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    ¿Qué onda la fraternité?

    Sr. Director:

    Siempre me pareció algo peculiar. Desde que me enganché con la Revolución francesa, gracias a las extraordinarias clases de Carlitos Pittaluga.

    Liberté y egalité, todo bien. Hace sentido. Pero de qué juega la fraternité?

    Es interesante recordar que, contra lo que suele creerse, no es una fórmula que Francia haya entronizado desde su Revolution.

    Aparece sí en esa época, primero como iniciativa de la Commune de Paris, (inventora de los peores relajos de la Revolution), pero no fue recogida e institucionalizada ahí. A esa altura, era uno de varios slogans y ni siquiera aparece en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, de 1789. A diferencia de los otros dos pilares del tríptico, que sí son tratados.

    A propósito, las definiciones que de estos hace la Declaración nos dan una pista de por dónde va a asomar la fraternité.

    La libertad –dice el art. 4– consiste en poder hacer todo aquello que no dañe a terceros. Su límite está en el mismo derecho que estos tienen.

    En cuanto a la igualdad, su concepción a esa altura es netamente jurídica (art 6.: la ley debe ser la misma para todos, sea que proteja o que castigue).

    Así, pues, en los albores de la Revolution no se planteaba el problema de una posible incompatibilidad entre libertad e igualdad, ni tampoco que una estuviera subordinada a la otra.

    La cosa se complicó cuando la Revolution se picó, a manos de los Jacobinos. Para empezar, cambiaron el sentido de la igualdad: pasará a ser igualdad de resultados, no simplemente ante la ley. El tema es que si se deben igualar los resultados, no hay otra que usar la compulsión. ¿Cómo atar esas moscas por el rabo?

    Ahí aparece la fraternité como el pegamento adecuado.

    Pero durará poco: cuando terminan haciéndole pelo, barba y algo más a Robespierre, desaparece del tríptico y después vino Napoleón, que no estaba para romanticismos.

    Recién con la Monarquía de Julio y proviniendo de pensadores católicos, reaparece: “Todo hombre aspira a la libertad y a la igualdad”, dirá la Revue Republicaine, “pero no puede alcanzarlas sin la fraternidad”, (entendida como la ayuda de otros).

    Será con la revolución de febrero de 1848 que se restablece formalmente el tríptico, como concesión de Lamartine a las presiones populares parisinas. La Fraternité aparece como una suerte de religión ciudadana.

    Pero, otra vez un Napoleón, esta vez el III, la mandará borrar: una palabra hueca, sueño idealista del Romanticismo.

    Con la Tercera República vuelve a resurgir y es oficializada, ahora concebido como solidaridad, sobre todo estatal.

    Esta vez tira por más tiempo, hasta que Petain la sustituye por: “trabajo, familia y patria”

    Será con la Liberation que Francia consagra formalmente y en forma definitiva (esperemos), la fórmula que pasa a identificarse con el ser francés. Es posible que también esta vez hayan jugado presiones de la izquierda: los comunistas fueron muy fuertes en ese proceso.

    Este rápido recorrido histórico da pistas de por qué aparece, en una fórmula filosófico-política, un ingrediente de otra índole. La fraternité no es un concepto filosófico, sino más bien un sentimiento o, a lo sumo, un ideal, una meta.

    La explicación del porqué de esta rueda de auxilio está en las dificultades que presenta el aterrizaje concreto y consensuado de la libertad y la igualdad.

    Ambas evolucionaron. Hoy nadie se conforma con una mera libertad negativa, (la libertad “de”, que refería Isiah Berlin): queremos una libertad “para”, (desarrollarnos, progresar, adquirir, etc.) y lo mismo con la igualdad: ¿de qué me sirve ser igual ante la ley del que vive como un duque si yo no tengo donde caerme muerto?

    De esta forma, libertad e igualdad cinchan en direcciones opuestas; para igualar no hay más remedio que imponer.

    Fieles a su romanticismo voluntarista, los franceses creyeron encontrar la solución del acertijo en la Fraternité. Que es el buenismo.

    El problema está en que, para ser efectivo, suele ser impuesto por el Estado.

    En la filosofía cristiana, en cambio, el dilema se resuelve teológicamente: con el mandato del amor.

    Que es otra cosa.

    No es el mandato de la voluntad (desde Rousseau sujeto a interpretación por parte del poder).

    La democracia moderna vive el dilema libertad-igualdad y en muchos casos no lo ha resuelto (o lo ha hecho mal).

    La pérdida de valores, consecuencia de haber abandonado el derecho natural, deja a las sociedades sin herramientas para el desarrollo del ser humano.

    ¿Y cuál es ese desarrollo? La capacidad efectiva (no bocineada) de amar.

    La felicidad del hombre radica en que puede vivir esa capacidad.

    El amor cristiano es algo mucho más profundo, pero a la vez más concreto que la fraternité.

    Ignacio De Posadas