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    ¿Quién limpia tu water?

    De pronto, una vieja voz conocida es citada por todos: televisión, radio, prensa, internet, boliche, sala de profesores. Se repiten sus dichos. ¡Una vez más! Los unos lo hacen con horror, los otros muertos de risa, algunos con el convencimiento de que es “el único que se anima a decir la verdad”.

    Entre el torrente de improperios aparecen las “feministas intelectuales con sirvienta”. Me doy por aludida en dos vértices del triángulo en el farfulleo del anciano cada día menos venerable.

    Me ha interesado toda la vida la defensa de los derechos de las mujeres. En lenguaje criollo, soy feminista. Desde los cinco años ando leyendo libros. Luego estudié Letras en distintos ámbitos académicos. En lenguaje vulgar, soy una intelectual.

    Falta que tenga “sirvienta” para convertirme en algo peor que una “trituradora”. La palabra sirvienta tiene un tufillo degradante y raíz castiza. Los uruguayos hace décadas que dicen “empleada”. Tal vez los Mujica terratenientes venidos del Reino de España llamaran así al personal doméstico.

    Mi hija es nieta de una ex sirvienta. Su abuela paterna vino en un barco sola, sin saber leer ni escribir, y apenas balbuceando castellano, pues en su aldea gallega nadie lo hablaba. A trabajar de sirvienta. Durante décadas. (A sus 89 años, tiene una jubilación miserable). Claro que sus hijos recibían enciclopedias de regalo en sus cumpleaños y hoy son profesionales universitarios.

    Pero el anciano hablador desprecia el oficio de “sirvienta”. No deberían trabajar, y menos para una mujer feminista. (Para un intelectual, tal vez sí).

    Las mujeres ni-ni del Plan Juntos le provocan más admiración que las sirvientas. No trabajan, pero usan sus vientres.

    ¿Quién limpiará el water del anciano? Desde hace mucho es político profesional y anfitrión de asados. Aunque tal vez vigile el fuego y reparta el beberaje, al volver a su casa tras la comilona, ¿qué pasa con el water?

    Descarto que lo haga él mismo o su esposa Lucía, militante crónica y visitante perpetua de medios de comunicación. Aunque a lo mejor se hagan un tiempito y usen agua jane y la escobilla, inclinados pese a sus años, rasqueteando.

    No tengo interés en leer ninguno de los libros que llenan las vidrieras del espacio dedicado a “autores nacionales” en las librerías, donde los periodistas le hacen preguntas. Tal vez allí conste.

    Los sábados he hecho un pacto conmigo misma: solo ese día no preparo clases, no corrijo pruebas, ni leo ensayos. Solo libros de ficción, cama y películas. Y limpio mi casa. Es mi terapia.

    Con los años y los kilos, se me hace difícil ponerme en cuatro patas para restregar la ducha. Ahora me siento en un banquito ratón. Pero sacar la mugre me hace bien. Lo vivo como un acto de sanación, como ir a andar en bici por la rambla.

    Y mientras tanto, pienso.

    Por ejemplo, este sábado me imaginaba a mí misma rompiendo con fruición el voto de la elección municipal.

    Con intensa satisfacción, barajaba los argumentos para hacerlo mientras cepillaba las baldosas.