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Ya me quedan pocos días para regresar a Montevideo. Voy a despedirme del mar, al atardecer. Recuerdo un bello verso de Homero, aquel en que Crises, indignado, después de haber sido vapuleado por el todopoderoso Agamenón, va “por la orilla del estruendoso mar”. “Iba parecido a la noche”.
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Para acceder al mar debo atravesar dunas. Anchas dunas. Felizmente, en este país —que no se caracteriza por proteger su medioambiente— hubo un grupo de chicos que, trabajando con los niños de la escuela del pueblo, lograron recuperar en dos años las dunas y ganarle abundante arena al mar. Lo hicieron plantando unas hierbas autóctonas, con excelentes resultados.
Antes de acceder a las dunas, han colocado un precioso cartel donde se indica todo lo que está prohibido realizar en esa gran extensión de arena protegida: acampar, hacer fuego, andar a caballo y, por supuesto, conducir un jeep, una moto o un cuatrirrodado.
Cuando ya me estoy acercando a la playa, veo un hombre de mediana edad, manejando a toda velocidad un vehículo-moto de cuatro ruedas por las dunas. Sube y baja. De su cintura, atrás, va prendido un niño de unos cinco años. Ninguno lleva casco.
El hombre disfruta: probablemente se siente un corredor de Dakar. Pero no contaba con mi presencia y mi conciencia ciudadana. Interrumpo su vértigo. Le digo: “Señor, no se puede manejar en la duna; está prohibido”. Con fiereza, el hombre se acerca en su ruidoso potro y me grita: “¡¿Qué me estás diciendo?!”. Intento ser amable: “Andar así en las dunas es un delito”. El hombre se torna belicoso, no reconoce que está transgrediendo una norma, una ley que nos protege a los uruguayos y a nuestra bella tierra. Me aúlla: “¡Pero si esto es calle!”.
“Es ignorante”, pienso. Me apena el niño, que se le abraza con fuerza detrás. Su padre está desaforado y no disminuye la velocidad. Sé que hay antecedentes de accidentes en las dunas: haciendo eso mismo, otro padre arrolló a su hijo.
Le digo que voy a tomar su chapa, pero me la oculta con la mano abierta. Otro delito. Le digo que ya tomé nota de ella y sigo mi camino.
Entonces viene hacia mí a toda velocidad, me da la impresión de que me va a atropellar. Me grita: “¡Andá a hacer tortas fritas!”. Con lo cual me sorprende considerablemente, porque aborrezco las tortas fritas, como las que apestan en las esquinas de 18 de Julio.
¿Por qué me asoció con las tortas fritas? ¿Por mi edad? ¿Porque estoy un poco gordita? ¿Porque soy una señora y él un treintañero? ¿Porque evidentemente pertenece a la clase alta y yo a la clase media baja, lo cual se percibe en mis shorts comprados hace 15 años en un cesto de La Compañía del Oriente?
En unos breves minutos, este uruguayo, delante de su hijo, violó varios derechos humanos: 1) derecho a vivir en un planeta sano; 2) derecho a la seguridad y educación de los niños; 3) derecho a la equidad de género. Etcétera.
Y, además, cometió más de un delito. Pero él, impunemente, continuó su veloz camino maldiciéndome por las arenas de la playa.