“Sólo sé que no estoy solo…”

“Sólo sé que no estoy solo…”

Emma Sanguinetti

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Nº 2221 - 20 al 26 de Abril de 2023

Parece ser que ha llegado a su fin la polémica sobre si la palabra solo se escribe con tilde o no, según sea adverbio o adjetivo. Un debate de aires bizantinos, pero que quizás ayude a situarnos en las duras pruebas de supervivencia que está librando la lengua. De allí la euforia de los “tildistas”, entre los que se hallan figuras como Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez Reverte y Ángeles Mastretta, cuando la RAE desde su trinchera “sintildista” admitió que quede a juicio de quien escribe resolver la ambigüedad. Pero lo más interesante fue el victorioso y original festejo, el que consistió en inundar las redes con la consigna: “Sólo sé que no estoy solo”.

La frase me gustó desde el primer día —más allá de que mi corazón estaba con los “tildistas”—, porque al poner el acento en el desdoblamiento léxico el fondo del asunto se agigantaba. Y lo cierto es, y creo no estar sola cuando leo no sin perplejidad, que hay más de una editorial dispuesta a reescribir los libros de sus autores ya fallecidos para depurarlos de las expresiones potencialmente ofensivas para la sociedad de hoy. Y no estamos hablando de desconocidos, sino de la gran maestra de la novela policíaca Agatha Christie, madre de Hercule Poirot y Miss Marple, y de uno de los más maravillosos escritores infantiles, Roald Dahl, el de Matilda y Charlie y la Fábrica de Chocolates.

Lo más grave es que el asunto se remonta al 2020, cuando la editorial Harper Collins creó una “comisión de lectores sensibles” para pasar por el tamiz las novelas de Christie. En función del dictamen de los “censores de la corrección”, todas ellas —más de 60— vienen reescribiéndose y publicándose con pasajes enteros suprimidos. La noticia salió a la luz cuando la editorial Puffin Books (Penguin Random House) publicó una obra de Dahl reescrita para “lectores sensibles” y ante la ola de críticas no tuvieron mejor idea que usar el manido argumento de que ya lo hacían otros.

Sea como sea, el mundo editorial de hoy es lo más parecido a un camión sin frenos incapaz de ver que en su camino está el derecho inalienable del autor a que su obra sea respetada de manera integral. Peor aún, tampoco es capaz de visualizar que aquello que hoy puede ofender es fruto de una época y que, al despojar al texto de su tiempo histórico, lo que se está haciendo es borrar anacrónicamente el pasado. Un pasado incómodo, sin duda, pero que, si se borra o se cancela —como gusta más decir hoy—, estamos olvidando lo que fuimos y degradando lo que hemos conquistado.

Es evidente que en una novela escrita en la década del 20 del siglo pasado, cuando aún no existía el lenguaje inclusivo, se decía “negro” y no “afroamericano”, “indio” y no “pueblo autóctono”. Pues ahora a los “nativos” de doña Agatha se les dirá “locales” y ya no habrá en los Diez negritos —de ahora en más, Y no quedó ninguno— la famosa Isla del Negro, sino la Isla del Soldado (aún está por verse si los militares se autoperciben como ofendidos).

En el caso de los libros de Dahl, las alarmas se encienden con mayor potencia porque fueron un símbolo de cambio y de transgresión en la literatura infantil. Sus personajes, todos ellos inolvidables, son incorrectos por ser profundamente humanos y, por eso, rompieron con los estereotipos. Mas ahora parece ser que sustituyendo la palabra gordo por enorme, haciendo que los Oompa Loompas dejen de ser “hombres pequeños” para ser “personas pequeñas” o que Matilda lea a Jane Austin resuelve el problema. Con este criterio, los huérfanos de Charles Dickens serían “niños en situación de calle”, la Susanita de Mafalda soñaría con ser empresaria o científica y, ya que estamos, por qué no hacer de los siete enanitos de Blancanieves “las siete personas de talla baja”.

Claro que, haciéndole honor al dicho que proclama que toda crisis es oportunidad, la editorial de Dahl decidió salomónicamente publicar las dos versiones, la original y la reescrita. Solución que no es más que un negocio redondo; ahora tienen dos productos para vender y dos bandos que compiten por saber cuál de las versiones vendió más.

No tengo dudas de que hoy ni Agatha Christie ni Roal Dahl tendrían editor, salvo que aceptaran con dócil obediencia el atropello a su libertad creativa. Ningún autor de ninguna época precisa que lo reescriban, en igual medida que ningún lector necesita que le den algo distinto de lo que escribió el autor. El dilema está en saber si estamos dispuestos a que nos sigan subestimando o a darle la definitiva bienvenida a la corrección política.