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    “Tangofascismo”

    Sr. Director:

    En la edición Nº 1.745 de vuestro distinguido Semanario, ustedes publicaron una misiva del Sr. Guillermo Silva Grucci a raíz de la columna de opinión del historiador y escritor Marcos Cantera Carlomagno, titulada “Tangofascismo” (Búsqueda, Nº 1.744)

    En relación a la opinión y dura crítica que esgrimió Cantera Carlomagno, querría solamente esbozar que comparto el criterio aplicado y los paralelismos —documentados e históricamente fideidignos— que muy asertivamente puso de relieve, a los efectos, una vez más, de poder analizar con mayor objetividad el futuro que probablemente nos depare, si no se modifican las longevas y muy cimentadas “costumbres” heredadas —y siempre aplicadas— de una u otra forma desde la violenta y muy efectiva represión absolutista y extremadamente autoritaria ejercida por la Inquisición española.

    No coincido con los datos (insólitos, diminutos y en realidad irritantemente insignificantes) vertidos por el señor Silva Grucci en relación a la Inquisición española. Por tanto, añado a continuación una ligera reseña extraída de uno de los ensayos históricos, que trata únicamente sobre la Inquisición española, obra de un destacado y mundialmente reconocido erudito y, en particular, especializado en el nacimiento y formación del Estado español moderno y en la génesis de las naciones latinoamericanas, el hispanista oriundo de Ariège (Francia), Joshep Pérez.

    “Hasta mediados del siglo XVI, la Inquisición española no suscitó ninguna censura en Europa. Las primeras críticas aparecieron cuando, en los autos de fe de Valladolid y Sevilla (1559), se quemó a unos veinte protestantes. Fue a partir de esa fecha —como señaló Modesto Lafuente en su ‘Historia de España’— cuando empezaron a difundirse obras de propaganda contra la Inquisición española. En el año anterior (1558), se había publicado en Estrasburgo el libro del protestante español exiliado Francisco de Encinas, muy duro con la Inquisición española, pero aquella obra tuvo poco eco. No ocurrió lo mismo con otros dos libros que conocieron un éxito extraordinario en la Europa protestante y luego en el mundo anglosajón.

    El primero narra la obra del misterioso Reynaldo González de Montes. Las mañas o artes inquisitoriales denunciadas desde el mismo título son las practicadas por los inquisidores contra los protestantes españoles entre 1557 y 1564, concretamente contra el núcleo de Sevilla; casi todos los personajes cuya persecución se evoca son sevillanos: el doctor Juan Gil o Egidio, detenido en 1549, penitenciado en 1552, muerto en 1555, antes de que la Inquisición reabriera su proceso; Constantino Ponce de la Fuente, detenido en 1558, muerto en la cárcel antes de que su causa se sentenciara, pero ‘quemado’ en efigie como luterano, en el auto del 22 de diciembre de 1560 y muchas de las víctimas del auto también sevillano del 24 de setiembre de 1559; Juan Ponce de León, Juan González, Isabel Baena, María Virués, María Cornejo, María Bohorques...

    Mayor alcance tuvo el ‘Libro de los Mártires’ de John Fox o Foxe, protestante inglés que, con el advenimiento de la católica María Tudor, esposa del futuro Felipe II, tuvo que exiliarse. La primera edición fue un libro breve en latín ‘Commentarii rerum in ecclesia gestarum’, publicado en Estrasburgo en 1554. En Basilea empezó a reunir materiales para una historia de la persecución de los protestantes en Inglaterra desde 1552 a 1556, trabajo que se imprimió en 1559. Al regresar a Londres, después de la muerte de María Tudor, Foxe concibió el proyecto ambicioso de ampliar su obra para convertirla en una historia de la intolerancia llevada a cabo por la Iglesia católica desde los orígenes, en el mundo entero, no solo en España, sino en los Países Bajos, en Alemania, Austria, las Indias, el reino del Preste Juan, etc. El libro se publicó en inglés con el titulo de ‘Actes and Monuments of these Latter and Perrilous Dayes’.  Casi inmediatamente se lo conoció como el ‘Libro de los Mártires’ (Book of Martyrs), obra que iba a tener muchísimas reediciones y ampliaciones, incluso después de la muerte del autor, acaecida en 1587. Las últimas ediciones modernas constan de ocho volúmenes (1837-1841-1877). Ya en 1571, la iglesia anglicana mandó que, en cada catedral, se pusiera a disposición de los fieles. Así se explica su éxito extraordinario, que contribuyó a difundir la hostilidad hacia el papismo, el catolicismo, y hacia España y la Inquisición. Al tratar de la Inquisición española, poco se dice de los judíos y, cuando se dice algo, siempre es de pasada. En cambio, menudean los comentarios detallados sobre la persecución de protestantes: Nicholas Burton, mercader inglés, detenido en Cadiz en 1560 y quemado en Sevilla; William Gardiner, otro mercader inglés, perseguido en Lisboa; el escocés William Lithgow, detenido en Málaga a principios del siglo XVII, etc. Considera Fox —o sus continuadores— que la muerte del príncipe don Carlos se explica por las simpatías que éste sentía por los protestantes holandeses; se insiste mucho en el proceso del doctor Egidio y del doctor Constantino Ponce de la Fuente, ambos considerados como protestantes confirmados. El libro calcula en unas trescientas nueve mil (destacados míos) las víctimas de la Inquisición española (quemadas en efigie, penitenciadas, sentenciadas a penas menores, etc.) y a treinta y dos mil las sentenciadas a muerte y ejecutadas.

