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    A media luz

    N° 1836 - 08 al 14 de Octubre de 2015

    “Corrientes, tres cuatro ocho,/ segundo piso, ascensor…/ No hay porteros ni vecinos;/ adentro, cocktail y amor…”. El autor de A media luz —tango que ha recorrido el mundo con una difusión comparable a La cumparsita, El choclo y Adiós, muchachos— era imaginativo: inventó la dirección, el piso y hasta detalles de ese lugarcito de amor, al que, en otra estrofa —“Juncal, doce veinticuatro,/ telefoneá sin temor…”— le inventa un “hermano” para cumplir idénticos fines.

    Fue un uruguayo, Carlos César Lenzi, nacido en Montevideo el 3 de noviembre de 1895 y fallecido en Buenos Aires el 10 de junio de 1963: poeta, autor teatral, periodista y diplomático, inició precozmente su estrecha relación con las letras publicando en 1918 el poema Flechas y tizonas, aunque de inmediato lo sedujo el amor por el teatro; su primera obra escénica, El domador, fue presentada ese mismo año en Buenos Aires por la actriz Blanca Podestá; luego aparecieron, en rápida sucesión, a partir de comienzos de la década de 1920, La noche especial, en colaboración con Ángel Curotto, Yo, tú y él, El escándalo del día, Viaje al paraíso, Hacete el muerto, Julián, Nadie escapa a su destino, Arriba el telón, La gran milonga y, ya en 1940, Yo te amo, que fue estrenada nada menos que por Lola Membrives.

    Lenzi se destacó rápidamente como un autor perceptivo del gusto popular de la época y capaz de crear historias, con la misma eficacia, ya fuere en el drama o en la comedia. Algo similar trasladó a su poesía, y en particular a sus tangos, que siempre merecieron elogios aunque cada obra nueva recibía el peso de la repercusión de A media luz, que no admitía paridad. Pero hay que recordarlo: creó también En voz baja (música de Adolfo Mondino), Adiós, arrabal (música de Juan Baüer, “Firpito”), Mimí se fue (música de Luis Viapiana), Noches de Montmartre (música de Manuel Pizarro) y Araca París (música de Ramón Collazo).

    La historia de A media luz es transparente; acaso algunos quieran, aún hoy, sostener una vieja polémica acerca del año en que escribió esa letra: el mayor consenso entre historiadores e investigadores sostiene que fue en 1924 y que se la entregó de inmediato a un amigo porteño, Edgardo Donato, que solía actuar con frecuencia en Uruguay, para que le pusiera música de tango. Lo estrenó ese año la cancionista Lucy Clory, en el espectáculo Su majestad la revista, que para ciertos autores se presentó en el teatro Catalunya y para otros en el Albéniz; también hay quienes todavía agitan el debate sobre si a Lenzi se le ocurrió ese poema durante un viaje en tranvía a Pocitos o durante una fiesta en casa de la familia Wilson, unos amigos. Lo cierto es que, tras el impacto inicial, lo grabó Azucena Maizani con las guitarras de los hermanos Ricardo en 1925 y un año después lo hizo Carlos Gardel y detrás del Mago muchos otros artistas. En Europa llegó a circular como compuesto por el violinista Eduardo Bianco —desarreglo pronto corregido—, en inglés hay una versión con letra de Dorcas Cochran, con el extrañísimo título de When I look into your eyes y, con música del propio Donato y letra de Héctor Marcó, se grabó una suerte de continuación, A oscuras, que muy pocos recuerdan y fue un estrepitoso fracaso.

    Párrafo aparte merece la entrañable amistad que Lenzi tuvo con Gardel, al punto de que este lo sentía como un hermano: cuando el uruguayo fue destinado a Francia a una misión diplomática, en 1932, acompañó al gran cantor por París, Niza, Cannes y Montecarlo. Y vale la pena contar una de varias anécdotas que Lenzi hizo públicas: —Yo me iba de París, pero antes de salir, Gardel me invitó a pasar unos días en la Costa Azul. Me largué en auto, junto al representante Luis Pierrotti. Un auto chiquito. Cuando nos vio Carlos estalló en carcajadas: “¿Se vinieron en esa cucaracha? ¡Ustedes están locos! ¿Se dan cuenta lo que parecen? Che…, en serio, ¿camina eso?”.

    Gardel le grabó a Lenzi, además de A media luz, otros temas: Noches de Montmartre, Araca París y Por tus ojos negros (canción rumba para la película Espérame, que hizo en colaboración con Alfredo Lepera). También le cantó Adiós, arrabal, pero no llegó a grabarlo.

    Como un sino, siempre se contará el desengaño que sufrió Lenzi —que, como se dijo, había inventado el lugar— cuando llegó a Corrientes 348 y, en vez del coqueto bulín que imaginó, se encontró con un modesto y añoso taller de calzados, metido en un tabuco sin revoque y con el frente descascarado.