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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSobre libertad de expresión. La lectura de un diario hace algunos días me deparó una sorpresa. Tanta fue ella que casi le diría que, automáticamente, envié un mensaje de tuit, dirigido al diario donde habían aparecido declaraciones del sujeto en cuestión. (No es mi propósito entrar en individualizaciones, ni en una dialéctica interpersonal, que me parece inconducente).
La lectura de mi tuit da muy ligera idea de los hechos: “Noticias trae de señor monopolista de diarios y revistas, cercano al turf, al carnaval, y con índice grueso apunta a troche y moche”.
La máquina contestó que el mensaje había sido enviado al periódico. Yo volví a subirlo dos veces más, dado la rápidez con la que el tuit desaparecía. La máquina volvió a contestar. Lo cierto es que el tuit desaparecía en contados instantes. No insistí más.
Pero más allá del contenido subjetivo doloroso del rechazo, ante el reclamo por una injusticia, lo que me impulsa a escribirle es porque ¿cuántas veces lo que llamamos democracia muestra sus imperfecciones, sus violencias, sus impunidades? ¿Y qué actitudes, pasos, acciones tomar ante ellas?
El sujeto a quien me refiero decía más cosas, degradaba a varias personas, ora en su pensamiento sobre la condición sexual de la actividad de gays en Carnaval, ora a un dirigente deportivo acusándolo de turbios negociados institucionales y embarcado en trasiego delictivo de equinos desde otro país.
Yo podía haberle dado otro giro al tuit, le pude señalar la cercanía al poder del referido sujeto invisible, la “tranquilidad” que asegura la pertenencia a una cofradía, de alguna manera hay que llamarla, que puede decir y hacer a su antojo, porque encuentra que por temor seguramente, dado que yo lo experimenté, lo experimento, nadie va a reaccionar (¡ojalá que no haya tanto silencio!). Lo otro apunta a que sin un asomo de responsabilidad o de autocrítica o de calma y serenidad, pueda este estilo de soldado expresar sus opiniones a grito pelado (“si lo que hacen se puede llamar cantar”, como dice el tango) si no es al son de estos compases de violencia.
Me parece que la democracia, este régimen tan perfectible, tan imperfecto, tiene también recursos, medios civilizados que permitan dar a conocer hechos como los denunciados, para liberarme de esta violencia, que si no la apalabro, primero me quedo sometido a un silencio que no cabe; y segundo, el hecho merece que estas trazas barrosas son ejemplos de que las cosas no andan bien, si se permite que las cosas se canalicen por estos carriles turbios, vidriosos, prepotentes.
Juan Carlos Capo