    Dado el éxito de que gozó el libro de Foxe en el mundo anglosajón, no puede extrañar la orientación primera del norteamericano Lea cuando éste, a mediados del siglo XIX, empieza a reflexionar sobre la Inquisición española. Lo que le interesa al inicio es ‘la Reforma y las trabas que siempre encontró en las naciones latinas’. Es el momento en que el papa Pío IX publica ‘Silabus’ y ‘condena al liberalismo’, la época también en que Usoz decide reeditar las obras de los que él considera como ‘reformistas’ —es decir, partidarios de la Reforma protestante— españoles, algunos de los cuales fueron ‘quemados’ desde los años 1559 y ‘tuvieron que salir de España’, esos reformistas que Menéndez Pelayo no tardará en censurar como heterodoxos (1880-1882). En este contexto hay que situar las primeras muestras de interés de Lea; él mismo lo confiesa: ‘La historia de España nunca me ha atraído, pero no puedo menos de estudiarla, pues la inquisición es el factor que determina el proceso de las persecuciones modernas’.

    Como se ve, ‘durante siglos’, la hostilidad hacia la Inquisición española tuvo cono principal argumento la intolerancia y la persecución de las doctrinas protestantes. Desde luego, ‘no se ocultaba’ que el Santo Oficio se ensañó también con los judíos, pero este hecho no constituía el elemento esencial de la crítica y la historiografía relativa al tema. Perspectivas diferentes se dieron cuando, a partir de finales del siglo XIX, algunos eruditos españoles e historiadores hebreos empezaron a interesarse por las comunidades judías de la Edad Media española y por las persecuciones que iban a acabar con ellas a partir de una investigación sistemática de los fondos de archivo, de las fuentes hebreas y el recurso a los escritores judíos. Por parte de aquellos estudiosos españoles y hebreos, es notable el interés que se presta al judaísmo peninsular en la Edad Media, en la formación de la clase de los conversos, etc. En la primera mitad del siglo XX sigue desplazándose el interés desde el antiprotestantismo en la Inquisición hacia su antisemitismo y este último tema acabará imponiéndose con la obra clásica de Américo Castro. Ya en sus tesis sobre ‘Erasmo y España’, publicada en 1937, Marcel Bataillon se había hecho consciente o inconsciente de este cambio de perspectiva. Al enfocar el viraje de 1559 fue Bataillon el primero en preguntarse si los condenados en los autos de Sevilla y Valladolid lo habían sido por protestantes o por humanistas cristianos; como se sabe, para Bataillon, muchos de estos procedían de los medios conversos. En la actualidad, el tema de los conversos y marranos ha sustituido con mucho al de los heterodoxos de antaño en el interés de los investigadores. Esta perspectiva parece acertada, ya que, como se verá luego, el protestantismo y las corrientes afines nunca llegaron a despertar gran eco en España. Resulta, pues, plenamente justificado que se ponga el acento de lo que fue el primer y principal objetivo de la Inquisión: acabar con el judaísmo y el criptojudaísmo peninsular”. (“La Inquisición española - Crónica negra del Santo Oficio”, Joshep Pérez, pp 13-16).

    No fue simplemente cosas insignificantes de brujas, Sr. Silva Grucci.

    León Biller

    CI 1.570.252-2