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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMezquita en Uruguay: nunca y ninguna. Se conoció el sábado 11 de abril la noticia de que un “filántropo” argentino, de origen sirio, y radicado en Uruguay, estaría pronto a donar dos hectáreas y media en el Rincón del Colorado (Canelones) a fin de que allí se construyan seis viviendas en las que alojar a los prisioneros de Guantánamo traídos a Uruguay en diciembre de 2014 por parte de la administración Mujica.
Una de las hectáreas donadas o dadas en comodato, sin embargo, se nos informa que tendría por destino la construcción de una mezquita, a fin de que los seis prisioneros cuenten con un lugar de culto. Es una idea terrible, inoportuna, miope, y debe ser desestimada con energía y rapidez.
Una mezquita en Uruguay sería, en primer término, innecesaria, desde que el país no cuenta con población significativa que profese el islamismo y exija, por tanto, el amparo constitucional de la libertad de cultos. En este caso, la propuesta entraña construir un lugar de culto para, en principio, apenas seis personas, idea a todas luces desproporcionada.
Pero vayamos al fondo de la cuestión y dejémonos de monsergas jurídicas.
Una mezquita en Uruguay sería una terrible idea a la luz de lo que pueden testimoniar las sociedades en las que la relación entre el islamismo y el resto de sus integrantes cuenta con siglos de experiencia. Europa, el continente en el que el Islam penetrara en 711 d. de C. y pudiera, apenas, ser felizmente detenido por Carlos Martel en Poitiers (732), el mismo continente que debió embarcarse en poner freno a la ola musulmana turca entre los siglos XIII y XX, el que hoy tiene que administrar los problemas que representan 46 millones de musulmanes en su seno, es el mismo que se devana los sesos intentando limitar la construcción de mezquitas o, al menos, minaretes, a fin de defender, aunque así no lo asuma, los valores de la civilización occidental y cristiana de cuyos beneficios y comprobada superioridad el mundo entero quiere participar, aunque afirme todos los días lo contrario.
¿Qué ha llevado a esta Europa desgastada y enemistada con su propia esencia cristiana a mirar con creciente reserva la presencia de mezquitas en su seno? Lo obvio: la difusión del islamismo entre ellos se ha convertido no en el alivio espiritual para practicantes de una fe que así se presenta, sino en una bárbara cimitarra, esgrimida contra la yugular de la convivencia civilizada.
Décadas de impulsos suicidas han arrinconado en Europa a la religión católica en primer término, y cristiana por extensión, a la condición de una práctica infamante, y han representado, al tiempo, el avance de un credo que promueve la degradación de la mujer, la tortura, la destrucción de la civilización cristiana, de las obras de arte, la esclavitud y la guerra sin cuartel, en todo igual a lo que lo hicieran los bereberes del califato umáyada a los que Carlos Martel en buena hora derrotara en Poitiers y don Juan de Austria en Lepanto.
El resultado de esta ceguera puede verse en Siria hoy. Como nos ilustra el Grupo Soufan en un trabajo publicado en julio de 2014, hay allí más de 12.000 extranjeros combatiendo en filas del llamado Ejército Islámico, provenientes de 81 países: 3.000 de ellos son jóvenes occidentales, usuarios de sus metros, empleados de sus oficinas, asistentes a sus universidades y reclutados por el fanatismo islámico de sus imanes, en sus mezquitas y escuelas. Cien de ellos serían españoles. Alguno lo hay de Nueva Zelanda. De Trinidad y Tobago. Más de 70 de EEUU. ¡De Chile y Brasil!
La marginación, la falta de horizontes, explican, en muchos casos y como lo hace con el surgimiento de movimientos musulmanes entre los jóvenes negros estadounidenses, el atractivo que esta fe bárbara y suicida ejerce sobre la ignorancia, el entumecimiento moral, la desesperanza. ¿Es, acaso, este combustible el que queremos importar a fin de arrojarlo sobre nuestro propio problema de marginación sin estudio ni trabajo? ¿Es ese el riesgo que queremos correr?
En algún punto debe trazarse la línea. Se ha hecho del discurso público una charla grosera, en la que prima el “argot” carcelario. Se ha promovido la ignorancia como valor. Se ha impuesto el desaliño en el vestir. Se ha hecho virtud de promocionar entre los jóvenes el comportamiento sexual que practican apenas algunas decenas. Se ha devaluado el matrimonio, la paternidad, la disciplina, el buen gusto, la aspiración. ¿Tenemos ahora que importar a nuestras tierras un vicio foráneo, ajeno por entero a nuestra vida social, comprobadamente destructivo de las coordenadas culturales a las que debemos lo mejor que aún nos resta?
No, y mil veces no.
Invito a las organizaciones religiosas cristianas, a las que buscan preservar la cultura, a las que aún creen en la decencia y la educación, a representar ante las autoridades un firme rechazo a la construcción de cualquier mezquita en territorio nacional.
E invito, por sobre todo, a quienes, como el presidente de la República, encabezan familias y, por tanto, la esperanza de un futuro mejor para nuestro país, a resistir con el mayor empeño el que sería el desembarco del salvajismo, el odio a la cultura humana, el conflicto y la noche de las ideas entre personas que ya cuentan con desafíos suficientes como para tener que cargar con la cruz de saber que, en algún recodo de su camino, les cabrá tener que poner violento freno al germen que hoy se cierne sobre sus cabezas.
Álvaro Diez de Medina