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    ¡Liberen a Chuck!

    Secuestrado por una banda de piratas, el pionero del rock deambula por la región

    Así como es ilegal la explotación infantil, alguien debería actuar de oficio ante los familiares y promotores de Chuck Berry por violentar sus derechos elementales como individuo, a la luz del abuso de su desvalida condición, perpetrado el lunes 15 en el Teatro de Verano. Su entorno más íntimo montó un circo indigno alrededor del genio que encendió la chispa del rock and roll y contribuyó decisivamente para convertirlo en la música del siglo XX. Si esta nota sirve como testimonio, que sea enviada al tribunal que corresponda.

    Dicen que los familiares son los peores. La tesis quedó demostrada durante los 60 minutos que el octogenario permaneció en el escenario, rodeado por un combo de mediocres funcionarios musicales, dos de los cuales eran sus hijos: Charles, un guitarrista bastante rústico, incapaz de sacar notas agradables de sus seis cuerdas, e Ingrid, una cantante con buen caudal de voz y con el oficio necesario para entonar solos vocales improvisados, pero carente de vergüenza y compromiso, al extremo de revisar su celular entre tema y tema, en la penumbra. Tremenda falta de respeto a la figura y de amor al padre.

    Como en Buenos Aires, el set de Berry fue caótico e impredecible. Entre patético y triste, al menos fue breve. A los 86 años, el viejo hace lo que puede, lo que sus dedos y su oído le permiten. Conserva un buen estado físico y un aguerrido rugido negro. Por momentos encuentra la sintonía rítmica y armónica con su banda. Pero esos momentos son muy contados.

    Himnos como “Roll Over Beethoven”, “Sweet Little Sixteen” o “You Never Can Tell” sonaron casi irreconocibles, con un evidente divorcio entre canto y orquestación. Luego del riff introductorio y unos pocos compases acertados, esos hermosos rocanroles se diluyeron en fraseos de guitarra desfasados, líneas vocales desentonadas y letras olvidadas. Las miradas de incredulidad se multiplicaban en la platea. Algunos temas terminaron abruptamente, por culpa de una banda que careció del oficio necesario como para sostener el peso musical de una leyenda viviente que, vamos, tampoco es de extrema dificultad. Hay que ser muy mal músico como para no lograr enderezar una tonada de tres acordes descentrada.

    Desconcertaba oírlo soltar frases sordas de su Gibson, a contrapelo del beat de la batería y la escala de referencia que tiraba el bajo. Sin embargo, los pasajes de blues, a un tempo más moderado, le permitieron encontrar la tonalidad acorde para volver a la senda, acertar en punteos y versos y devolver el swing a su alma rockera.

    Ajeno al choque de emociones que provoca en la audiencia, el veterano disfruta de la música y lo seguirá haciendo hasta su último día. La cuestión es por qué la familia lo embarca en giras maratónicas —ni que hablar para un anciano— con ¡cuatro conciertos en cuatro días seguidos! ¿Por qué carajo lo sacan del Blueberry Hill de Saint Louis, donde se presenta todos los meses ante 300 peregrinos, en un plan íntimo y familiar, donde juega de local y es condecorado como la figura mítica que es?

    Aquello fue tan amateur que el hijo llegó a descolgarle la Gibson para afinarla tras bastidores y dejó a la estrella esperando. ¿Tan en la hoja está Chuck Berry que usa solo dos guitarras y no tiene utilero?

    Hay que decir también que el público respondió de la mejor manera, con una ovación constante que pintó una entrañable sonrisa agradecida bajo su gorra marinera. “¿Qué quieren que toque?”, respondió el negro antes de arremeter con ese símbolo planetario del rock and roll llamado “Johnny B. Goode” y recibir el “Go Johnny Go!!!” del coro de cuatro mil gargantas.

    El final deparó lo más vergonzoso y desconcertante: luego de que el hijo hiciera una seña hacia el costado con las manos cruzadas como pidiendo la hora, mientras el padre encendía al público con su esperado paso del pato, su manager —de traje oscuro, camisa blanca desprendida, melena lacia y cadenitas— se le acercó en pleno solo y tuvo el tupé de palmearle la espalda y decirle al oído que la terminara. Como el viejo lo desobedeció y siguió paseando por el estrado, el tipo volvió y se le paró al lado con gesto desafiante, tratando a un mito viviente como a un burro de carga y denigrándolo en público.

    Hace dos años que Mariano Mores recibió en el Sodre el tributo que se merece; fue un concierto que realzó y homenajeó su figura. Berry, en cambio, se despidió del escenario del modo más lastimoso: escabuyéndose entre cables y parlantes de su apoderado y de una mujer que lo perseguía con un abrigo, mientras el pianista filmaba al público con su iPhone y sus herederos aplaudían. No lo dejaron saludar como se merece, y lo último que vimos fue a su impresentable vástago gritando su nombre como un energúmeno.

    Señores Keith Richards, Paul McCartney, Angus y Malcolm Young, Bob Dylan, Van Morrison, Eric Clapton, Elvis Costello, Eddie Vedder y todos quienes veneran a Chuck Berry como el padre del rock and roll: hagan un hueco en su agenda, dediquen un concierto en beneficio del tipo que les voló la cabeza y liberen al viejo cautivo de esta manga de patanes.