Escobar-Marroquín concedió una entrevista a Búsqueda a 23 años y 12 días de que su padre cayera acribillado en un techo de Medellín.
—En 2010 usted decía que el de las drogas es un problema sanitario que se ataca en vano por la vía militar, lo que termina robusteciendo el negocio, y alertaba sobre el descontrol en México. ¿Cómo lo ve hoy?
—Ahora pasó lo de los 43, pero hay muchos otros 43 que no sabemos, aparece gente colgada todo el tiempo. Es muy triste lo de México. No tiene fin mientras haya prohibición. La violencia se exacerbó a medida que el presidente gritó cada vez más fuerte “vamos a combatir”.
—¿Cree que es el camino correcto el proceso de legalización iniciado por el gobierno de José Mujica?
—Es lo más valiente y lo más sabio. Celebro que tenga el coraje de hacerlo, de llevar adelante un tema difícil que se presta para montones de críticas. El bien más importante que le va a quedar a Uruguay es la paz, liberarse de la violencia asociada al narcotráfico, por lo menos de la marihuana. Si el mundo quiere perpetuar la violencia, la corrupción y el desafío a la democracia, hay que seguir prohibiendo. Aspiro a que todas las naciones se sumen al camino de Uruguay. Sé que es un proceso lento y delicado, y que hay mucho temor de los políticos de comprometer sus posibilidades electorales, pero hay que pensar en el bien de la sociedad, que es la paz, y no una guerra que solo sirve a quienes venden armas y drogas. El resto somos rehenes.
—¿Ha tenido contacto con Mujica?
—No, no he tenido ni lo conozco.
—¿El prohibicionismo le hace el caldo gordo al narco?
—La sociedad empieza a entender la legalización como algo positivo. Este libro contribuye a desmitificar los cuentos que hay en torno a mi papá y a que los jóvenes entiendan que el narcotráfico no es el camino. La prohibición es, pese a lo que se cree, un gran negocio para las potencias consumidoras, porque elevan el margen de ganancia a límites insospechados. El cuento que nos han echado es que los cárteles son un fenómeno solo de Latinoamérica, que de la frontera de México para arriba no hay cárteles, que no están preparados culturalmente los norteamericanos para que haya cárteles, que esos dineros son sacados de Estados Unidos y bla bla bla. Falso. Hay un gran cártel en cada gran ciudad. Así como carpinteros, hay narcos.
—¿Se pueden legalizar la cocaína y las drogas más duras?
—Hay una sola evidencia certera en la lucha contra las drogas: que no sirve para nada. Solo a través de la educación, del amor, de la información fidedigna y temprana es que podemos salvar a la sociedad de los problemas de las adicciones. Cuando estamos bien informados y educados y se nos inculca la disciplina desde el amor y no desde las balas ni los abusos de las instituciones, es ahí cuando la sociedad puede dar un cambio verdadero para encarar el problema desde otra órbita. No soy amigo de los Estados que le dicen a uno tome Coca-Cola o tome Pepsi Cola; creo en la soberanía del ser humano.
—Pero hoy estamos muy lejos de alcanzar ese grado de educación...
—No estamos lejos, se invierten más recursos en armas que en educar. Con la mitad de lo invertido en armas para esta guerra absurda ya tendríamos resultados positivos. La guerra lo único que nos deja son muertos y huérfanos. El mundo olvida las historias todo el tiempo. Por eso me pregunto si todo esto quedará en el olvido y nadie aprenderá nada. Yo sí aprendí la lección. Yo sí me muero sabiéndolo. El mundo ya prohibió el alcohol, y hoy tienes tu botella de whisky aquí mismo, legal, pagamos el impuesto y nos dan el ticket. Antes existió la misma cadena de muertes que ocurre hoy. Falta que asumamos las debilidades humanas como propias, aceptarlas y buscarles tratamiento, acompañamiento y salidas. No es a punta de pistola que se resuelve esto.
—Repasando el documental y el libro, asombra su proceso personal, que no debe haber sido nada fácil para usted ni para su familia.
—A mí también me asombra (ríe).
—Se podría haber quedado quieto, callado, en casa...
—Y me podría haber convertido en Pablo Escobar 2.0 también. Era el camino más fácil.
—¿No hubiese sido difícil con los ojos que debe tener encima? ¿Hubiese sobrevivido?
—Hacer daño y destruir es fácil. Construir es difícil.
—¿En qué momento hizo el clic entre ser Pablo Escobar 2.0 o ser Sebastián Marroquín?
—Cuando amenacé al país (episodio que aparece en Pecados de mi padre, cuando Juan Pablo Escobar, entonces con 16 años, dice por radio minutos después de la muerte de su padre, “los voy a matar a todos yo solo”).
—Y a los diez minutos llama para retractarse.
—Ahí pensé: ¿Cómo hice para decir semejante estupidez, si yo he sido crítico de mi papá? ¿Ahora voy a salir a defender su violencia? ¿Voy a repetir su historia? Ahí me di cuenta, y de alguna forma rescaté los valores que paradójicamente mi propio papá me había inculcado de niño. A la gente le cuesta entender que un hombre así de violento me tratara con tal amor, me educara, me dijera: ‘Diga gracias, salude, despídase’. Así era mi viejo: ‘No le falte el respeto a esta persona, compórtese, no diga hijo de tantas’... y al mismo tiempo ordenaba: ‘Andá a matar a fulanito’.
—¿Y eso nunca le generó rebeldía o indignación?
—Ese análisis lo puedes hacer con el tiempo. Hoy veo esa contradicción pero no juzgo a mi papá. No soy su juez. ¿Por qué? Porque siempre voy a priorizar por encima de todo el amor incondicional que tengo por él. Eso no quiere decir que apoye su violencia.
