Entre el pesimismo y la indignación, entre la inteligente exposición de motivos y la visceral metáfora que grafica una idea con toda su fuerza. Allí es donde se ubica el escritor peruano, columnista de Búsqueda y Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa para escribir La civilización del espectáculo, una recopilación de artículos y discursos escritos desde los años 90 hasta hoy y relacionados con la cultura actual. Éstos conforman un ensayo inteligente, lúcido y controvertido sobre esta sociedad que entroniza por sobre todo el divertimento, la fugacidad del estímulo y el valor del mercado. Vargas Llosa habla, entonces, de una “(...) cultura enferma de hedonismo barato que sacrifica toda otra motivación y designio a divertir”.
El escritor parece afirmar, como dice jocosamente la frase acuñada por Les Luthiers en la Argentina de los 70, que “el que piensa pierde”. Este libro reúne el pensamiento de ese agudo observador de su entorno y, también, de ese sibarita degustador cultural que opina tanto de la literatura como del cine, la televisión, la tecnología, el amor, el sexo y los medios.
Sus planteos tienen la fuerza del indignado, el impacto que porta aquella persona que ve algo que no puede tolerar y que, por tanto, la emprende contra eso mismo con ánimo beligerante pero a la vez esperanzado. Vargas Llosa se empeña en señalar el antes y el después en la cultura contemporánea y plantea tesis con las que se puede estar en desacuerdo, pero que suelen mover al lector a pensar, a replantearse posiciones personales e incluso a cuestionar la forma en que concibe y hace las cosas.
Vargas Llosa protesta por la falta de reflexión crítica sobre los libros y espectáculos que se consumen, abomina del tiempo fragmentado en el cual leer un libro entero es una pérdida de tiempo y del imperio de la imagen procaz de la pornografía en detrimento del erotismo más elevado que alimenta las fantasías sexuales de los seres humanos.
Una zona de la cultura en la que la falta de parámetros queda más clara aún es la de las artes plásticas, donde a su parecer existe una ausencia de criterios para evaluar la calidad de las obras, un ejemplo de lo cual es el artista británico Damien Hirst, quien vende a muy alto precio obras en las que emplea animales muertos. También grafican esta tendencia otros trabajos que se sostienen sobre bosta de elefante, así como creadores que defecan en público y comen sus heces (hay que aclarar que con pan, en el caso que señala el peruano). “(...) En el caso de la pintura es el sistema el que está podrido hasta los tuétanos, y muchas veces los artistas más dotados y auténticos no encuentran el camino del público por ser insobornables o simplemente ineptos para lidiar en la jungla deshonesta donde se deciden los éxitos y fracasos artísticos”, opina el intelectual.
El ejercicio del periodismo y sus dilemas éticos tampoco escapan a su mira telescópica: “Las noticias pasan a ser importantes o secundarias sobre todo, y a veces exclusivamente, no tanto por su significación económica, política, cultural y social como por su carácter novedoso, sorpendente, insólito, escandaloso y espectacular”. Agrega que, incluso sin quererlo, el periodismo de nuestros días “busca entretener y divertir informando, con el resultado inevitable de fomentar, gracias a esta sutil deformación de sus objetivos tradicionales, una prensa también light, ligera, amena, superficial y entretenida que, en los casos extremos, si no tiene a mano informaciones de esta índole sobre las que dar cuenta, ella misma las fabrica”.
Las conclusiones a las que arriba son apocalípticas. Sostiene, por ejemplo, que la noción histórica de cultura clásica ha desaparecido porque sus fronteras se han extendido hasta diluirse. Esta noción, pues, “se volvió un fantasma inaprensible, multitudinario y traslaticio”.
Entre las opiniones que defiende con argumentos opinables aunque siempre con muy buena prosa, sobresalen posiciones como la oposición tajante entre cultura clásica y cultura popular. Fue el filósofo del lenguaje de origen ruso Mijaíl Bajtín quien distinguió a la cultura oficial de la cultura popular y quien, según Vargas Llosa, dio “a lo inculto una dignidad relevante”. El ensayista no ahorra ironía para expresar su opinión. “La corrección política ha terminado por convencernos de que es arrogante, dogmático, colonialista y hasta racista hablar de culturas superiores e inferiores y hasta de culturas modernas y primitivas. Según esta arcangélica concepción, todas las culturas, a su modo y en su circunstancia, son iguales, expresiones equivalentes de la maravillosa diversidad humana”.
