?

    —Creo que en eso no hay reglas, es a juicio de cada uno. Vladimir Nabokov pensaba que él no quería lograr nada con una novela que estuviera fuera de la obra de arte, y eso es una verdad cuando se trata de la ficción. En Estados Unidos interesa saber qué piensan los escritores, mientras que en Inglaterra la opinión de los escritores es menos importante que la del hombre común. Inglaterra es más anti intelectual, se cree que si un escritor opina se está exhibiendo, enseguida piensan: “¿Pero quién te crees que eres?”. Cuando era joven creía que había que ser de izquierda, que era una especie de indecencia no serlo. Creía que un hombre decente no podía tener enemigos en la izquierda. Por supuesto que después descubrí que sí se tienen enemigos en la izquierda. Stalin era un enemigo en la izquierda.
    —“Koba el temible” está a mitad de camino entre el ensayo y la autobiografía. ¿Cómo lo definiría?

    —En parte es una memoria, aunque en realidad es una colección de 60 o 70 pequeños ensayos escritos en orden cronológico. En el principio y en el final el libro es más personal, pero la figura central es Stalin. Creo que ese período de 1917 a 1953 es realmente fascinante desde el punto de vista histórico, me obsesioné con él. Además, para mí fue una educación política. Cuando fui joven deliberadamente no me uní a nada y ahora me encuentro aprendiendo sobre política e historia. Creo que por eso escribí el libro, para poder meterme en el vocabulario de la política y de la historia.

    —¿Le interesa involucrarse en política?
    —En realidad no. Escribí dos trabajos de tono más político sobre el 11 de setiembre y otro sobre la guerra de Irak, justo antes de que comenzara. Estos trabajos corresponden a un pronunciamiento político, pero preferiría no hablar sobre esto ahora.
    —“Experiencia” es una autobiografía muy poco tradicional. ¿Encontró dificultades para escribir un libro de memorias?
    —Escribí el libro aproximadamente dos veces más rápido que una novela. Una novela de 400 páginas me lleva más o menos cuatro años, unas 100 páginas por año. “Experiencia” es una autobiografía que no está narrada en forma cronológica y por eso pude escribirla con mayor facilidad, inmediatamente supe que no iba a ser una historia del tipo “Nací en 1949...”. Más tarde me di cuenta de esta ventaja: si no se sigue un orden cronológico, uno puede dejar cosas de su vida afuera. Por ejemplo, no quería escribir sobre mi primer matrimonio. Si hubiera seguido paso a paso mi vida, la gente se hubiera preguntado: “¿Y qué pasó, dónde está su primer matrimonio?”. A diferencia de lo que ocurre con una novela, un libro de no ficción se escribe con el cerebro, las ideas surgen desde la frente, en todo momento tienes que estar pensando, escribiendo, argumentando. Por el contrario, la ficción surge desde bien atrás, desde la espalda, y por ello requiere más tiempo, es un proceso más lento en el que se necesita filtrar qué es lo que quieres decir. En la ficción escribes de cosas que no sabes que están en tu cabeza, que silenciosamente están allí, aunque conscientemente no lo sabes.
    —Desde muy joven usted fue novelista y crítico literario. ¿Qué cambios percibe en estas profesiones?
    —Cuando comencé en 1970, el mundo literario era pequeño. No había entrevistas, ni fiestas, ni fotografías: sólo la crítica y nada más. Los críticos literarios eran parte de un mundo bastante elitista. Hoy, en cambio, la crítica se ha democratizado, ha igualado los sentimientos. En mi juventud leíamos mucha poesía, la considerábamos como algo central. Lo maravilloso de leer poesía es que uno tiene que entrar en el pensamiento del poeta, en su introspección, y eso lleva a la introspección individual de cada lector. La poesía enlentece el tiempo, detiene el reloj como en el juego de ajedrez. Pero ahora el mundo está cada vez más acelerado, se está volviendo tonto, y ya nadie quiere leer un poema. Aquí en José Ignacio leo poesía, pero no puedo hacerlo cuando estoy en Londres, donde es mucho más difícil enlentecer el tiempo. La gente está muy ocupada para autoconocerse, no quiere examinar su corazón o su mente. La poesía en Occidente prácticamente ha desaparecido, y la novela va a tener que ser menos literaria o también va a desaparecer. Si el novelista no se vuelca a temas menos literarios, se convertirá en una figura menor.
    —Usted fue un crítico ácido y a veces bastante malvado. ¿Se arrepiente de haberse excedido en alguna de sus críticas literarias?
    —Eres joven, estúpido y no le tienes miedo a nada; también puedes corromperte por el poder. De pronto aterriza un libro en tu escritorio y tú te sientes con poder para decir algo sobre ese libro y tal vez para cambiar su destino. En “La guerra contra el cliché” (una recopilación de sus críticas literarias) incluí, aunque un poco avergonzado, algunas de mis críticas más desagradables, pensé que no tenía que suprimirlas. Es natural que uno sea cruel y ofensivo en la juventud, también es natural dejar de serlo en la madurez. A menudo no acepto hacer la crítica de un libro que de antemano sé que no me va a gustar. ¿Qué sentido tiene hacerlo? Seguir disfrutando con la ofensa es patético cuando se llega a la mediana edad. Es pretender seguir siendo joven cuando tu pulso tiembla y tus dientes rechinan (hace el gesto de un hombre viejo y se ríe). Eso es terrible.
    —¿Le interesa la nueva generación de escritores británicos que integra, por ejemplo, Zadie Smith?
    —No, no me interesa. Zadie Smith es una excepción, ella sí me gusta. Para mí leer la obra de gente joven es una forma poco económica de lectura. Uno puede encontrar algunas cosas interesantes en las mentes que están apareciendo, pero si se lee a un autor como Saul Bellow, cuyos libros han estado presentes por más de 50 años, hay una garantía de encontrar algo realmente muy bueno. No hay ninguna garantía de ese tipo cuando uno lee a escritores jóvenes, sus obras suelen ser mucho más efímeras. Por supuesto que hay algunas excepciones, por ejemplo Will Self. En realidad él no es mucho más joven que yo, y además es mi amigo, y uno siempre tiene que leer lo que escriben los amigos. Pero en el caso de Will Self me parece muy bueno lo que escribe. Con pocas excepciones como ésas, mayoritariamente leo la obra de escritores que ya están muertos.
    —Entonces un escritor joven tiene que esperar a que pase el tiempo para saber si su obra es buena.

