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    A los uruguayos les gusta votar: más del 70% dice que concurriría a las urnas en las elecciones nacionales aunque no fuera obligatorio

    Un informe de la empresa Cifra concluye que si hubiera voto voluntario se reflejarían las “predilecciones de los más interesados en la política y disminuiría el peso de los que tienen menos certezas”

    Los resultados de las elecciones internas del 1º de junio generaron una alerta amarilla en algunos analistas y políticos. Casi el 37% de los habilitados para votar concurrieron ese soleado aunque frío domingo. De inmediato, una de las primeras preguntas fue: ¿qué pasaría si las elecciones nacionales no fueran obligatorias? ¿Se mantendrían los altos niveles de votación?

    Según los resultados de una encuesta de Cifra especial para Búsqueda, un alto porcentaje de uruguayos aseguran que irían a votar en las elecciones nacionales aunque estas no fueran obligatorias. El 72% de los votantes “seguramente” irían a votar y otro 6% dijo que “probablemente” lo haría. Estos datos están cerca del promedio de voto en Uruguay, que se ubica en el entorno del 90%. Solo 14% dijo que no iría a votar y 7% que “probablemente” no concurriría a la elección.

    Según el análisis de Cifra, la edad “influye en la predisposición a participar de una elección nacional no obligatoria: las dos franjas más jóvenes de edad son las que menos declaran que seguro irían a votar y las que más seguramente optarían por no ir, mientras que las dos franjas mayores son las que más participarían y menos se abstendrían de asistir a votar”.

    Algo parecido ocurre con el nivel educativo de los encuestados. Quienes tienen niveles de instrucción más bajo son los que menos participarían en una elección nacional no obligatoria, mientras que los que poseen más años en la educación se muestran más propensos a votar.

    Cifra indica en su informe que la ideología y las afinidades partidarias “también pesan en la voluntad de concurrir a las urnas” aunque no sea obligatorio. “Entre las personas que se ubican a la izquierda y a la derecha la proporción de quienes seguramente votarían es mayor que entre las que se ubican en el centro del espectro ideológico”, afirma la investigación. El 76% de las personas que se sienten de derecha y el 79% de las que se sienten de izquierda seguro votarían, mientras que solo el 65% de las personas de centro manifiestan la misma certidumbre, y el 20% está seguro de que no iría. También tienen mucha más voluntad de votar los que se sienten cercanos a algún partido político que los que no se identifican con ninguno: entre los primeros, el 81% seguro votaría y entre los segundos apenas lo haría el 62%.

    El haber tomado una decisión sobre a quién votar aumenta la propensión de concurrir a las urnas. Los que se identifican con el Partido Nacional son los más decididos a votar en una elección nacional no obligatoria —78%—, seguidos por los que piensan votar al Frente Amplio —76%— y los que votarían al Partido Colorado —72%—. Entre estos últimos, el 19% seguro no votaría, mientras que entre los que votarían al Partido Nacional o al Frente Amplio solo uno de cada diez no lo haría.

    Obligatorio vs.

    voluntario. La mayoría de los países de Latinoamérica tienen voto obligatorio, en contraste con Europa, donde predomina el voluntario. Sin embargo, en el caso de los europeos, esto no implica que vaya menos gente a votar. El promedio alcanza el 80% de asistencia, aunque la mayoría de los sistemas de gobierno de Europa son parlamentaristas y no presidencialistas.

    En el caso de las democracias latinoamericanas, Chile, Colombia, Costa Rica, Honduras, Guatemala, Nicaragua y Venezuela tienen voto voluntario. En las últimas elecciones en Colombia (mayo de 2014), la abstención rondó el 60% y en Chile (noviembre de 2013) llegó al 51%. En contraste, en otro país que tiene votación voluntaria como Venezuela, votó el 79% en las elecciones de abril de 2013.

