N° 1815 - 14 al 20 de Mayo de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn “El tango y los discos” me referí, al desarrollar a vuelo de pájaro la importancia del disco en la difusión del tango, a una discografía básica que —lo aclaro recién ahora, justo es decirlo— la investigadora Irene Amuchástegui propuso a la Academia Nacional del Tango argentina, abarcando desde los borrosos orígenes de las grabaciones hasta las colecciones de compactos que, por su prolija pesquisa, y según su propio paladar, representan lo esencial de la historia de la música popular ciudadana, además de permitir un más fácil acceso al material.
Pero lo que llegó a llamarse “el sonido capturado” tuvo una historia más larga, polémica y probablemente rodeada de “agujeros negros” de información. Sin embargo, de lo comprobado hay aspectos muy interesantes.
Edison —que quizás jamás se enteró de lo que era un tango— patentó en 1887 la primera máquina parlante que, según el historiador Héctor Ángel Benedetti, era “capaz de grabar el sonido y luego reproducirlo a voluntad: el fonógrafo, (…) soporte que adquirió forma definitiva en 1890, cuando comenzaron a construirse en cera maciza”. Su rápida popularidad lo trajo a Buenos Aires donde, gracias a él, pronto comenzaron a grabarse discos de tango. Y bien dice luego: “Para quien nunca vio un aparato de estos ni su producto, basta con que imagine el surco de un disco común pero puesto sobre un tubito”.
Un año después se patentó el gramófono, que en lugar de cilindros utilizaba discos planos, registrando el sonido sobre un surco aunque con incisiones laterales, una ventaja a la que agregó, poco después, la de incluir dos grabaciones diferentes, una en cada lado del disco; en aras de respetar las distintas versiones hay que aclarar que durante algunos años convivieron los dos sistemas, hasta que los cilindros fueron desapareciendo alrededor de 1910.
Si al amparo de la memoria echamos la mirada atrás, el recuerdo de los primeros sellos grabadores trae de la mano anécdotas curiosas.
El primero fue Disque Pathé, de Francia: se decía que sus discos estaban grabados “en profundidad”, sin púa y con la necesidad de un aparato especial para la reproducción. En el Río de la Plata este sistema no funcionó, aunque hubo dos excepciones, según cuenta Benedetti: “lo usaron el bandoneonista Loduca y el matrimonio de Alfredo Gobbi (padre) y Flora Rodríguez”. Poco antes de iniciarse la década de 1910 apareció por estas tierras Fonogramas Marconi, cuyos discos eran irrompibles pero sufrían un acelerado desgaste. Con fecha más precisa, 1908, irrumpieron en el mercado dos sellos europeos: Homokord, de vida efímera, y Favorite Record, cuya muy escasa producción hoy resulta no solo extraña sino virtualmente inhallable.
Hubo otra empresa merecedora de que se cuente aparte su peripecia, en realidad interrumpida, como se verá, al margen de haber sido la que siguió cronológicamente a Disque Pathé: fue la Columbia Record que produjo discos desde 1904 hasta poco más de mediados de la década de 1910. Conviene remitirse otra vez al historiador Benedetti, quien hurgó con constancia y rigurosidad en esta cuestión: “Los primeros discos de Carlos Gardel, cuando aún no hacía tangos, son de esta marca. Fue un sello de capital importancia para la historia del tango. Hacia 1920, la empresa, bajo otro concesionario, editó placas con el nombre de solo Columbia. Sin embargo hay un paréntesis justo durante esa década, en que no hizo grabaciones en el Río de la Plata. Tras una breve presencia en 1930, la marca reapareció recién en 1950, primero como subsidiaria de Odeón y luego otra vez independiente.
Hay que precisarlo con claridad: durante medio siglo hubo infinidad de sellos que tuvieron poca duración y menor repercusión; describir su larga lista no aportaría demasiado. Los esenciales, o los “dos grandes”, al decir de varios investigadores, fueron, para el tango, Odeón y Víctor; el propietario del primero fue, durante varias décadas, el legendario Max Glüksmann, considerado uno de los empresarios más lúcidos y exitosos no solo en el universo de la producción discográfica sino también del espectáculo.
El libro de Benedetti 101 discos de tango revela otro aspecto de valor histórico. En Montevideo la fabricación de discos comenzó en 1944, con Sondor, marca al principio anotada en las etiquetas en correcto francés: Son d’Or.
En sus primeras placas destacaron, entre otros, Oscar Alonso, Romeo Gavioli, Hugo Di Carlo, Juan Cao, Osmar Maderna, Pintín Castellanos, Puglia-Pedroza, Donato Racciatti y Luis Alberto Fleitas.