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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn la última edición de Búsqueda encontramos por lo menos dos columnas que tratan un tema de gran trascendencia: lo que en boca del Cr. Astori sería “la necesaria renovación ideológica de la coalición de gobierno”. Me refiero a las columnas de Daniel Gianelli con Ideas viejas en un mundo nuevo, y de Michelle Santo en ¿Renovación o cambio total? Claudio Paolillo en Politiquita toca también el tema, aunque de forma más tangencial, al referirse a las enormes diferencias internas que afectan al FA.
La preocupación por la anunciada “renovación” es grande y no es para menos, tratándose de una coalición que ya lleva tres victorias consecutivas en elecciones nacionales y se perfila seriamente para una cuarta. Algo tan necesario y sano para el funcionamiento democrático como es la rotación de partidos en el poder, parece estar amenazado y lo está en cabeza de una fuerza política que alberga a muchos que aún conciben el poder como una “toma” (en el sentido militar de la palabra) y no como un ejercicio temporario. Aunque parezca un contrasentido, hemos quienes conocemos el Frente Amplio desde antes de su nacimiento, desde su embrión, desde su etapa fetal, desde aquel sesentista “obreros y estudiantes unidos y adelante” que acuñaron las “corrientes marxistas fundacionales del Frente Amplio”, tal como las llama Daniel Gianelli y que son en Uruguay izquierdas que han conservado, como en pocos lugares, la ideología original y el dogmatismo. Permítaseme en consecuencia, aportar una dosis de pesimismo en lo que refiere a esta esperada “renovación”.
Conocida por todos es esa expresión tan gráfica que tiene por autor a Claudio Fantini: “la grieta”. Esa fractura que, en el umbral de la aldea global, amenaza la vigencia de las democracias, al cobijar en su seno a especímenes que se ubican en ambos extremos del espectro político con claras intenciones de perpetuarse en el poder. En otras latitudes, esa “grieta” viene en el envase de las teocracias y de las satrapías, en algunas parecen estribar en los rebrotes de la ultraderecha, en otras propone el aislacionismo y la supremacía nacional. No es el caso uruguayo. Nuestra grieta antidemocrática comenzó a gestarse en los sesenta con la insurrección marxista, la que trajo de la mano su antítesis militarista, también antidemocrática, y una vez restaurada la democracia resucitó con sus viejos objetivos estratégicos de largo aliento, que permanecen hasta hoy incambiados. Pero el que crea que la grieta uruguaya está definida por la contradicción “coalición de gobierno” versus “coalición opositora” se equivoca. La grieta uruguaya atraviesa transversalmente la coalición de gobierno e incluso lo hace también al interior de alguno de sus partidos.
Conocidas por todos son también las durísimas críticas que el expresidente Lacalle ha publicado en sus columnas de El País a la ya larga conducción económica del ministro Astori y su equipo. Sin embargo, hay más distancia entre Astori y los frenteamplistas radicales que entre el ministro de economía y el expresidente. Quienes compartimos con Luis Alberto Lacalle Herrera una visión liberal de la economía, discrepamos con Astori a lo largo y ancho de toda su conducción económica. Pero, al menos desde fines del siglo pasado, comenzamos a compartir con los sectores moderados del FA, extremos muy básicos en torno a la concepción de la sociedad en sus aspectos más elementales.
Compartimos, en primer lugar, que nunca lo político puede estar por encima de lo jurídico, porque cuando eso sucede, estamos ante una situación de facto que rechazamos de plano, sea ella de derecha o de izquierda. Y es precisamente esta, una de las definiciones claves que agrietan a la coalición de gobierno y que se manifiesta claramente al respecto del régimen de facto imperante en Venezuela. Los sectores radicales fijan su atención antes que nada en el sentido que toman las reformas socioeconómicas que impone un gobierno. Si ellas van por la senda socializante, colectivizadora o estatista, entonces poco importa el estado de derecho. El funcionamiento jurídico político legítimo es algo secundario. Esto es así desde siempre en la izquierda fundacional, al punto de que siempre que ha luchado contra dictaduras, ellas han resultado ser dictaduras de derecha. Con Astori tenemos enormes discrepancias, pero al menos estamos de acuerdo en que ellas deben dirimirse dentro del funcionamiento del orden jurídico.
En la izquierda radical ello no es así. Se sigue un derrotero al final del cual se encuentran, en lo económico el socialismo real y en lo político su necesario correlato: la permanencia en el poder a como dé lugar. Mientras le prenden velitas al socialismo, legislan en pro de un aumento del gasto público que no reconoce límites, por lo que debe ser seguido de los consiguientes ajustes fiscales. Se va conformando una economía con creciente protagonismo del sector público: se incrementa el número de funcionarios y las empresas públicas abarcan más actividades económicas. Se llega así a la inédita situación en la que, luego de un ciclo económico de auge que dura ya 14 años, la economía pierde empleos e inversiones. Crece el número de procesos concursales. Para lograr inversiones hay que buscarlas afuera y prometer un país paralelo, con más obras públicas, sin impuestos, con mejor educación y menos PIT-CNT. Se pacta con inversores que manejan proyectos de miles de millones de dólares, algo imposible para el capital privado nacional. En el marco de esa estrategia, Astori es un compañero de ruta. Alguien que demora el proceso, logrando pequeños recortes en el aumento del gasto y desarrollando una ingeniería tributaria de ajustes fiscales permanentes, que por el momento vienen evitando el descalabro. Demora el proceso, pero también lo hace posible al dotar a la coalición de los votos con los que se hace de la mayoría. La consolidación del proceso económico descripto va haciendo cada vez más dificultoso un cambio de orientación política, porque al someter al sector privado, se propone eliminar la diversidad social, sin la cual no resurge fácilmente ninguna economía de mercado. El propósito final es verla reducida a pequeños emprendimientos cuentapropistas, que subsistirán languideciendo, en tanto serán los únicos capaces de eludir la insoportable presión fiscal que se cierne a partir de un gasto fuera de control. Y hay suficientes experiencias para saber que es un objetivo que no se logra sin el progresivo recorte de libertades y garantías.
