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    “Los españoles no saben manejar la ironía”

    El director argentino Javier Daulte presenta “Lluvia constante” en El Galpón

    Junto a Daniel Veronese y a Claudio Tolcachir, Javier Daulte es uno de los actuales directores-estrella del teatro argentino. Cofundador en los años ochenta del recordado grupo Caraja-ji, que, como el punk rock en la escena musical, superada la dictadura dio vuelta las tablas porteñas devolviendo tripas, garra y corazón a las puestas en escena, en un cuarto de siglo de carrera en Buenos Aires y Barcelona, este dramaturgo, actor, director y guionista televisivo (“Para vestir santos”, “Fiscales”), ha firmado más de 50 trabajos en todos los rubros creativos escénicos, por lo cual ha recibido más de 60 premios.

    Aún se recuerda en Montevideo la versión de “La escala humana”, coescrita por Daulte junto a sus compañeros de ruta Alejandro Tantanián y Rafael Spregelburd, en Plaza Mateo en 2003. Y también la notable “Nunca estuviste tan adorable”, en el Circular (2005).

    El próximo fin de semana (viernes 31 y sábado 1º, a las 21 horas y domingo 2, a las 18) llegará a El Galpón Lluvia constante, su último éxito, con Rodrigo de la Serna y Joaquín Furriel como protagonistas, basado en un texto de Keith Huff sobre la odisea moral y ética de dos jóvenes policías amigos. Mientras en Buenos Aires siguen en cartel sus trabajos “4D Óptico”, “Filosofía de vida”, “Mineros” y “El hijo de puta del sombrero”, este porteño nacido en 1963 hizo un alto en los ensayos de “Macbeth” para conversar con Búsqueda de esta obra, de su carrera y de esa gran industria que es el teatro argentino.

    —¿Cómo concibió la puesta en escena de “Lluvia constante?

    —Cuando hago obras que ya se han estrenado en otros países, trato de no ver ninguna puesta para no estar condicionado. Imaginé esta especie de galpón como escenario y me centré en un trabajo muy apretado con los actores. El modo en que encarnan a estos personajes es fundamental. Y por suerte conté con un dúo maravilloso que posee un enorme talento y una gran ductilidad, ideales para que cualquier director sepa que puede arriesgar múltiples opciones.

    —¿Cómo encaró la dirección de los actores?

    —Es una obra muy climática. La definí como un poema trágico contemporáneo donde personajes tan comunes como estos dos policías de bajo rango deben lidiar con condiciones de vida y de muerte y tratan de estar a la altura de las circunstancias. Fuimos descubriendo cómo era la relación entre los personajes y con los que se nombran pero no aparecen. Luego encontramos una manera de ser: cómo se comportan cuando están en la casa, en la calle, cuando están comiendo, todo con los elementos que hay en ese ambiente. No es más que contarle al público qué fue lo que les pasó y qué los llevó a donde están ahora.

    —Como dice Mauricio Kartun, en teatro lo que se ve es solo la punta del iceberg…

    —Y en la vida también.

    —Su carrera tiene varias facetas en paralelo, y en este momento hay una decena de espectáculos en cartel en Argentina con su nombre en los créditos. ¿Cómo organiza su trabajo?

    —Mal (ríe). Trabajo mucho, es verdad, pero de a una puesta a la vez. Me divierte mucho ensayar y tengo la suerte de que me ofrezcan producciones muy buenas con elencos soñados. Es un lujo. Trabajar con Alfredo Alcón es una experiencia única: uno aprende muchísimo. Lo mismo ocurre con Jorge Marrale, Darío Grandinetti, Juan Leyrado o Claudia Lapacó. Es un permanente entrenamiento.

    —¿Condiciona en algún modo al realizador que la obra sea vista por tantos miles de espectadores?

    —Es buenísimo que una obra pueda estar dos años en cartel. Significa que fue un éxito. En las primeras semanas el espectáculo se acomoda. Y los actores ya no la hacen más para mí. Hay que ser muy cuidadoso y crítico cuando uno se la presenta al público, porque allí termina de saber qué espectáculo hizo. Uno debe permitir que el ojo del espectador modifique en parte el trabajo y cuidar que no deforme la idea original.

    —¿Es difícil lidiar con actores famosos?

    —Hay mucho para decir al respecto. Por un lado hay gente con mucha fama, grandes figuras, sin ninguna actitud de estrella, y de pronto hay algunos que no brillan tanto pero que se comportan como estrellas. Gente como Alcón, Lapacó, Rodolfo Bebán, Pablo Echarri o Florencia Peña, que son grandes, son los más humildes, porque saben de la responsabilidad que implica ocupar ese lugar. Nunca sufrí un ataque de divismo. Lo que me permite trabajar bien es la confianza y el respeto. La admiración reverencial no es buena: yo no sirvo si me pongo de rodillas cada vez que habla Alcón. Podré admirarlo, pero tengo que poder guiarlo y corregirlo.

    —¿Cómo ve la escena teatral porteña?

    —Está buenísima, porque hay de todo: los famosos, los prestigiosos, los no tan prestigiosos, los que gustan, los que no, los emergentes. En el circuito alternativo hay propuestas de primer nivel. Buenos Aires tiene un vigor teatral que los que viajamos sabemos que no poseen muchas ciudades en el mundo.

    —Y el actor sigue siendo el protagonista...

    —Los argentinos son grandes actores. Unen la tradición inglesa con la italiana, y esa combinación cultural es muy explosiva. Se encuentran el desparpajo que viene de los italianos y el manejo de la ironía que nos dieron los ingleses. Por eso en España se mueren con los actores argentinos: por el manejo de la ironía. Los españoles no saben manejar la ironía. Argentina siempre fue un lugar muy vanguardista respecto de las cosas nuevas que se produjeron afuera. Es igual en Uruguay, porque somos culturalmente lo mismo.

    —¿Cómo influenció en su escritura su estadía en Barcelona, donde dirigió la sala La Villarroel?

    —Fueron muchos años de ir y venir. No escribiría igual sin mi experiencia catalana. Por ahí escribiría mejor (risas).

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