Coincidirán ustedes conmigo en que la enorme fama y el éxito de las telenovelas turcas que atosigan nuestros canales abiertos son, por lo menos, inesperados.
Coincidirán ustedes conmigo en que la enorme fama y el éxito de las telenovelas turcas que atosigan nuestros canales abiertos son, por lo menos, inesperados.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSi hace unos años a uno le hubieran dicho que unas aventuras de personajes extraños, que pertenecen a tribus ignotas, que luchan, engañan, rescatan, aman, traicionan, triunfan y pierden, en ámbitos lejanos y tan diferentes a nuestra idiosincrasia, iban a tener el rating que tienen estos culebrones, uno habría dicho que eso no era posible. Pero a la vista está lo bien que les va a los canales que las exhiben, y vamoarriba. Por lo menos son menos espantosas que los bailando-por- un-sueño del futuro presidente de la AFA.
Tengo un amigo que trabaja en el departamento de programación de uno de esos canales, y el otro día me invitó a tomar un café. Después de charlar de banalidades, puso en mis manos un grueso sobre manila.
—Tengo que decidir si este libreto de otra telenovela turca va o no va, y me gustaría conocer tu opinión —me dijo, sin darme demasiado margen para negarme—. Haceme el favor, leelo y me decís qué te parece.
Acepté, lo leí, y ahora comparto con ustedes el contenido de esta telenovela que se llama “¿Qué culpa tiene Sendiçgüll?”, y además les cuento, al final, lo que le dije a mi amigo.
El argumento gira en torno a la peripecia vital de un joven turco llamado Rauliç Sendiçgüll, relatando un tramo de su azarosa vida.
Ya desde las primeras escenas aparece este muchacho de tez cetrina (como todos los turcos), tímido, agradable, de buenos modales. Para ubicarlo en su historia, unas escenas retrospectivas aclaran que este joven es hijo de un fallecido líder de la tribu de los Atatupas, de quien él tomó su nombre y su apellido. Se muestra al guerrillero en escenas de combate, arengando a sus seguidores a tomar el poder por la fuerza, atacando a un gobierno tan democrático como débil, hasta que cae prisionero. Pasa 12 años encarcelado, es liberado en una amnistía, y finalmente fallece, enfermo, en París.
Empieza entonces el protagonismo de su hijo homónimo, al que se lo ve viajar como estudiante a la isla de Creta, donde estudia y obtiene una licenciatura en Genética Humana.
Al regresar a Turquía, se vincula con un viejo amigo de su padre, el también ex guerrillero y luego político de gran prestigio Pepolis Mujikul, quien lo promueve dentro de la fuerza política llamada Frentamplik, en la que realiza una vertiginosa y ascendente carrera.
Siendo gobierno el Frentamplik, a Sendiçgüll lo designan primero vicepresidente y luego presidente de la refinería estatal de petróleo llamada Ankapoliç, donde pasa varios años, hasta que luego lo designan ministro de Industria, Energía y Minería. Su gestión es tan deslumbrante, que el muchacho termina siendo candidato a la vicepresidencia de Turquía en la fórmula encabezada por el anciano médico Tabaraibas Vaskolet, la cual triunfa en las elecciones.
Cuando ya nadie dudaba de que Rauliç Sendiçgüll era el candidato cantado para encabezar la fórmula del Frentamplik para las elecciones siguientes, una comisión investigadora de las irregularidades que se encontraron en la única refinería del mundo que daba pérdidas, la Ankapoliç, determinó que el joven y promisorio político fuera llamado a declarar en el Congreso, acerca de los escandalosos y ruinosos negocios de esta enorme empresa, de hecho, la más grande de Turquía.
Cuando le exhiben a Sendiçgüll los documentos que probaban las enormes pérdidas de la empresa, que de hecho determinaban la quiebra, así como la ruinosa situación de la refinería, y le preguntan por las razones que pudieron haber determinado esa catástrofe, Sendiçgüll manifestó que los fondos perdidos se debían a que Ankapoliç subsidiaba los boletos de los autobuses de transporte público, y por eso había registrado enormes pérdidas.
A renglón seguido, los dirigentes de las empresas de transporte público desmintieron ese mamarracho, demostrando que Ankapoliç no subsidiaba ningún boleto.
Contrariado porque tuvo que volver a dar explicaciones de la espantosa gestión de la empresa pública durante su presidencia, el joven vicepresidente de la república culpó entonces al ministerio de Economía y Finanzas por las pérdidas, y además afirmó que los fondos habían sido destinados a aumentarles el sueldo a los pisteros y demás empleados de las gasolineras pertenecientes a Ankapoliç.
Otra vez fue desmentido por las propias autoridades de su propio país, dando una paupérrima impresión, siendo criticado hasta por sus propios correligionarios.
A eso se sumó que en la investigadora aparecieron otras irregularidades linderas con el delito, que incluían gastos enormes en fiestas en las que se inauguraban dependencias de la empresa (en determinado momento de sus declaraciones, al ser cuestionado por este punto en particular, dijo textualmente: “No sé, yo no organizo las fiestas”), que incluían también los costos elevadísimos para construir un barco que nunca se puso en servicio, y los costos agregados al arrendamiento de otros barcos porque el que habían mandado hacer no andaba, los ingentes gastos millonarios en publicidad realizados por una agencia designada a dedo, sin licitación, propiedad de un amigo de uno de sus amigos, que además sobrefacturaba sus honorarios, y por fin, cuando ya mi capacidad de asombro desbordaba, la contratación de publicidad en una radio que todavía no existía, ahí me dije a mí mismo: “aquí paro, esto no puede ser”.
Y lo llamé a mi amigo, le agradecí la confianza en pedirme mi opinión sobre este rocambolesco argumento, y le recomendé que lo rechazara, y no lo pusiera al aire.
—Nadie te lo va a creer. Esta es una historia increíble. Por más telenovela que sea, todo tiene un límite —agregué.
Pero a lo mejor, justamente por eso, por lo surrealista de la historia, capaz que igual la ponen al aire. Habrá que esperar.