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    “Si no se hace algo diferente”, Uruguay va camino a estancarse

    El acuerdo para UPM 2 muestra “cuáles son las políticas” que el país “debería tener en general para ser atractivo para la inversión”, afirma el representante de la CAF-Banco de Desarrollo de América Latina

    La CAF-Banco de Desarrollo de América Latina está de mudanza por estos días, dejando los dos pisos que ocupa en la Torre Ejecutiva para pasarse a la sede propia, ubicada a pocos metros, que construyó con una inversión de US$ 40 millones. Allí funcionará su representación en Uruguay y seguirá actuando como hub para atender operaciones de Argentina, Bolivia, Chile y Paraguay. El edificio, además, alberga salas de cine de Cinemateca, una galería de arte, el boliche Fun Fun, y cuenta con espacios públicos, todo lo que, según el director representante del organismo en el país, Germán Ríos, hará de “palanca” para apuntalar la Ciudad Vieja.

    La sede se inaugurará el martes 4 con una sesión del Directorio—integrado por ministros o presidentes de bancos centrales de los 19 países miembros y delegados de los bancos privados accionistas— y una visita protocolar de Tabaré Vázquez. Dos días después habrá un foro que tendrá como disparador un documento del organismo sobre productividad, un tema que Ríos considera clave para el futuro de Uruguay.

    Para este economista venezolano que tomó el cargo hace poco más de un año, la disposición al diálogo para buscar consenso, aunque sean procesos lentos, es un activo del país. Pero sostiene que el acuerdo negociado por el gobierno con UPM para que instale su segunda planta evidencia cosas que hay para corregir. Y advierte que “si no se hace algo diferente hacia delante”, lo que viene será estancamiento.

    Lo que sigue es un resumen de la entrevista que mantuvo esta semana con Búsqueda en las oficinas de la CAF, mientras los obreros daban el toque final al nuevo edificio.

    —¿Por qué elegir al país para instalar una sede regional?

    —Montevideo tiene buena conectividad y luego está el síndrome del país grande: si la pones en Buenos Aires, a los brasileños no les gustaría mucho, y si eliges Brasilia, a los argentinos tampoco les gustaría. Fue una opción natural; Uruguay también ofrece estabilidad macroeconómica e institucional. Esta obra es un buen ejemplo: todos los contratos fueron respetados.

    —El estudio Instituciones para la productividad: hacia un mejor entorno empresarial señala que el producto por habitante de América Latina se mantiene en aproximadamente 20% del de Estados Unidos, como en 1960, y aboga por un “pacto” por la productividad. Uruguay, que no está lejos de ese promedio, ¿cómo debería atacar el problema?

    —Es una de esas problemáticas bastante generalizadas en la región. La idea es tomar los factores de producción que ya tenemos y que den más millaje. Las recomendaciones son más o menos obvias y el demonio está en los detalles, en cómo lo implementas. ¿Cómo hacer la mano de obra más productiva? Hay que dar una educación de más calidad; todos los indicadores muestran —inclusive en Uruguay—que no nos va bien en los exámenes estandarizados y la tasa de deserción en Secundaria es alta. Hay que lograr una motivación que les diga a estos chicos que terminar el liceo les dará un plus en el mercado laboral.

    Por otro lado, los costos tienen mucho que ver con la logística. No solo pasa por tener la infraestructura física sino con operarla mejor.

    Lo mismo pasa con la innovación y tecnología. La decisión es relativamente fácil: no se va a crear aquí un centro de genética molecular, pero sí se puede tomar algún atajo y aprovechar los potenciales del país, por ejemplo, en tecnologías de la información.

    En este sentido, siendo una iniciativa relativamente nueva, Transforma Uruguay suena interesante al tratar de coordinar los esfuerzos públicos con las cámaras y la academia. De eso se trata un poco esto del pacto por la productividad.

    —Los pactos de este tipo requieren de voluntad política de las partes, algo que habrá notado que no es fácil lograr en Uruguay…

    —Hay tres cosas que me llaman la atención de cómo hacen las cosas.

    Primero, aquí hay diálogo; eso no quiere decir necesariamente que resuelvan nada, pero es importante cruzar puntos de vista. No hay polarización como en otros países.

    Segundo, y ligado con esto, esto hace mucho más sencilla la probabilidad de alcanzar consensos mínimos para implementar políticas.

    Chile, es cierto, venía de una gran dictadura y luego tuvo alternancias de derecha e izquierda. Pero en torno a la visión de país del largo plazo había ciertos acuerdos respecto hacia dónde ir. Y este es mi tercer punto: esto pasa también en Uruguay, aunque los procesos son más lentos. Viendo el debate público, se pueden encontrar matices, pero en general hay ciertos acuerdos.

    —Sin embargo, aunque parece comprenderse que se precisa abrir el país al mundo, votar el TLC con Chile llevó dos años.

    —Eso confirma mi teoría. Tomó mucho tiempo por los matices: algunos leían ciertas amenazas del TLC, aunque sabían que había que abrirse. Eran detalles.

