N° 1842 - 19 al 25 de Noviembre de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá—¿Te acordás, hermano, qué tiempos aquellos…?/ Eran otros hombres, más hombres los nuestros./ No se conocía coca ni morfina,/ los muchachos de antes no usaban gomina…
Primeras líneas de la letra del tango Tiempos viejos, de Francisco Canaro y Manuel Romero, que inmortalizó un lugar y a una mujer, cuyas existencias han causado un debate que se niega a morir, aunque hay algunos aspectos ya suficientemente demostrados: “Lo de Hansen” y la rubia Mireya.
—¿Te acordás, hermano, la rubia Mireya/ que quité en lo de Hansen al guapo Rivera?/ ¡Casi me suicido una noche por ella,/ y hoy es una pobre mendiga harapienta…!/ ¿Te acordás, hermano, lo linda que era?/ ¡Se formaba rueda pa’ verla bailar!/ Cuando por la calle la veo tan vieja,/ doy vuelta la cara y me pongo a llorar…”.
Acerca del local bailable, en realidad no quedan dudas; hasta hay fotos que lo atestiguan. Fue un legendario restaurante que inicialmente se llamó “3 de Febrero” y luego “Palermo”, ubicado en la avenida de las Palmeras, la actual calle Sarmiento, después de las vías del ferrocarril, cuyo trazado corría por la hoy avenida Figueroa Alcorta; funcionaba por concesión municipal y su nombre mítico llegó cuando un nuevo concesionario quiso rendir homenaje al pionero: el alemán Johann Hansen, que lo abrió en 1875. Ese nuevo emprendedor, Anselmo Tarana, de origen lombardo, remodeló parte del local en 1903. Vale la pena recordar esta pinturita del historiador Vicente Cútulo: “De día solían concurrir las familias que paseaban por el parque aledaño. En cambio, a las primeras horas de la noche ‘Lo de Hansen’ alcanzaba su máxima animación, con profusa iluminación. (…) Allí se cenaba, entre risas y farándula, y en el gran patio central, rodeado de tres glorietas, los parroquianos bebían y bailaban bajo un frondoso techo de glicinas y malvones (…). Selectos conjuntos tocaban milongas, polcas y valses hasta las once de la noche. A partir de esa hora llegaban paseantes nocturnos —con frecuencia hombres guapos y patotas bravas— que le dieron gran popularidad al lugar, imponiendo que se tocara tango. También iban los ‘niños bien’ que, para estar a tono con el resto, se hacían llamar ‘bacanes’. Claro, siendo en un gran patio, por más guapos, patotas o bacanes que hubiera, tristemente no había baile si llovía”.
Cosa curiosa: hasta hace pocas décadas algún historiador, caso de Felipe Amadeo Lastra, seguía afirmando que en ese sitio no se bailó jamás. Quizás no haya sido un capricho de quien quiere ir contra la corriente de los propios y tercos hechos, y de otros colegas notorios, sino que la respuesta esté en otra parte: se sabe que “Lo de Hansen”, a lo largo del tiempo —sin olvidar que desapareció a comienzos de la década de 1930—, tuvo épocas en que, por el criterio del concesionario de turno, se suspendían las reuniones danzantes nocturnas.
En cuanto a la rubia Mireya… ah, ya es otra historia. Para su caso no ha habido consenso: siguen separados los que dicen que fue un personaje de leyenda, creado por Tiempos viejos y alimentado por espectáculos teatrales y filmes, entre ellos la revista Te acordás, hermano, qué tiempos aquellos y las películas Los muchachos de antes no usaban gomina y La rubia Mireya, esta con Mecha Ortiz en el papel protagónico, de quienes dan por cierto que su verdadero nombre era Margarita Verdier, mujer de hábitos muy liberales para la época, nacida en Montevideo, en el seno de una familia de clase media baja, que viajó a Buenos Aires, como buena bailarina que era, para hacerse lugar entre las estrellas de la noche porteña. Es más: han quedado esparcidas por viejísimas revistas y diarios confesiones de personajes notorios del ambiente, que no tuvieron empacho en decir: “Sí, yo bailé con ella”.
Lo indiscutible es que la rubia Mireya generó una caudalosa literatura en torno a su personalidad y a la discusión de si fue una mujer real o una creación poética. Si uno hurga en montañas de documentación que existe, hallará que hasta proliferan biografías y anécdotas variopintas que poco menos la convierten en una heroína. Julián Centeya, por ejemplo, la nombra en una famosa milonga suya, aunque, como dice el investigador Héctor Ángel Benedetti, “tal vez solo haya sido a efectos de la rima”.
¿La verdad? Poco le habrá importado a Manuel Romero, autor de la letra de Tiempos viejos, ni a sus sucesores, dados los abultados derechos que siempre produjo la obra: es que creó con Canaro uno de los tangos de la década de 1920 que más difusión siguen teniendo en el mundo.