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    ¿Qué es ser “de izquierda”?

    Sr. Director:

    De un tiempo a esta parte, ya nadie se pregunta dentro de la izquierda qué es ser de izquierda. Ya sea por pereza u oportunismo, las preguntas incómodas son barridas bajo la alfombra. Y quienes se atreven a levantarla, saben a qué atenerse: primero van a ser ninguneados y luego acusados de servir a la derecha. En ese reflejo condicionado, primitivo y reaccionario, está probablemente la explicación a la servidumbre intelectual de tantos “progresistas”, y la razón por la cual los eslóganes sustituyeron al espíritu crítico y la defensa del statu quo al deseo de cambio.

    Hoy, ser de izquierda ya no implica abrazar una corriente de pensamiento, perseguir una utopía o seguir una determinada forma de vida sino cultivar un puñado de prejuicios heredados, cumplir ciertos rituales tradicionales y ubicarse en la vereda de enfrente de aquel o de aquellos que el interesado ubica precisamente en la “derecha”. En efecto, la izquierda ya no se define por un conjunto de valores y principios positivos, por un proyecto de sociedad o por un sueño colectivo, sino por oposición a un espantapájaros maléfico construido simbólicamente por ella, al que sus feligreses recurren cada vez que quieren expiar alguna culpa o precisan una excusa para salir del paso o simplemente pretenden legitimarse ante la opinión pública.

    La derecha, en suma, es una categoría pasiva. Es lo que la izquierda quiere que sea. Por eso, en el imaginario popular, construido por y para aquellos que se autoproclaman de izquierda, conviven fachos y liberales, demócratas y totalitarios, chauvinistas y cosmopolitas. No importa qué es lo que piense realmente cada uno, ni mucho menos que unos estén en las antípodas de los otros; importa que estén del otro lado. Con eso alcanza y sobra para “estar a la izquierda”. Cuestión de coordenadas, dirían los geógrafos.

    Así pasa en la Venezuela de estos días, en la que el gobierno chavista ubica de un lado a los “buenos”, ellos, y del otro a los “malos”, los otros. Un gobierno que se proclama revolucionario y popular, pero reprime a estudiantes y opositores que reclaman sus derechos, y pretende justificar su creciente autoritarismo acusándolos de golpistas, de ser parte de la “oligarquía” y de servir a los intereses del Imperio. ¿Qué hace el resto de la “cofradía progresista” frente a este drama, concreto y real? Los más cautos —es decir, los más cínicos— guardan silencio; el resto manifiesta su apoyo a Maduro y suscribe sus teorías conspiratorias, sin hacer mención siquiera a los muertos que yacen en las calles de Caracas y otros puntos de la Patria de Miranda.

    Algo similar ocurre con el régimen castrista desde hace algo más de medio siglo, que prostituyó lo que en su momento fue una revolución libertadora transformándola en una satrapía feroz, en la que los “disidentes” son perseguidos, censurados y encarcelados, pero sigue contando aún hoy con la complicidad militante del “progresismo” internacional y los náufragos del socialismo real.

    Nuestro gobierno no es la excepción. No solo aplaude y defiende a sus “primos políticos”, sino que además cultiva esa lógica de confrontación basada en la demonización del otro. Hace pocos días, sin ir más lejos, el presidente de la República realizó declaraciones a la prensa en las que manifestó su apoyo a la candidatura presidencial del Dr. Tabaré Vázquez, y exhortó a los uruguayos a no hacer “experimentos”. Luego, en su espacio radial, aclaró que no se refería a los “pleitos internos del Frente Amplio”, sino a la “disputa entre la izquierda y la derecha”, a la que, según él, “como hombre de partido” no puede “renunciar”. ¿Será que si el presidente no fuera el “hombre de partido” que dice ser, sentiría mayor respeto por la Constitución y se mantendría al margen del debate electoral? ¿Y si no estuviera preocupado por la “disputa entre la izquierda y la derecha” pensaría diferente sobre la situación en Cuba y Venezuela, por ejemplo?

    Vuelvo al principio, ¿qué es ser de izquierda, concretamente, para un señor que se proclama amigo de Maduro y admirador de Fidel, y es socio, al mismo tiempo, en “experimentos sociales” con magnates de la talla de Soros y Rockefeller? ¿Qué es ser de izquierda para Tabaré Vázquez, que piensa, vive y siente como un hombre de derecha y no tiene inconveniente en abrazarse con Bush, asesorar al FMI y andar del brazo con los sectores más recalcitrantes de la Iglesia Católica? ¿Qué es ser de izquierda para Bergara que se presta gustoso a tocar la campanita de cierre de operaciones de Wall Street? ¿Y para Cánepa, que proclama alegremente “el triunfo del marxismo”? ¿Qué es ser de izquierda para Topolansky, que quiere fuerzas armadas fieles a su fuerza política? ¿Y para las bases del MLN que aún aspiran a la liberación nacional y el socialismo? En fin, ¿qué es ser de izquierda?

    Para todos ellos, es estar de un lado de la calle y convencer al mundo de que ese es el lado correcto. No es una cuestión de principios, ni una forma de percibir el mundo, ni una posición ética, ni un compromiso de vida, sino, apenas, una máscara.

    Gustavo Toledo

    CI 3.680.356-9

    Balneario Solís (Maldonado)