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    A trabajar y votar juntos

    N° 1969 - 17 al 23 de Mayo de 2018

    Ya en mayo de 2005 escribí en el diario El Observador sobre este tema, sosteniendo que el país estaba dividido en dos grandes bloques políticos y que cada uno de ellos representaba, más o menos, la mitad del electorado. También dije, en esa ocasión, que uno de esos bloques actuaba a través de un conjunto de partidos y movimientos que se habían ido agrupando sucesivamente bajo un mismo lema, sin renunciar, cada uno de ellos, a su propia estructura y fundamentos (los que integraban el Frente Amplio), mientras que el otro bloque actuaba a través de determinados partidos políticos (los tradicionales y otros de menor proyección), que más allá de sus coincidencias y afinidades, que eran muchas, solo se habían vinculado en forma transitoria y accidental, sin constituir formas institucionales comunes. Mi sugerencia en aquella oportunidad fue que había llegado la hora de que los partidos fundacionales, sin perder su esencia y su propia individualidad, buscaran la manera, objetiva e institucional, de actuar juntos en la vida política nacional.

    Esa propuesta la formulé cuatro años y medio antes de la siguiente contienda electoral nacional del año 2009, para dejar bien claro que mi iniciativa no perseguía solo y meramente un objetivo electoral, sino que, mucho más allá de ello, pretendía lograr y asegurar que las coincidencias que indudablemente existían se tradujeran finalmente, en forma eficaz, en una acción conjunta y coordinada que sirviera en tiempos electorales pero también, fundamentalmente, cuando se fuera oposición o gobierno. Mi propuesta fue recibida públicamente con indiferencia pero, a nivel personal, me llegaron algunas coincidencias y muchas críticas.

    Uno de los argumentos esgrimidos por quienes no acompañaban mi idea era que los partidos tradicionales eran muy diferentes y tenían muchas discrepancias, por lo que no era lógico ni sensato que las mutilaran en aras de una unidad forzada. La verdad es que mi asombro fue tremendo y casi frustrante, porque en lo personal nunca había sentido esa supuesta gran diferencia y, por el contrario, siendo colorado desde la cuna, muchas veces me había sentido identificado con propuestas y actitudes de dirigentes del Partido Nacional. Siempre creí que las coincidencias eran muchas más que las diferencias, pero sobre todo siempre sentí que, salvo algunas contadas excepciones, estábamos hermanados en una visión liberal y humanista de nuestra sociedad, que nos llevaba a priorizar los mismos conceptos esenciales de democracia y libertad que hicieron grande y famoso a nuestro país. Creo ­—ahora— que la realidad de estos 13 años me ha dado la razón. Cuando ya llevamos dos períodos y medio de gobiernos del Frente Amplio, los partidos tradicionales, así como también algunos de los otros partidos de la oposición, no solo han votado casi siempre juntos en el Parlamento, tanto para acompañar como para rechazar iniciativas legales (diría casi el 100% de las veces), sino que se han posicionado de la misma forma ante instancias trascedentes, llámese promover comisiones investigadoras, citar a ministros a alguna de las Cámaras, plantear mociones de interpelación, denunciar leyes inconstitucionales y exigir de las autoridades un posicionamiento internacional que nos aleje de las dictaduras populistas que el Frente Amplio acompaña por afinidades ideológicas. Hace mucho tiempo ya que toda la oposición coincide, en general, en que hay muchos institutos o principios del Estado de derecho que, por decir lo menos, no han sido respetados en toda su extensión necesaria. Si la memoria no me falla, salvo el triste ejemplo de Amado, nunca un legislador de los partidos tradicionales votó en un tema trascendente fuera del posicionamiento de ambos partidos y a favor de la postura del Frente Amplio. Mayor coincidencia imposible; ¿dónde quedaron las diferencias tan grandes?