    —La obra de los buenos escritores se renueva para cada generación de lectores. Lo que tiene de bueno la gran literatura es que la puedes leer en cualquier momento de tu vida y siempre encuentras un libro diferente. Eso es en parte porque el libro es rico y en parte porque uno es una persona distinta. Puedes leer “Lolita” cada cinco años y la experiencia es diferente cada vez.
    —¿Alguna vez podrá disfrutar leyendo “El Quijote”?

    —“El Quijote” es un libro inmortal, la primera novela moderna y también la primera posmoderna. Pero para mí es como uno de esos monstruos que el viejo hidalgo sale a combatir. Se me hace muy largo y árido.

    —¿Qué piensa del fenómeno Harry Potter?

    —Definitivamente no es mi tipo de lectura y no he leído los libros, pero por supuesto escuché acerca del fenómeno. Creo que lo que J.K. Rowling ha hecho es absolutamente sorprendente. Ha creado una nueva generación de jóvenes lectores que no están sentados frente a la televisión durante horas, sino que son adictos a sus libros. Escuché que ella es billonaria, espero que gane muchos billones más.

    —Usted es un amante del ajedrez. ¿Encontró con quién jugar aquí en José Ignacio?

    —Ocasionalmente juego con gente que está de paso. Me gustaría encontrar un compañero más permanente con quién jugar, pero aquí no hay nadie para jugar cartas, mucho menos ajedrez.

    —¿Qué está escribiendo ahora?

    —Estoy escribiendo una novela de ficción, aunque incluye bastante no ficción y tiene un estilo de ensayo. Es sobre las guerras culturales, principalmente sobre la batalla cultural del Islam. El Islam ha estado en decadencia durante siglos, por eso están haciendo lo que están haciendo. Es inevitable para mí escribir sobre esto: estoy cada vez más y más convencido de que ideología más religión es el enemigo de todo lo bueno.
    —¿Extraña Londres?
    —De Londres extraño a mis hijos mayores que viven allí y a algunos amigos, aunque muchos de ellos abandonaron Londres. Inglaterra también está en decadencia, ahora es un país de segundo grado. No sólo es la decadencia del poder político sino de todas las cosas que van con él. En Londres hay una atmósfera mental que lleva a buscar atractivo en las trivialidades, en la moda y las celebridades, en la “cultura basura”. Claro que también hay gente muy agradable, el inglés común tiene muy buen humor y eso es algo que también extraño. Pero decir que los ingleses son gente agradable es una generalidad, lo mismo puede decirse de los norteamericanos o de los uruguayos. Mi padre alguna vez dijo, hablando de la comida inglesa, que había una relación inversa entre la buena cocina de una nación y lo agradable de su gente. Pensaba que en Inglaterra la gente era agradable y la comida espantosa. En Francia, sin embargo, la comida es muy buena, pero la gente desagradable. Pero su teoría no servía como regla general. En Italia la comida es buena y también la gente y en Alemania tienen comida y gente desagradable. Por lo tanto, no hay reglas para valorar una nación y su gente. Si me preguntaran qué es lo que me hace sentir un patriota, diría que es la poesía inglesa. La poesía inglesa no le teme a nada, mientras que la novela inglesa le teme a la novela rusa y a la francesa. Inglaterra es el país de Shakespeare, y ser la cuna de grandes poetas debe significar algo.

    Vida Cultural
    2023-05-26T15:06:00