    Se puede hacer una apuesta estratégica: por el Mercosur y por los TLC estratégicos. Y realmente importante, clave, sería un TLC con China, porque ahí el comercio sí sería interesante. Capaz que en ese caso los matices son diferentes por ser China.

    —¿No hay un riesgo de quedar rezagado si los otros avanzan más rápido, como ocurre con los tratados comerciales?

    —En términos de economía política, Uruguay tiene una ventaja: hay que pensar en los peligros de una eventual reversión de las políticas. Estas son mucho más difíciles de echar hacia atrás cuando son respaldadas por consensos.

    'Se puede hacer una apuesta estratégica: por el Mercosur y por los TLC estratégicos. Y realmente importante, clave, sería un TLC con China, porque ahí el comercio sí sería interesante'.

    Es cierto que es un riesgo quedarse atrás. En un país como Uruguay, las apuestas tienen que ser por el tipo de cosas que permiten agregar valor con un costo relativamente bajo. La trazabilidad ganadera es un ejemplo clásico. O las tecnologías de la información. ¿Qué tiene el país? Buenos ingenieros, buen capital humano, alta conectividad —lo que no tienen todos en América Latina. Eso permite tener un producto diferenciado, pero ojo: Uruguay todavía no está en el top porque lo que hace en esta área es simplemente la tercerización de servicios. Y eso ahora se está convirtiendo en un commodity que lo puede hacer un polaco o un esloveno. Hay que saltar a otro nivel de contenido tecnológico.

    —¿Lo que ve de la campaña electoral que está arrancando también son solamente matices?

    —Percibo más matices que planteos sobre grandes cambios estructurales. Esto es como cuando se hace una torta y se deciden los ingredientes: los matices son si se quiere más Estado o más sector privado. Como economistas, sabemos que el potencial de crear empleo del sector privado es mucho mayor. A esto me refiero con los matices: capaz que, a futuro, la apuesta tiene que ser a crear condiciones para evitar que se perciba un costo-Uruguay que impida la inversión o prevenir que empresas uruguayas decidan irse a otros países. Esto es importante, porque las cifras de destrucción de empleos de los últimos años son relativamente preocupantes. ¿Cómo se ataca eso? Con un déficit fiscal de casi 4% (del Producto Bruto Interno) no lo va a resolver el sector público, lo tiene que hacer el privado.

    Si se analiza la negociación entre el Estado y UPM sale claramente cuáles son las políticas que Uruguay debería tener en general para ser atractivo para la inversión: necesita recursos humanos calificados, tratar de manejar la conflictividad con los sindicatos, manejar mejor la logística para bajar costos de transporte. Son elementos que señalan que el próximo gobierno tiene que apostar, porque es apostar por la productividad. Y es la forma de lograr reducir la brecha con Estados Unidos.

    'En términos de economía política, Uruguay tiene una ventaja: hay que pensar en los peligros de una eventual reversión de las políticas. Estas son mucho más difíciles de echar hacia atrás cuando son respaldadas por consensos'.

    Se deben mantener las cosas buenas que hay acá, como esa capacidad de dialogar aun con matices. Pero hacer sentir que el carro se está moviendo.

    —Tomando la metáfora que usó con la torta, ¿habría que cambiar un poco la receta?

    —(se ríe) Como CAF me cuesta mucho decir cuál es la receta ideal porque respetamos mucho las políticas domésticas. Teniendo un buen diagnóstico —y lo hay— hay que saber que, a la torta, algunos ingredientes le tienes que cambiar. Pero es importante de destacar que esa torta ha crecido y tiene cosas interesantes, como una importante caída de la pobreza y una distribución del ingreso que no tienen muchos países en América Latina. Al mismo tiempo, la percepción es que si no se hace algo diferente hacia delante, no será posible cambiar el tamaño de esa torta. La capacidad de hacerla crecer se va a estancar; eso es lo que han mostrado las cifras de crecimiento de Uruguay. Si quieres seguir progresando, no puedes estar conforme con una tasa de crecimiento de 2% al año, porque así la brecha no se va a cerrar. Ahora sí hay que hacer algún ajuste en la combinación de los ingredientes de esa torta para entrar en un nuevo ciclo de crecimiento.

    Y no puedo estar más de acuerdo con la idea de que hay que apostar a una inserción internacional inteligente. Si no, es muy difícil. Si uno pudiera estar torciendo —como dicen los brasileños— por algo es que el Mercosur y la Unión Europea por fin cierren ese tratado comercial. ¡Ojalá tengamos una especie de revés de la historia y esto se concrete; esto sería una señal para el mundo en la coyuntura actual!

    Esto es definitivo, es una condición necesaria. Si Uruguay no tiene una inserción internacional eficiente e inteligente, queda totalmente fuera de juego, porque no tiene muchas posibilidades de crecer. Esto no es un matiz.

    ?? El “éxito” de El Correo y nuevos fondos para obras