Compartimos con los sectores moderados del FA que el comercio internacional genera mayor prosperidad, tanto más cuanto menor sea el país que busca acceder a los mercados en régimen de libre comercio. Sabemos que el proteccionismo es una bandera de reemplazo (ya que no es un estandarte originario de “izquierda”) que enarbolan los sectores radicales y que dentro de la estrategia descripta en el párrafo anterior, cumple el papel de impedir el desarrollo del sector privado nacional al dificultarle el acceso a nuevos mercados. La economía cerrada (otro componente de la grieta), es también funcional a la producción de bienes y servicios de las empresas públicas, siempre caros, siempre de mala calidad, por lo que en el marco de la estrategia descripta, resulta beneficioso alejarlos de la competencia del mercado internacional.
Compartimos con el sector de izquierda que abjuró del leninismo, el papel de los sindicatos, en tanto organizaciones obreras reivindicativas, de luchas puntuales, en donde la norma y el objetivo debe ser la colaboración con los empresarios y no el eterno enfrentamiento contra un enemigo. Rechazamos por lo tanto la concepción de la lucha gremial permanente, como forma también de lograr una permanente agitación (agrandar la grieta), no buscando mejores condiciones para el trabajador, sino persiguiendo la acumulación de poder político.
Sabemos que el derecho de propiedad debe respetarse sin cortapisas, no solo porque es un derecho individual inalienable, sino porque también su defensa resulta beneficiosa hasta para los sectores más desposeídos de la sociedad. Por eso, entre otros extremos, nuestro país desde siempre (también en la administración de Astori) ha honrado sus compromisos financieros y defiende la conservación del preciado “grado inversor”.
Son estos aspectos básicos los que compartimos con los sectores moderados del FA y a la vez, esos mismos extremos son los que agrietan la coalición de gobierno. Así pues, antes que pretender “renovar” lo irrenovable, las fuerzas políticas uruguayas deberían realinearse en torno a denominadores comunes, como son en el primer mundo, en el Occidente avanzado y democrático, las concepciones de inspiración liberal por un lado y las tendencias socialdemócratas por otro y así aislar a los dinosaurios de la ideología. Antes de proponerse “renovar” a quienes no se deciden a condenar el oprobio soviético, a quienes siguen viendo a la dinastía de los Castro como el numen inspirador de todas las revoluciones, a quienes apoyan a la satrapía del narco socialismo venezolano del siglo XXI o vieron con envidia el mamarracho kirchnerista, los moderados del FA deberían cabecear el centro que desde el Partido Independiente les levanta Pablo Mieres, con quien compartirían perfectamente un programa de gobierno socialdemócrata.
Y la oposición, nuestra querida oposición…; no es propósito de quien suscribe estas líneas dictar cátedra acerca de cómo se gana una elección y mucho menos ante quienes han hecho de la actividad política una profesión. Sin embargo, es indudable que vamos mal. En 1971 irrumpió el FA en la política electoral uruguaya, dotando a los sectores de izquierda de una presencia muy significativa, hasta entonces desconocida. Reconquistada la democracia, las mayorías de los partidos fundacionales fueron cada vez más exiguas. En 1999, el Dr. Batlle ganó gracias al estreno del balotaje y bien podría haber dicho: “après moi, le déluge”.
Puede ser que el éxito electoral del FA, que sobrevino luego, estribe en el corto plazo en ser un partido catch all, como lo define Paolillo. Pero su imperio electoral de largo aliento descansa en la creación de una cultura hegemónica en el más puro sentido gramsciano, tal como refiere Gianelli. Hay muchos frenteamplistas enojados y desencantados con la coalición de gobierno, pero ellos no van a votar a los partidos de la oposición. No por los defectos del bloque opositor tan duramente criticados en el presente, sino porque esos votantes están inmersos en una cultura hegemónica que les castró la posibilidad de elegir otra cosa que no sea el F.A. La oposición en su contenido más amplio, entendido no solo como la oferta de candidatos políticos, sino como toda la masa de ciudadanos que la integramos, debe imponerse la larga tarea de construir un bloque cultural antihegemónico, que priorice la creación de riqueza, supeditando a ella el ulterior proceso redistributivo, que revalorice sin tapujos la libertad individual, la tolerancia religiosa, el respeto a la diversidad, el éxito económico, el mercado, la propiedad, la iniciativa privada, la legítima ganancia, el comercio internacional, los equilibrios macroeconómicos, la libre competencia, la acumulación de capital, la inversión, la creación genuina de puestos de trabajo; en suma: una cultura funcional al desarrollo económico y humano propio de las economías de mercado.
Juan Pedro Arocena Lasserre
CI 1.246.439-7