Otra idea que lanza como una pedrada es la de que la época actual se ha poblado de “especialistas” en diversos asuntos, que a pesar de su conocimiento no son cultos per se. “El especialista ve y va lejos en su dominio particular, pero no sabe lo que ocurre a sus costados y no se distrae en averiguar los estropicios que podría causar con sus logros en otros ámbitos de la existencia, ajenos al suyo”. Lo define como un “ser unidimensional” que puede ser un “inculto”, porque sus conocimientos, en vez de conectarlo con los demás, “lo aíslan en una especialidad que es apenas una diminuta celda del vasto dominio del saber”.
El peruano lamenta la pérdida de la cultura como una brújula que ayudaba a distinguir lo que es importante de lo que no lo es. En este sentido, su sensación es que la humanidad ha sucumbido a su “irreprimible vocación por el juego y la diversión”, haciendo de la cultura un vistoso pero frágil “castillo de arena” que se deshace con el viento.
En ocasiones, para expresar sus puntos de vista, parte de un hecho real concreto, como el que sucedió en 2009 cuando la Junta socialista de Extremadura incluyó talleres de masturbación para chicos de 14 años como parte del plan de educación sexual. Se llamarían “El placer está en tus manos”. Con cierta sorna, el escritor celebra este avance en relación a los tiempos en que él iba a colegios donde los hombres de religión lo asustaban “con el espantajo de que los ‘malos tocamientos’ producían la ceguera, la tuberculosis y la imbecilidad”, escribe. Y agrega: “Seis décadas después ¡clases de paja en las escuelas! Eso es el progreso, señores”.
Pero enseguida señala el riesgo de la banalización de la sexualidad de los jóvenes. “Me temo que en vez de liberar a los niños de las supersticiones, mentiras y prejuicios que tradicionalmente han rodeado al sexo, los talleres de masturbación lo trivialicen aún más de lo que ya lo ha trivializado la civilización de nuestro tiempo de tal modo que acaben por convertirlo en un ejercicio sin misterio, disociado del sentimiento y la pasión, privando de este modo a las futuras generaciones de una fuente de placer que irrigó hasta ahora de manera tan fecunda la imaginación y la creatividad de los seres humanos”.
Vargas Llosa es una mente camorrera y está plantado en el lugar privilegiado del pensador inquieto que no se queda impasible ante lo que ve. Lee, ve, escucha y piensa y luego escribe. Y a veces es verdad que se parece a ese abuelo loco pero lúcido y un poco zafado que no se priva de decir nada.
Aunque más allá de los detalles, su planteo es existencial. “Nunca hemos vivido, como ahora, en una época tan rica en conocimientos científicos y en hallazgos tecnológicos, ni mejor equipada para derrotar la enfermedad, la ignorancia y la pobreza, y, sin embargo, acaso nunca hayamos estado tan desconcertados respecto a ciertas cuestiones básicas como qué hacemos en este astro sin luz propia que nos tocó, si la mera supervivencia es el único norte que justifica la vida, si palabras como ‘espíritu, ideales, placer, amor, solidaridad, arte, creación, belleza, alma’, significan algo todavía y si la respuesta es positiva, qué hay en ellas y qué no”.
Dramaturgo, novelista y ensayista, Vargas Llosa tuvo su primer éxito con “La ciudad y los perros” en 1962, luego escribió las novelas “Conversación en la Catedral”, “Pantaleón y las visitadoras”, “La tía Julia y el escribidor”, “La casa verde” y “La fiesta del Chivo”, entre varios libros más, ganó el Nobel, el Cervantes y el Príncipe de Asturias de las Letras y, últimamente, muchos de sus seguidores lo han cuestionado por sus posiciones políticas y por lo que consideran como un cambio en su discurso tradicional.
“La civilización de la cultura”, de Mario Vargas Llosa. Alfaguara, 2012, 226 páginas, 350 pesos.
Vida Cultural
2012-05-10T00:00:00
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