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    ¡Párenla con los modelos!

    Sr. Director:

    “Tenemos que discutir qué modelo de país queremos”.

    Hace años que vengo escuchando esto de los “modelos de país” (y cada vez me paspa más).

    En los 60 estaba el modelo de sustitución de importaciones; después vino el “desarrollista” (andá a saber…), después los modelos tachados de“neoliberales” (pintados en diversos tonos de negro): estaba el productor de materias primas para los imperios o aquel otro, peor, de la patria financiera, con el que tanto atacaron al gobierno de Lacalle (p). Vino el boom de la soja y enseguida aprecieron las críticas al “modelo del monoculivo” y ahora leo en El País que el senador, Manini, declara: “Estamos totalmente en contra del modelo de país celulósico (sic), del país transformado en un gigantesco bosque en manos de cuatro o cinco multinacionales, con un par de miles de empleados y la gente corrida de los campos”.

    ¡Qué bajón! Cuando surgió, el Sr. Manini me pareció un hombre serio. Tenía discrepancias, de fondo y de estilo, pero apreciaba en él seriedad y solidez. Y quiero seguir creyendo que no es apenas una persona seria de cara.

    Porque lo de los modelos es un disparate, mayoritariamente fruto de la ignorancia, la haraganería intelectual y/o la ceguera ideológica (o todos los anteriores).

    ¿Acaso no se dan cuenta de la soberbia que significa que un fulano, atrás de un escritorio, se crea con la iluminación divina como para determinar qué debe hacer nada menos que todo un país? ¿Todavía no nos dimos cuenta de que el mundo cambia —sea progreso o no lo consideremos tal— por el producido de mentes que descubren o inventan cosas nuevas, ajenas a cualquier “modelo”?

    ¿Tampoco caímos en la cuenta de que si hubiéramos creído a cualquiera de los genios, detectores o detractores de los modelas “patentados”, el país estaría todavía más estancado de lo que está?

    Todo bien con repetir aquello del animal, el hombre, la piedra y el tropiezo, pero el horno no está para repetir platitudes y lugares comunes.

    Terminemos con lo de la penillanura, la planificación, el imperialismo y los peces de colores. Si queremos regodeo intelectual y la satisfacción platónica de creernos superiores a la realidad, seamos conscientes del problema descomunal que tiene nuestro país por haber elegido —implícita pero conscientemente— afincarse en un modelo, ese sí, modelo: el del Estado de bienestar, donde la gente cree, a la vez, que el gobierno debe y puede dar solución a todos sus problemas.

    ¿Saben qué? El “modelo” de la globalización está liquidando al “modelo” del país cerrado que cree que puede fabricase un “modelo” propio, a medida.

    Si queremos seguir utilizando el lenguaje pseudointelectual de los modelos, el Uruguay tiene que ir al “modelo” de la adaptación a la realidad (que no es lo mismo que aceptación). Es analizar objetiva y continuamente la realidad, la del mundo y la nuestra, para ver cómo mejor podemos armar la segunda para revolvernos bien en la primera. Será prestando servicios, produciendo vino, aprovechando los progresos tecnológicos en agricultura y forestación, generando software, promoviendo el turismo… y haciendo cualquier otra cosa que pinte. Sobre todo, sin dar la más mínima bola a los genios descubridores de modelos.

    Volviendo al modelo del Sr. Manini: no es serio hablar de un “país celulósico”; no es cierto que estemos ni cerca de convertirnos en un gran bosque, mucho menos en manos de un puñado de multinacionales y todavía menos que la forestación no emplee mano de obra (pregunte a los productores agropecuarios en zonas forestales si consiguen mano de obra), y que haya reducido el stock pecuario nacional. Por último, si algún día se aproximara la posibilidad de otra planta de celulosa, hay formas más sensatas para resolver si la queremos o no. De lo contrario, en cualquier momento nos va a dar por limitar el entore para que los frigoríficos extranjeros no tengan carne.

    Me dicen, senador Manini, que usted es un hombre lector: vaya a los filósofos clásicos y redescubra el camino del bien común como objetivo del hombre público y abandone el peligroso espejismo rousseauniano-marxista de los modelos.

    Ignacio De Posadas