    Un segundo argumento que esgrimieron algunos fue que una sugerencia de ese tipo suponía, en definitiva, la desaparición de los partidos tradicionales. No era esa mi intención obviamente, pero tampoco era esa la consecuencia del camino común que sugería. No solo en nuestro propio país una coalición no hizo desaparecer a los partidos independientes que la integran (el Frente Amplio es prueba de ello), sino que a escala regional y mundial existen muchos ejemplos de coaliciones integradas por partidos centenarios que no renuncian ni a su historia propia ni a su estructura orgánica, que siguen existiendo como entidades independientes y que crecen en la consideración popular por tener justamente la grandeza y dignidad de interpretar a sus seguidores y buscar, con criterio y responsabilidad, una forma institucional común que les permita no solo ganar elecciones sino gobernar con eficiencia y credibilidad. Sin ir muy lejos, el triunfo de Macri en las últimas elecciones nacionales argentinas y su difícil gestión actual se apoyan sobre la coalición que supo formar con la Unión Cívica Radical (un partido fundado en 1891 que no quiere ni piensa desaparecer) y con el grupo de Elisa Carrió, quien hasta hace algunos años discrepaba y hasta se peleaba con el nuevo presidente, demostrando que con inteligencia y sentido de responsabilidad se pueden superar diferencias y potenciar coincidencias para actuar, como en ese caso, contra la versión más perversa y corrupta del peronismo que esquilmó y fundió a ese país.

    El tercer argumento de muchos contrarios a esta idea fue que, en definitiva, en la medida que en el sistema electoral nacional existe —para la elección presidencial— la figura del balotaje, que supone que quien sea designado presidente llega a reunir más del 50% de los votos en esa instancia, no era necesario buscar formas institucionales de tipo más formal y permanente para actuar juntos. A mi juicio, el gran error de esta postura pasa por no distinguir que la unión para un balotaje es una forma accidental y precaria, meramente electoral, creada entre bambalinas en 10 o 15 días, en los cuales quienes piensan parecido hacen un listado de cosas comunes y obvias y se prometen amor eterno, pero sin que exista ninguna profundidad o seriedad en la estructuración de un plan de gobierno común básico ni ninguna forma institucional u orgánica que les otorgue un marco obligatorio a esas elementales coincidencias, muy generales y poco profundas, que se pueden esbozar en tan poco tiempo. Por esta vía, dos candidatos que hasta el 30 de octubre disputan palmo a palmo los mismos votos, muchas veces intentando desacreditarse mutuamente ­—como pasó en parte en las últimas elecciones—, deben recomponer filas y convencer al electorado —antes del 30 de noviembre— de que tienen grandes coincidencias y que quieren y podrán gobernar juntos para impulsar un plan común básico que nadie serio puede sostener que se haya estructurado o esbozado —con cierta profundidad— en esos frenéticos 10 o 15 días. La unión frente al balotaje es artificial y de tiro corto; quizás se consiga ganar una elección, aun cuando las estadísticas demuestran que ni siquiera se obtiene por esa vía la sumatoria total de votos de los partidos así hermanados, pero no existirá claramente ninguna base firme que permita, a un gobierno claramente en minoría, la actuación conjunta y firme que es esencial para generar los cambios que se necesitan. Pero más aún; por esta vía, que no otorga certezas ni genera credibilidad, nunca será posible enamorar a esa enorme cantidad de “desencantados” que son quienes decidirán las próximas elecciones y que están hartos de enunciados generales y pretenden, como mínimo, visualizar un proyecto serio y orgánico, responsable y profundamente elaborado, a partir de una coalición, concertación o cualquier otra estructura suprapartidaria, que le asegure respaldo y capacidad de realización.

    Han pasado 13 años, pero sigo pensando igual que en aquel mes de mayo del año 2005. Si se quiere ser coherente y mostrar credibilidad y certezas frente al electorado, de forma que este asuma que existe un entendimiento sano y serio que permite confiar en una gestión común, firme y con proyección, debemos dejar de lado diferencias menores y actuar con grandeza, apuntando a una unión patriótica que nos aglutine, al amparo de las muchas coincidencias que nos identifican. Si queremos cambiar el país, es indispensable trabajar y votar juntos.

    ?? El triunfo de los tupamaros