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El horror no siempre emerge en la oscuridad. Ni siquiera en un espacio cerrado. En el pozo, de los uruguayos Bernardo y Rafael Antonaccio, es una potente muestra de que el horror es todavía siniestramente más intenso y más oscuro y claustrofóbico cuando sucede en un espacio despejado, sin límites a la vista, y a la luz del día, a pleno sol. Entre otras cosas. Porque En el pozo, que se estrena hoy jueves 7 en salas de todo el país luego de ser presentada en varios festivales internacionales, también es la primera gran sorpresa cinematográfica del año.
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La acción transcurre durante un día, en una sola locación, y con solo cuatro personajes (hay un quinto, de mínima participación). Alicia (Paula Silva) y su novio Bruno (Augusto Gordillo) pasan la tarde junto al Tincho (Rafael Beltrán) y el Tola (Luis Pazos), amigos de ella de toda la vida, en el único lugar donde se puede “hacer algo de playa”: una cantera abandonada, a unos 10 kilómetros del pueblo.
Beltrán y Pazos tienen una interesante experiencia en la escena teatral montevideana. Uno protagonizó Gloria, una de las mejores obras de 2018. El otro viene de interpretar el unipersonal Dados tirados, de Anthony Fletcher.
La tarde pinta bien. Hay porro, música, asado y cerveza. Hay un lago para bañarse. Hay intenciones y deseos de pasarla bien. También hay asuntos no del todo resueltos, un pasado en común que incluye a unos y excluye a otros. La narración es prudente en el suministro de información. Hay sentimientos que se expresan de manera torpemente camuflada. Hay sobreentendidos, prejuicios, gestos cómplices, miradas asesinas. Hay momentos de tensión e incomodidad a través de lo que se dice y lo que se hace: En el pozo es una película donde importa lo físico, que invoca la sensualidad y la violencia, la sexualidad y la oscuridad de una manera seductora e inquietante, con una naturalidad milagrosa. Y es inevitable pensar en El cuchillo bajo el agua, de Roman Polanski, filme con el que tiene evidentes puntos de contacto.
Hay una muy lograda exploración de la arquetípica y legendaria rivalidad entre el interior y la capital, presente incluso en el aspecto físico de los supuestos adversarios. La contextura magra y ligeramente fláccida de Bruno, que a los ojos del Tincho y el Tola es el perfecto estereotipo de espécimen criado en apartamento, versus la constitución más musculada de los pueblerinos que, desde la perspectiva de Bruno, fueron alimentados a leche cruda y huevos de avestruz. Bruno, el noviete de la capital, camisa jean, bigote y peinado hipster, predisposición a mostrarse sarcástico y mirada ciertamente despectiva hacia estos canarios que adoran matar animales de puro precarios que son.
El Tincho y el Tola, anfitriones a veces amables, a veces avivados, de modales en apariencia más ásperos, convencidos de que le pasan el trapo a este blandito que le gusta “lo ecológico”. Y en el medio, ella, Alicia, la Ali, que se fue a la capital aunque todavía habla con ese cantito y se come letras y que cuando suena una cumbia la baila con un entusiasmo adolescente. Y Bruno se queda afuera o siente que se queda afuera de algunos diálogos que se dan entre los tres amigos. Ya sea que hablen de los morrocoyos o de cuando venían a la cantera siendo más chicos y hacían “cualquiera”. Y hierve de celos.
El trabajo de los diálogos es notable. Los tres personajes del interior hablan con un acento decididamente no capitalino aunque sin anclarse a la tonada o la cadencia de alguna localidad identificable. La Ali, el Tincho y el Tola (son del interior, el artículo precede sus apelativos) aspiran o se comen las eses (dicen “lohojo” en lugar de “los ojos” y así) y, cada tanto, rematan sus expresiones con latiguillos como “muchacho” o “deja quieto”. Y lo hacen sin llegar a pasarse para el lado de la parodia o la caricatura. La clave para que esto suceda nace en el guion, que capta peculiaridades muy concretas del habla y del lenguaje, y adquiere el último impulso en las actuaciones, todas muy buenas, con momentos brillantes. Y si bien todos los intérpretes comparten ese nivel, aportando matices y contrastes que dotan de vida propia a sus personajes, que se sienten reales, el trabajo de Pazos encarnando al Tola es formidable.
En el pozo no es perfecta y quizás algunas acciones parezcan desfasadas, pero es modélica en su economía de recursos. Los encuadres y el montaje son criminalmente precisos: capturan y jerarquizan la información y la acción que se despliega en cada escena sin sobrecargar ni llegar al extremo de ser explicativos o redundantes. Cada elemento está ahí por algo. Incluso para distraer de lo que realmente importa. La cantera es la olla a presión donde se cocinan los cuatro, cada uno a su tiempo, cada uno con sus mambos. Mientras tanto se esparcen y se siembran pistas que sugieren que la película puede ir hacia un lado. Y luego, con el correr de los acontecimientos, surge la sorpresa, el horror, que no llega de una manera artificiosa ni rebuscada o traída de los pelos o gracias a alguna intervención sobrenatural: estaba todo ahí, muchacho.
En el pozo. Uruguay, 2018. Guion y dirección: Bernardo y Rafael Antonaccio. Con Paula Silva, Augusto Gordillo, Rafael Beltrán, Luis Pazos y Natalia Tarmezzano. Duración: 82 minutos.