    La obligatoriedad del voto en Uruguay se consagró en la reforma constitucional de 1934, durante la dictadura de Gabriel Terra. Históricamente, Uruguay ha tenido altas tasas de participación electoral, cercanas al 90%. Eso lo ubica entre los primeros lugares de América.

    Con la reforma constitucional de 1996, se introdujo como obligatoria la elección interna en los partidos pero, a diferencia de la nacional, sin voto obligatorio. En las internas de 1999, votó casi el 54% de los habilitados y es hasta hoy, la votación más alta. En las dos siguientes rondó el 45% y en las de junio pasado cayó a casi el 37%.

    Esto generó comentarios de políticos y analistas. Algunos dirigentes pensaron en hacer obligatorias las internas. “Hay quienes dicen que esto no son elecciones internas sino primarias, lo que supone el inicio de un proceso que termina por elegir al presidente de la República. Quienes creen eso entienden que tiene que participar todo el mundo. Por ejemplo, ayer escuché argumentos de que dado que son primarias y se inicia ese proceso deberíamos volverlas obligatorias. (...) Creo que igual volviéndolas obligatorias no resolveríamos el problema del vínculo, porque la gente iría a votar obligada y no sabemos si no se manifestarían altas proporciones de voto en blanco”, afirmó el politólogo Daniel Chasquetti en Radio El Espectador el 4 de junio.

    Previo a las elecciones, Chasquetti escribió en Montevideo Portal que existen “muchas explicaciones interesantes sobre los niveles de participación en este tipo de contiendas”. Una de ellas refiere a que “las elecciones internas conciernen a ciudadanos que se consideran miembros, activistas o simpatizantes de los partidos, por lo cual los ciudadanos independientes no tienen por qué participar”. Otra sostiene que “en este tipo de instancias participan únicamente los ciudadanos más informados (y a la vez, educados), por lo que debería ser normal que aquellos que no se interesan por los asuntos públicos concurran a las urnas por simple voluntad”. Por último, hay una hipótesis que afirma que “los ciudadanos participan de una instancia no obligatoria cuando perciben que están en juego asuntos públicos de envergadura”.

    “Las tres proposiciones son eficaces para explicar los niveles de votación en países donde el voto no es obligatorio, como Estados Unidos, Colombia o Chile. Para el caso de la presente elección interna uruguaya, la tercera parece ser la más útil porque permite comprender y anticipar los resultados”, dijo.

    En tanto, su colega Adolfo Garcé se preguntó, en un documento que presentó a mediados de junio en la Universidad Católica, si no es momento de “admitir que también en Uruguay la ciudadanía está empezando a experimentar frustración y/o desencanto con el sistema democrático”.

    “Creo que los resultados del 1º de junio obligan a encender la luz amarilla: la ciudadanía presenta señales de fatiga y frustración respecto a la democracia uruguaya”, afirmó Garcé.

    Tomando en cuenta el argumento del politólogo Adam Przeworski en el libro “Qué esperar de la democracia”, explicó que la democracia tiene cuatro “desafíos”. Uno es la “incapacidad de generar igualdad en el terreno socioeconómico”. En segundo lugar se encuentra “hacer sentir a la gente que su participación política es efectiva”. El tercer desafío de la democracia es el de “asegurar que los gobiernos hagan lo que se supone que deben hacer y no hagan lo que no se les ha mandado hacer” y por último el de “equilibrar orden con no interferencia”.

    “La democracia tiende a frustrar algunas de sus promesas más importantes. La participación del votante es poco efectiva y su capacidad para controlar al gobernante reducida. La igualdad política convive con la desigualdad económica y la libertad individual choca con la demanda de orden. La democracia funciona mejor protegiendo el statu quo que transformándolo. La democracia frustra, asegura Przeworski, muy especialmente a quienes depositan en los partidos esperanzas de cambios sensibles y visibles. Sospecho que algo de esto está pasando en Uruguay y salió a la luz el domingo 1º de junio”, opinó Garcé.

    Contratapa
    2014-07-24T00:00:00

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