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    “Si el Uruguay quiere suicidarse…”

    No debe haber tarea más pedagógica que volver la vista en la geografía de la historia y detenerse a estudiar algunos paisajes. Ante la andanada de improperios, insultos, guarangadas y desmanes verbales que se canalizan diariamente en la América sureña, sin interés alguno por reflexionar sobre los problemas de fondo, nada mejor que releer piezas maestras de la oratoria como el discurso presidencial de Oscar Gestido al asumir su cargo el 1° de marzo de 1967.

    Para comenzar, Gestido apeló a la unidad nacional y al  abandono del constante reparto de culpas para abocarse a la búsqueda de una salida común: “Todos, en una u otra medida, estamos comprometidos con la situación actual. Todos somos, en consecuencia, responsables de encontrar la salida que nos permita enfrentar los sacrificios del presente con equidad y el reparto de los beneficios del futuro con justicia”.

    Uruguay tenía 250.000 empleados públicos y 325.000 jubilados, recordó Gestido, y señaló: “No escapa a este gobierno la necesidad de investigar exhaustivamente, por primera vez, la incidencia de los costos de la excesiva burocracia en los servicios públicos y al lado de detener drásticamente el crecimiento de la burocracia, exigir a los que están en ella que cumplan con su deber y mejoren la calidad de los servicios”.

    La deuda externa superaba los 500 millones de dólares y las reservas de oro (reducidas a menos de 150 millones) se encontraban en gran parte comprometidas. Por eso, el nuevo mandatario subrayó: “Hemos recibido un país que gasta en un año, en presupuesto de la Administración Central y de los municipios, cerca de 30.000 millones de pesos sin contar con los presupuestos de los entes autónomos, comerciales e industriales, que llevarían esa cifra a los 40.000 millones de pesos. Son 500 millones de dólares: como nuestra deuda externa. Pagaremos en total en un año una suma igual a 500 millones de dólares”.

    “Mientras tanto, las exportaciones, en los últimos años, no alcanzaron a un promedio de 175 millones de dólares. A los precios actuales, significa que el país gasta en sueldos y gastos de la Administración Pública central y municipal, más de dos años de exportaciones. Y si se tiene presente que la casi totalidad de estos gastos está destinada a pagar sueldos, queda claro que ese enorme esfuerzo de la ciudadanía no está dejando mayores inversiones para el futuro, como nos dejaron nuestros mayores, ni estamos asegurando los medios necesarios para que los servicios sean cumplidos con un mínimo de eficiencia”.

    La conclusión de Gestido fue impactante: “Nos estamos devorando las entrañas; hemos estado viviendo mucho más allá de nuestras posibilidades. Hemos mantenido la ficción de que podemos seguir viviendo con lo que tenemos y con lo que producimos actualmente. La dura realidad se encarga, día a día, de demostrarnos hasta qué grado hemos llegado en este proceso de convertir a la República en una inmensa ventanilla para pagar sueldos presupuestales. Nada queda para las reservas, nada queda para equipos, nada queda para establecer las bases necesarias para impulsar el progreso nacional de la Nación. Quedan deudas. Es un proceso de aniquilamiento de la República para mantener una burocracia que se expande injustificadamente, cuando supera ciertos límites, transformándola entonces en un mecanismo improductivo. Y esas personas, que en un horario administrativo de 8 horas aparentan cubrir tantos cargos, se convierten luego en beneficiarios de jubilaciones por tareas no realizadas. Y el contribuyente sigue pagando. Mientras tanto, se le está quitando trabajo a los desocupados y se le está cerrando toda posibilidad a la juventud que quiere, con razón, labrarse su camino en la vida”.

    Uruguay había entrado en un proceso de verdadero suicidio colectivo. Los síntomas eran nítidos y Gestido señaló que “a pesar de la situación económica, se continuó efectuando nuevos nombramientos innecesarios de empleados públicos, cuando no se podía comprar materiales imprescindibles para mantener los servicios del Estado; cuando se sabía que en el momento en que los materiales existentes llegaran a su vida final, y ya está ocurriendo, sufrirán las industrias, sufrirán todos, con las consecuencias imaginables. Hay dificultades en el servicio de energía eléctrica; los servicios de comunicaciones telefónicas y de correos están deteriorados, nuestro sistema de transporte ferroviario llega ya a la última etapa de sus posibilidades, por falta de reposición de materiales. En una palabra: hemos recibido un país que teniendo uno de los montos de gastos públicos más altos del mundo en relación con su producción, está al borde de la paralización, porque no dispone de los recursos financieros para mantener sus servicios”.

    El discurso de Gestido desnudaba una situación de extrema gravedad, producto de viejas políticas equivocadas y del accionar de grupos de intereses y de presión, tanto dentro de los partidos de gobierno como en la oposición.

    Para finalizar, el novel presidente recordó palabras que había pronunciado en la Asamblea General: “Si el Uruguay quiere suicidarse no hay gobierno, aunque sea de dioses, que pueda impedirlo. El Uruguay tiene tan sólo un gobierno de hombres. Pero si el Uruguay está dispuesto a salvarse, con esfuerzos y con sufrimientos, que no son sobrehumanos, que son muy pequeños frente a los de tantos pueblos en el curso de la historia, entonces dos millones y medio de habitantes, que tienen el patrimonio de un país fértil y sin problemas insolubles, tienen al alcance de la mano un estupendo país”.

    Oscar Gestido tenía la llave de la puerta de emergencia en su mano, pero raros y contados eran quienes estaban dispuestos a seguirlo. Murió de un ataque cardíaco el mismo año que dio su discurso-veredicto: el 6 de diciembre de 1967. El país siguió raudo y entusiasmado en su proceso de autoliquidación.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor

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