—¿Por qué firma Juan Pablo Escobar si su nombre legal es Sebastián Marroquín?
—Es una decisión editorial para que el público sepa que es el hijo el que escribe, y no un periodista. La historia la vivió Juan Pablo pero la escribió Sebastián. Soy la misma persona, más allá del nombre, que es solo un trámite. Me cambié el nombre porque si no, me iban a matar. Y listo.
—Una reacción común ante su historia es la desconfianza; muchos piensan que usted se debe haber quedado con parte del dinero de su padre. ¿Cómo lidia con eso?
—La entiendo. Y yo también la tengo. ¿Cómo puede ser posible que no haya quedado nada? Es natural. Mi papá se mató construyendo su imperio, generando todo ese caudal de dinero. ¿Y no quedó un carajo para la familia? Quedó mucho dinero, sí, pero nos lo quitaron como un botín de guerra. Y ahora puedo contar esta historia. Hace dos años no podía.
—Parte de esa plata fue para los capos...
—A punta de pistola, todos los grandes jefes del narcotráfico venían a reclamar su parte. ‘Yo invertí diez millones de dólares en matar a tu papá. Quiero quince’ (apunta con el dedo al periodista). ¿Vos qué me respondés, yo apuntándote? (silencio). Si no se los daba, disparaban. Sencillísimo. En ese momento, equivocado, sentía que ese dinero malhabido era mío. Pero así lo sentía. Pues las herencias siempre han existido, buenas y malas. Y este era un imperio que se heredaba, había una mala herencia, pero estaba.
—Adoptar ese dinero significaba hacerse cargo de su origen...
—Pensaba que me estaban despojando a mí, a mi hermana y a mi mamá. Antes renegaba pero hoy lo agradezco porque no tengo que responder por eso. Nos despojaron, gracias a Dios. Entonces no lo viví con esta tranquilidad. Hay muchos que se suicidan en Wall Street cuando pierden millones. Yo no me colgué de una soga. Y me tocó la mirada desconfiada de mucha gente. Mirá este que se hace el que no tiene un peso y no manda lavar el auto para que no brille mucho. No podía contar a nadie lo que ahora cuento en este libro, que nos despojaron de ese dinero por la fuerza.
—En el libro no queda claro el papel de su abuela en la traición que usted menciona. ¿Ella fue quien vendió a su padre para que lo mataran?
—Con ayuda de Roberto (su tío), ¡claro que sí! Vendieron a la oveja negra de la familia. Pero ellos eran más negros que la oveja. La recompensa está a la vista: ninguno se tuvo que cambiar el nombre, ni se tuvo que exiliar y nunca más sufrieron violencia. A los seis meses mi abuela nos llamó desde Nueva York. ¿Cómo obtuvo la visa? (Con 89 años, la madre de Escobar, Hermilda Gaviria, falleció en octubre de 2006 en Medellín de una diabetes. Roberto de Jesús Escobar Gaviria es el mayor de los hermanos de la familia Escobar, conocido por el apodo “El Osito”, modificado en la serie El patrón del mal por “Peluche”. Tiene 67 años y vive en Antioquia, Colombia).
—¿Al contar esta historia tiene miedo de que alguien del entorno de su familia lo mande matar?
—Me dijo un amigo que no se pueden hacer tortillas sin romper algunos huevos (ríe). Y a mí la tortilla española me gusta. Es la misma posibilidad que existe y que siempre ha existido desde que me fui de Colombia. Desde entonces yo vivo. No me han matado todavía porque no se les da la gana. De pronto el libro acelera el trámite, vaya a saber uno.
—¿Anda con mayor seguridad o prevención?
Ando con chaleco antibalas, mira (muestra debajo de su remera Hugo Boss un crucifijo hecho con piedras negras y lo besa). El día que te va a pasar, hermano, te pasa por encima de lo que sea.
—Hace poco salió de la cárcel Popeye, uno de los jefes de sicarios de su padre, un personaje central en El patrón del mal. Incluso él se presentó de esa forma. ¿Ha tenido contacto con él?
—¡Naaaa! No es tan así. No era uno de los principales. Así se ha vendido él, pero no es la historia real. No he tenido contacto después de su salida. Sí lo llamamos por teléfono días previos al estreno del documental. Se le comentó de lo que se estaba haciendo y mandó saludos para mi mamá, como a una gran amigota. Y apenas lo presentamos salió a hablar de todo, que yo era un asesino. La Policía le paga para que diga eso.
—Entre el documental y el libro, ¿cuál ha sido su cosecha en estos cuatro años?
—La cosecha ha dado buenos frutos porque he recibido cartas de gente contando que estaban equivocados en la percepción del personaje que era mi padre, convencidos de que era un buen ejemplo. Me han reconocido sus intenciones iniciales de convertirse en Pablo Escobar y finalmente, por mi historia de vida, han entendido mi mensaje. Me siento recompensado por eso; por más que sea el transeúnte más desconocido, ya logramos cambiar una vida que iba a cometer un grave error.
—¿Para eso escribió el libro?
—Porque creo que llegó la hora de contar la verdad tal cual ocurrió y no como la han dibujado. No es la historia oficial, por supuesto. Y por el derecho que tienen las víctimas de conocer la verdad, el principio fundamental de la reparación, por más atroz que sea el crimen. Esto no está escrito para justificar los actos de mi padre. Pero sí para ponerlos en contexto y que se entiendan sus motivos para darle permiso a esa violencia tan voraz. Y el tercer motivo es mi hijo: para que nadie le eche cuentos sobre su abuelo.